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La cascada de Gujuli


Con los primeros albores del día, el tren AVE sale escrupulosamente puntual de Atocha. Aquí y allá asientos vacíos y los ocupados parecen estarlo por robots inclinados sobre sus tabletas o sus móviles de alta gama. “¡Cómo ha cambiado el tren en este país!” piensa Nerea que viaja sola. “¡Qué inhóspitos y obsoletos han quedado los del pasado!”
Sueña con esos sábados que en régimen de compañerismo su padre la llevaba a la cascada de Gujuli. Impresionada la veía precipitarse al vacío sobre las rocas atravesadas que, afiladas como cuchillos, forman la vertical. ¡Qué coctelera de sensaciones le producía el rugir del agua en contraste con la finura de los destellos irisados al caer!

Le gustaba verla desde la distancia, su propia cordura le indicaba lo peligrosa que podía ser si se acercaba. Disfrutaba tumbándose en los montones de hojas caídas que se le quedaban prendidas en el pelo y en la ropa y al sacudirlas volaban como mariposas de colores. Olía a naturaleza, a campo y a oveja, porque las ovejas son parte inseparable del lugar.

El placer de vivir en calma por aquellos prados bajo un cielo azul solo era alterado por  una conmoción estrepitosa. El tren de las seis como un monstruo mecánico cubierto de hollín, serpenteaba con su traqueteo y sus silbidos que se  propagaban por los  alrededores. La estolidez de las ovejas al verlo contrastaba con su alegría al mover la mano para saludar, siempre con la esperanza de que alguien la respondiera y cuando se cumplía: ¡qué saltos daba de alegría!

No siente ingratitud hacia la modernidad, siente la pérdida de ese mundo mágico que se le  fue con aquellos trenes llenos de historias de amor y despedidas.

El AVE ha llegado a su destino, se mueve inquieta en su asiento y un sudor frío le recorre la espalda. Una vez más los sentimientos dolorosos irrumpen sin su consentimiento. El fondo del abismo se acerca. Su padre la espera y sabe que no lo reconocerá. El balón rodaba y quería cogerlo antes de que cayera por el precipicio. Cuando las manos de él lograron rescatarla asiéndola por los pies, el daño cerebral y el terror al vacío ya habían hecho mella en ella. Las fobias que sufre por la prosopagnosia adquirida, son consecuencias de esa tragedia.

Imagen: Curiosón




De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida"
@MPMoreno2015


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