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Fragmentos de Anatole France

Esta primera parte de la selección de Anatole France, fue realizada por Manuel Lozano en su último viaje a París (noviembre de 2003.) No se citan -ex profeso- las fuentes, con el fin de organizar -desde la elusión y el anacronismo- un sólo texto.

"Y, ¿qué somos nosotros los pájaros?"
(Fragmentos de Anatole France)


Cuando se ve una cosa bella, se quiere poseerla. Es una inclinación natural que las leyes han previsto. Desear con fuerza es casi poseer.
No hay castos; solamente hay enfermos, hipócritas, maníacos y locos.
¿Qué provecho sacan los niños de una ciencia sin método, de una literatura falsamente práctica que no habla ni a la inteligencia ni al sentimiento?
 Habría que volver a las hermosas leyendas, a la poiésis de los poetas y de los pueblos, a todo lo que proporciona la experiencia de lo bello.

¡Ay! Nuestra sociedad está llena de farmaceúticos que temen a la imaginación. Y hacen muy mal. Es ella (con sus mentiras) la que siembra la virtud y la belleza en el mundo.
El arte de la guerra consiste en ordenar las fuerzas de tal modo que no puedan huir.
El bien público está formado por un buen número de males particulares.
Entonces, como no estudiaba nada, aprendía mucho.
Sabemos Marcos -dijo Nicias-, que tu Dios creó al mundo. Aquello fue, por cierto, una gran crisis de su existencia. Pues él existía desde una eternidad, sin haberse decidido a crearlo. Pero, si he de ser justo, reconozco que se encontraba en una situación de las más dificultosas. Tenía que permanecer inactivo para permanecer perfecto, aunque fuese aquello una imperdonable imprudencia en un Dios perfecto. Pero dinos, Marcos (agregó Nicias), cómo se las arregló para crear el mundo...

La historia no es una ciencia, es un arte. En sus aciertos interviene siempre la imaginación.

La independencia del pensamiento es la más orgullosa aristocracia.

La nada es un infinito que nos envuelve; venimos de allá y allá nos volveremos. La nada es un absurdo y una certeza; no se puede concebir, y, sin embargo, es.

La oscuridad nos envuelve a todos, pero mientras el sabio tropieza en alguna pared, el ignorante
permanece tranquilo en el centro de la estancia.

Llamamos buenas costumbres a las costumbres habituales; malas costumbres, a aquéllas a las que no
se está acostumbrado.

Llamamos peligrosos a los que poseen un espíritu contrario al nuestro, e inmorales a los que no profesan nuestra moral.

Los niños imaginan con facilidad las cosas que desean y no tienen. Cuando en su madurez conservan esa facultad maravillosa, se dice de ellos que son poetas o locos.

No hay gobierno popular. Gobernar es crear descontentos.

Sólo las mujeres y los médicos saben cuán necesaria y bienhechora es la mentira.

Una necedad repetida por treinta y seis millones de bocas, no deja de ser una necedad.

Levantando entonces la cabeza, vio en las paredes de la habitación pinturas que representaban escenas risueñas y familiares. Aquello era obra muy antigua y de exactitud maravillosa. Había cocineros que soplaban el fuego, con los carrillos hinchados; otros desplumaban gansos o cocían trozos de ternero en las marmitas. Más lejos, un cazador llevaba una gacela asaetada en sus hombros. En otra parte, los aldeanos se ocupaban en sembrar, segar y cosechar. Bailaban mujeres al compás de las violas, las flautas y el arpa. Una joven tocaba la tiorba. La flor de loto brillaba en sus cabellos negros, delicadamente trenzados (...) Y Pafnucio, luego de contemplarla, bajó los ojos y preguntó a la voz:    
-¿Por qué me mandas mirar esas imágenes? Representan sin dudas la vida terrena del idólatra cuyo
cuerpo reposa bajo mis pies, dentro de un féretro de basalto negro. Recuerdan la existencia de un
muerto, y, a pesar de los colores vívidos, son las sombras de una sombra. ¡La vida de un muerto!
¡Oh vanidad!

-Muerto está, pero vivió -replicó la voz- y tú morirás sin haber vivido.

Desde aquel día, no tuvo Pafnucio un instante de reposo. La voz le hablaba sin cesar. La tañedora de tiorba fijaba sus ojos en él, a través de sus largas pestañas. También le habló: -Mira: soy misteriosa y bella. Ámame;
cura en mis brazos el amor que te atormenta (...) Ámame, amigo; cede.
Como adversarios declarados no he tenido más que a los hagiógrafos.
¿No has oído hablar de los Acwin y de los Dióscuros? Los Acwin entre los indios y los Dióscuros entre los Helenos, representaban los dos crepúsculos...

Ya lo gente desaparecía -como oleada sombría- por los vomitorios.

"Esta es, caballero, la historia completa de la batalla de Fontenoy".

-Les confieso -le dije-, que ni Voltaire lo hubiera hecho tan bien.
-Bien que lo creo -contestó el guardia francés. Pero, ¿quién era Voltaire? Un burgués, sin duda, que nada entendía de la guerra. Tengo mucha sed. Hazme traer un vaso de cerveza.

Y, ¿qué somos nosotros los pájaros? Una nada, un mundo.

 







Cuaderno de Manuel Lozano en nuestra revista Pernía
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Agradecimientos y saludos

"Premio Iberoamericano a la Excelencia Educativa 2004", conjuntamente con un "Doctorado Honoris Causa en Educación" por su trayectoria, al escritor y Profesor Manuel Lozano.

Queridos amigos:

Una alta preeminencia de luz y felicidad guiaron mi viaje a Perú, viaje realizado con motivo de la obtención del Premio a la Excelencia Educativa 2004 y el Doctorado Honoris Causa, otorgados por el Consejo Iberoamericano de Educación.

La Ceremonia de Premiación, que prácticamente ocupó todo el día 16 y que se prolongara por espacio de casi 12 horas, me permitió conocer a una gama amplísima de educadores y pensadores de todo el mundo (había casi 1000 invitados especiales, entre ellos la educadora más antigua del mundo, con sus espléndidos 100 años y 75 de docencia ininterrumpida), con los que debatimos, fervorosos, los más variados temas que atañen a nuestra cultura. Al fin y al cabo, como rescaté en mi discurso de recepción de los Premios, "La Cultura es lo que separa a fin de reunir: separa del inmediato orden fáctico semihumano para reunirse (reunirnos) en el orden en que se cumple lo humano" (Héctor Alvarez Murena, "El Nombre Secreto", 1970.) Este discurso de recepción, será prontamente editado por diferentes publicaciones impresas y por la red.

Fueron días de hallazgos y sorpresas permanentes. En esta preeminencia de la luz está, también, el hecho de haber conocido a los excelentes escritores Leo Zelada, Miguel Ildefonso, y Héctor Ñaupari Belupú, quienes -fieles a la palabra que organiza la fiesta de este mundo- me esperaban con un afectuoso, inteligente y emotivo recibimiento en el "Centro Cultural Antares", de Miraflores, el mismo día de mi llegada a Lima.

Leo Zelada, impulsado a sangre y fuego contra las mediocridades de tanto pseudo-apócrifo-círculo literario, ha emprendido la titánica tarea de compilar lo más representativo del estadio poético de Iberoamérica en su novísima "Antología Hispanoamericana de Poesía", que, en lo que va del año, ha sumado ya su cuarta edición. Tengo, a mi vez, el honor de haber sido publicado en esas cuatro ediciones.

No olvidaré nunca el fervor de la gente (que interrumpía las lecturas con no disimulados y acariciantes aplausos, participando activamente), nuestras incesantes conversaciones hechas de presencias para el deslumbramiento: guardianas esfinges que nos miran con asombro sacratísimo, Blanca Varela de bendecidos puertos de sangre, la voz circular de Emilio Wesphalen por ínsulas extrañas, y los tatuajes en fuga de los cuerpos (estoy parafraseando un poema personal) llevándonos desde Deleuze a Octave Mirbau.

En la última conferencia y lectura de mis libros Mansión Artaud, Bizancio bajo las aguas, y La noche desnuda de rostro ciego (acaecida en el "Centro Cultural La Noche", ya en pleno casco histórico de Lima, a metros de la modernista y neoclásica Plaza San Martín), tuve el privilegio de conocer al no menos excelente poeta Gerson Paredes Groz, autor de "Kódigos de sangre", investigador y redescubridor de la inquietante "Ciudad Mística de Pachacutec", docente de la Universidad Nacional de San Marcos, con quien me reencontrara y sumergiera por la sed de los palimpsestos, por todo vértigo y temblor que es la escritura.

Estos fueron días en que un nuevo mundo sentó en mí nuevas piedras de fundación. "El poeta se demora contemplando las piedras", escribió Giorgos Seferis. La piedra es desdoblada alegoría de lo que está por venir. Perú me poseyó con esa savia, con ese mosto, con una poesía que es, sin lugar a dudas, una de las más hondas y nutrientes de nuestra América.

¿Fue "la Cena que recrea y enamora", de San Juan de la Cruz, estupenda metáfora de toda poiésis? Sí, sin lugar a dudas. Son, también, un puente de fuego: inconfundible. Gracias, queridos amigos, por los cientos de mensajes enviados desde los más remotos sitios del mundo, gracias -nuevamente- a los hermanos de Perú por todo el amor y la hospitalidad que me brindaron.

Manuel Lozano, 27 de abril de 2004

Potsdata: Por archivos adjuntos, les acerco una de las noticias aparecida en el diario "La Razón" de Lima, uno de los más importantes de aquella ciudad, que da cuenta de la primera de mis conferencias, y algunas fotos de la premiación (junto al Dr. Aldo Néstor Lozano Rodolfi, Secretario de nuestra Fundación FIED, y con el Lic. Willy Manuel Hidalgo Rojas, Presidente del Consejo Iberoamericano, luego de recibir las condecoraciones.)










Cuaderno de Manuel Lozano en nuestra revista Pernía
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Vacío de emoción



Almudena Bustamante 
Premio Provincial                                              

Año 2016
296 relatos cortos
22 cuentos al premio provincial
Pregonero literario: Javier Castrillo




“¡Quiero hablarle de mi esposa! ¡Tiene que escucharme, por favor!”, gritaba el hombre, mientras la enfermera de recepción intentaba inútilmente tranquilizarlo, sujetándolo por el brazo, él zafándose de ella.
El doctor asintió con un movimiento de cabeza, la ayudante comprendió y el hombre penetró en el gabinete. Era éste un recinto pequeño y agradable, adornado con colores neutros y cuadros anodinos que creaban un ambiente acogedor sin distraer la atención del paciente.
-Usted dirá…
-Soy el marido de María, una paciente suya.
El doctor frunció levemente el entrecejo, como si tratase de recordar. Pero no le hizo falta: el hombre que tenía delante sustituyó eficazmente a su memoria, sobrecargada de datos:
-Mi esposa ha estado viniendo a terapia durante un año. Tiene usted que acordarse, una mujer que lloraba con demasiada facilidad…
-Como su esposa conozco muchas, por desgracia…
-Pero que quisieran deshacerse de su emotividad excesiva, creo que no…María: menuda, morena, con grandes ojos negros y  sensible hasta no poder más…
-Me parece que ya sé de quien me está hablando…Pero no sé que pretende de mí, sabe que no puedo revelar información concerniente a las personas que acuden solicitando…
El hombre, apesadumbrado, no le dejó terminar.
-No quiero información, no deseo acceder a datos que usted no puede facilitarme y que ya conozco, le acabo de decir que es mi esposa. Si estoy aquí es para pedirle que la convenza, por favor.
El terapeuta se subió con el dedo índice las gafas que resbalaban por su nariz un poco chata, al tiempo que se rebullía ligeramente en el mismo sillón desde el que escuchaba cada día las mismas historias de vida, de amor, de odio y de muerte.
-¿De qué debo convencerla? ¿De qué me está hablando?
-Quiero que vuelva a terapia. Deseo que revierta usted los efectos del tratamiento. ¡Quiero recuperarla!
El doctor seguía sin comprender. Lo único que tenía claro era que  el hombre que tenía delante estaba desesperado. La paciente mencionada, María, había concluido el tratamiento exitosamente ¿A qué se debía entonces tanta  angustia? Más por curiosidad profesional que por cualquier otro motivo, decidió escucharle. Se reclinó un poco en el asiento, cruzó las piernas, volvió a colocarse el puente de las gafas sobre la nariz y se dirigió hacia aquel desconocido que había llegado a la consulta con tan inusual petición. Nunca, en treinta años que llevaba ejerciendo como psiquiatra, había recibido semejante demanda. Cierto que había de todo: pacientes satisfechos que en Navidad  le recordaban lo muy agradecidos que estaban, enviándole felicitaciones que él colocaba sobre el escritorio con orgullo.  De un paciente en particular recibía de cuando en cuando paquetes postales sellados en rincones diversos del mundo, que siempre contenían  objetos alusivos a puentes emblemáticos: una taza con la inconfundible estampa del Golden Gate, un plato de porcelana adornado con el Tower Bridge, una acuarela enmarcada del Ponte dei Suspiri…Puentes que ahora eran   objetos de devoción de un hombre que lograra, gracias a él, quitarse la incómoda y peligrosa manía de intentar arrojarse desde ellos. También existían los fracasos, clientes insatisfechos que abandonaron la terapia con el pretexto de la falta de resultados, incluso demandas, como la interpuesta por la familia de un suicida, pidiendo  la devolución del dinero que el difunto invirtió en tan infructuosa terapia. La gente cree que la psiquiatría es una ciencia exacta e infalible. Pero nada más lejos de la verdad. Y para demostrarlo, allí estaba el marido de una paciente cuya terapia había sido un éxito absoluto, pidiéndole  que revirtiese los estupendos resultados obtenidos. “Vaya profesión la mía”
-Usted dirá, le escucho…
Y el marido desesperado comenzó a relatar su agonía, un poco  más calmado al comprender que contaba con toda la atención del terapeuta:
-Quiero que me devuelva a mi mujer. Sí, como lo oye: Aquí –Y movió la cabeza en todas las direcciones para abarcar el pequeño despacho en toda su extensión- ha quedado ella, y quiero que regrese.
El terapeuta abre los ojos, interrogante. Aún no comprende. Su interlocutor continúa:
 -Cuando mi esposa acudió solicitando su ayuda, era una persona cariñosa, daba amor y se hacía querer. Su único problema era el exceso de emotividad. Imagino que estos detalles los conocerá tan bien como yo, pero le refresco la memoria: mi esposa lloraba por todo. Si decidíamos ir al cine, debíamos seleccionar con especial cuidado la película, porque si era muy emotiva, ella no paraba de llorar. Resultaba muy molesto, desde luego, tanto para quienes estaban a su lado como para mí, pero sobre todo para ella, que salía del cine con los ojos tremendamente congestionados. Por no mencionar el estado de ánimo que se apoderaba de ella, que de tanto llorar acababa con los ánimos por el suelo.  Pero lo del cine era lo de menos, que al fin y al cabo acudíamos tres veces al año. En el día a día lo pasaba fatal con las noticias de la televisión; que para qué le voy a recordar a usted como anda el mundo de penalidades…Para agudizar aún más el problema, acuérdese,  esta respuesta lacrimógena no la desencadenaban únicamente los estímulos negativos, pues le sucedía lo mismo cuando se emocionaba positivamente: acudíamos a ver la función navideña al colegio de los niños, y en cuanto veía a Pablito (nuestro hijo) en el escenario, ya estaba llorando a moco tendido. Pero es que previamente ya había llorado lo suyo ante la estampa -siempre tierna y evocadora- del belén que los niños habían montado. Era un belén de pacotilla, cuya alarmante desproporción entre el tamaño de las figuras (el niño Jesús era el doble de grande que san José, que a su vez era de mayor tamaño que el molino de viento) más bien causaba risa. Pero a mi esposa le emocionaba, ya ve, y le hacía llorar. Lloraba cuando la selección nacional ganaba un partido, lloraba cuando veía una boda (sólo le digo que se agarraba un berrinche de padre y muy señor mío ante los escaparates de las tiendas de fotografía, repletos de tortolitos recién casados). Por llorar, lloraba hasta cuando estrenaba ropa, sobrepasada de emoción cuando se miraba al espejo y se veía tan guapa.Lo de mi esposa era de pena, se lo aseguro. Llegó un punto en el que las cosas se complicaron hasta extremos que usted ya conoce. Ella estaba terriblemente acomplejada, que también lo sabe usted. Y no es de extrañar. Lo de controlar las emociones es tan importante y necesario como el mismo control de esfínteres. El pudor emocional nos preserva  de la  exposición de nuestra persona, como la vestimenta lo hace con nuestro cuerpo. Lo saludable es  ir en pelotas porque así lo hemos decidido, pero María no podía elegir, su desnudez emocional era una imposición.   Ella aborrecía que aflorasen aquellos sentimientos excedidos e inoportunos. La ponían en evidencia. Y por ello se planteó la posibilidad de solicitar ayuda  profesional. La apoyé, desde luego. Comprendí perfectamente que necesitaba encontrar una solución a su problema.
Desde el principio me extrañaron un poco los métodos. ¿Cómo lo llamaba ella? Inoculación de estrés, eso es. Como una vacuna, me explicaba. Pasaba horas delante del televisor, contemplando los videos  que usted le había recomendado, llora que te llora.  Cada día lloraba menos, desde luego.
Pero lo de aquella tarde me dejó apabullado, no estaba preparado para lo que vi. María llevaba ya varios meses de tratamiento y la mejoría era evidente. Yo acababa de regresar del trabajo. Entré a saludarla. Ella estaba delante del televisor,   atenta al video de la terapia. Me acerqué a darle un beso y es cuando lo vi. Le aseguro que si me pinchan, no sale una gota de sangre: ¡María estaba absorta ante el visionado de  una espantosa filmación real, que mostraba con escabrosa nitidez la cotidianeidad de un campo de concentración nazi! Allí, expuesto ante el objetivo de la cámara, el sufrimiento de miles de seres, un sufrimiento inimaginable del que sólo se atisbaba una mínima parte, la que la impresión fotográfica mostraba en el celuloide: cuerpos famélicos hacinados en un trágico montón de cadáveres despojados de ropa y de dignidad; seres espantosamente denigrados, rastrojos humanos, sin más vida que una marioneta, deambulando por una escena de pesadilla… Y ella inmutable, contemplado la filmación. Sin un atisbo de lágrima, sin un destello de compasión, ni de horror. Emoción cero.
Y entonces supuse que estaba “curada”. Lo de curada lo digo por decir algo, pues ver a María  impasible ante la contemplación de tanto horror, me hizo dudar. La duda se volvió pronto certeza. Me bastaron unos meses para comprender definitivamente que a usted, doctor, se le había ido la mano. Lo supe cuando constaté día a día que mi esposa había pasado al extremo opuesto.  De llorar por todo, acosada por una sensiblería a la que se le había deformado el muelle de la contención, pasó a una falta de sensibilidad que ponía los pelos de punta. No se inmutaba ante nadie ni ante nada. Tal era su ausencia de sensibilidad, que los sentimientos fueron muriendo, como las flores de un jardín a falta de riego. Y los sentimientos, doctor, son los medios que utiliza el amor para manifestarse. Estoy seguro de que ella no ha dejado de quererme, lo que sucede es que ahora no puede hacerlo. Tampoco puede querer a nuestros hijos. El método que usted empleó con ella actuó como una fumigadora, exterminando todo tipo de emoción, como esas redes que arrasan el fondo submarino, llevándose por delante a todas  las especies que les salen al  paso, sin discriminar.
De la lagrimilla permanente ha pasado, doctor, a la ausencia total de emociones.  Por eso las busca desesperadamente, cuanto más fuertes, mejor, pues  se ha dado cuenta de que no siente. Busca situaciones extremas, con la esperanza de que las respuestas también extremas que en ellas puedan darse, le hagan sentir de nuevo: hace unos meses le dio por el puenting, sin resultado, y se pasó al paracaidismo, que me temo yo que como sigamos así, cualquier día salta a pelo… El anterior fin  de semana lo pasó en las dependencias policiales, la detuvieron por conducir en sentido contrario por la A6. También le da por frecuentar los peores tugurios a altas horas de la madrugada, vestida tan sólo con un abrigo, del cual se desprende para mostrar sus encantos al primer facineroso que se le pone por delante, y salir corriendo a continuación; se encarama a la barandilla del balcón (vivimos en el piso doce), cruza las calles con los semáforos en rojo, se sube al metro cuando las puertas han comenzado a cerrarse, y se dedica a insultar a los Latin King del barrio…Ya no sé que hacer, doctor.
Creo que ella desearía volver a ser ella. Tampoco se lo puedo asegurar, porque como ni siente ni padece, le da lo mismo arre que so…
¡Yo sólo quiero que vuelva a llorar, por dios! ¡Que mi esposa llore y sienta de  nuevo…!

@Grupo Literario Guardense
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La vida en una caracola



Alfonso Sergio Barragán 
Primer Premio                                                

Año 2016
296 relatos cortos
22 cuentos al premio provincial
Pregonero literario: Javier Castrillo



Me siento reconfortado cuando las sombras marchitan lentamente los últimos rayos de sol. La mar se presenta plácida como un azogue pespunteado de brillos dorados. Me gusta pasear sintiendo el fragor del vaivén de las olas. El romper de las espumas a pocos metros.
   Ella no lo entiende. Qué va a entender. Se limita a despotricar sobre mis paseos nocturnos. Desperdicia, como otras tantas cosas, lo que muchos desearían: una casa junto al mar. Aunque eso sí, no se corta en anunciar a bombo y platillo las excelencias de nuestro nuevo hogar, las ventajas de vivir frente a una playa de ensueño… Pero qué va. Es más interesante pasarse los días sacándole lustre al suelo y malgastar las noches apoltronada en el sofá saltando de una cadena a otra para escuchar las imbecilidades -en la mayoría inventos del márquetin para aburridos- que conforman las vidas de otros que ni siquiera conoces… ¿Y la nuestra qué?
  Quizás ella tenga razón cuando me dice que me quejo por vicio. Que no entiende qué más deseo de la vida. Disfrutamos de una más que holgada posición, tres hijos que hace tiempo abandonaron el hogar -demasiado ocupados ahora para visitarnos con frecuencia- pero que no carecen de nada.
   -¡Y qué te falta, qué te falta…! -me pregunta a menudo.
   Yo acostumbro a no contestar. Me muerdo la lengua, evito pensar y vuelvo a añorar la quietud de las arenas, mis largos paseos nocturnos. Mis horas de soledad, de esa soledad amiga que acompaña y cauteriza, de ese íntimo encuentro con mi más profundo yo. Un deleite que me aleja de lo nigérrimo de esa otra soledad que reconozco habita entre las paredes de lo que desde hace tiempo no me atrevo a llamar hogar.
   A veces me vuelvo para contemplar las huellas que he dejado atrás. Ese surco efímero que han marcado mis pisadas. Y pienso en lo fácil que es desandar lo andado, volver al punto de partida sintiendo que se ha disfrutado del trayecto. Por desgracia, la vida no nos suele dar esa oportunidad. Si fuese sencillo retroceder, volver a iniciar el camino…
   Ahora disfrutamos de más tiempo libre. O deberíamos hacerlo, disfrutar, en lugar de malgastarlo viendo cómo se suceden los días sin forma, unos iguales a otros. Ya ni recuerdo cuántas cosas pensaba hacer cuando pudiese manejar las horas a mi antojo. Sí recuerdo que la mayoría la incluían a ella. Y ahora que el trabajo no me ata… ¿Dónde ha quedado todo? ¿Qué tengo en realidad? ¿Qué espero del mañana? Pienso y pienso y nada me ilusiona. No vislumbro ni el matiz borroso de alguna imagen que me brinde una sola pizca de ánimo o de deseo.
   -Tú lo que tienes son muchos pajaritos en la cabeza. Deberías volver a dirigir la empresa, al menos no tendría que soportarte con esa cara de vinagre…
   ¡Cara de vinagre! Eso es lo malo. Que soy como una vieja bota que se va agriando con los años en lugar de adquirir solera. ¡Cara de vinagre! No, mejor como ella. Cara de nada. Una expresión insípida, que nada revela, que nada dice. Si no fuese porque veo crecerle las arrugas casi diría que no está viva… Y los días siguen pasando, perdiéndose en un pozo sin fondo. Y yo, como en la canción de Farina, tengo que apurar este vino amargo que ya no lo es tanto de pura costumbre.
   La playa se me antoja un infinito sembrado de nostalgias. Con esas olas que vuelven y vuelven a barrer las arenas sin reposo. Recojo guijarros de la orilla y los arrojo a la mar. A veces los observo un instante en mi mano. Pienso que el paso del tiempo los ha esmerilado desbastando sus aristas, empequeñeciéndolos, pero a la par, acentuando su belleza. Así la vida debería pulir despaciosamente los sentimientos, aquilatándolos, haciéndolos más intensos…
   Pero no. El devenir de los años a veces se empeña en recubrirnos con una pátina amalgamada de monotonías, resentimientos y desdoros. Somos humanos, está claro. Por eso en la madurez, cuando desde el altozano de la edad divisamos lo que dejamos atrás deberíamos cuidarnos del presente, adueñarnos de él, aderezarlo con la mixtura de las experiencias pasadas… Y me pregunto si tras ese tiempo pretérito del que aún recuerdo los momentos felices no habrá más que este presente tedioso alongándose hasta el final.
   Me entretengo mirando los trazos caprichosos de las gaviotas surcando el cielo. Diviso el albor de las siluetas de las más lejanas diluido entre las sombras. Algunas me sobrevuelan y me dejan ver con claridad sus fisonomías. No sé por qué se me antojan interrogantes cuyo contenido me hace estremecer. Algunas desfiguradas, borrosas, otras acuciantes, inminentes, como… ¿Por qué estoy aquí ahora? ¿Por qué ansío con tanta vehemencia la soledad de esta nocturna playa?
   Prefiero aherrojar la mente, no echarle cuentas al torrente de pensamientos que de repente me inunda y echo a andar al filo de las aguas respirando profundamente el satinado del aire de la noche. Y entonces lo veo. No sé qué es. Tan solo vislumbro un brillo múrice que destaca en el fondo oscuro. Me descalzo, me arremango el pantalón y me adentro unos metros pensando que no será más que cualquier tontería. El agua está fría. Aunque me remango la camisa tengo que meter el brazo hasta más arriba del codo empapándome la ropa. La cojo con prevención. Es muy grande. Cuando la acerco a la luz me asombro con su exquisita figura. Es una caracola de color rosa intenso, más bien púrpura. Nunca había visto ninguna semejante. La abertura ligeramente oblicua está cerrada por una costra dura circundada del blanco de un nácar deslumbrante. Permanezco un buen rato admirándola, contemplándola como el niño que disfruta con su nuevo juguete. Es muy hermosa.
   Pienso en devolverla de inmediato a su medio. Ignoro cuánto tiempo puede estar fuera del agua sin morir, o al menos sin sufrir daños. Entonces, el pie se desprende. Miro en el interior pero no hay nada. Queda en mi mano la puerta de aquella casa ahora no habitada. Puede parecer una tontería, pero me pregunto si habrá muerto de forma natural, depredada, o si simplemente habrá cambiado de residencia (desde luego prefiero quedarme con la última opción). No tengo ni idea del ciclo vital de estos seres. Pero decido llevarla a casa. Le puedo hacer una peana de madera y utilizarla como adorno para la mesa de mi escritorio. Continúo mi paseo sintiendo una desagradable tristeza. Una desazón cuyo significado no comprendo. Ahora pienso en lo que dirá mi mujer cuando me vea con ella. Será bonita, pero tengo muy claro las palabras que saldrán de su boca:
   -Nunca madurarás. ¿En eso empleas la noche? ¿En ir a la playa a recoger porquerías en lugar de estar en casa? Estás viejo, chocheando. ¡No sé cómo voy a poder aguantarte cuando tengas más años si ya te comportas como un cretino! Qué malos tragos me esperan con este hombre Dios mío…
   Qué malos tragos, eso digo yo. Y es ella la que no cesa de repetírmelo. ¿He sido un mal marido? ¿Un mal padre quizás? ¿Cuántos años llevo partiéndome la espalda para sacar adelante a mi familia, para que tenga de todo? Pero, por lo visto, no basta con eso. La sacrificada ha sido ella, que ha tenido que educar a los hijos… Con asistenta fija, sesiones de peluquería, masajes, tratamientos de belleza y yo qué sé cuántas cosas más.
   Malos tragos. Malos tragos. Vino agraz que oscurece el paladar. Eso es lo que llevo años bebiendo. A la fuerza, consintiéndoselo todo. Y siento que toda la culpa es mía. ¿Por qué tantas veces han enmudecido en mi boca las palabras que debiera haberle dicho? ¿Cuántas veces he soslayado la realidad por no querer enfrentarme a ella? Miedo, cobardía, qué se yo…
   Me sorprendo cuando las primeras luces del lubricán comienzan a decorar las aguas con áureas luminiscencias. Los pellizcos albos de las espumas empiezan a hacerse visibles. No puede ser que la noche se extinga tan rápido, que lleve tantas horas deambulando por la playa. ¡A ver si ella va a tener razón y estoy tan chocho que hasta pierdo la noción del tiempo!
   Me siento en un farallón a pie de mar. A la derecha la urbanización. Una tenue luz satinada reflejándose en la fachada de mi casa. Aún llevo en la mano la caracola. Me había olvidado de ella. Le doy vueltas volviéndome a recrear en sus bonitos colores. Me fijo en el caparazón. La luz del amanecer me desvela que no todo es hermoso en él. Está formado por capas superpuestas que no presentan un aspecto homogéneo. Hay zonas engrosadas y deslucidas. Como improvisados remiendos. Se ve que bajo esta dura cubierta el frágil ser que la habitó tuvo que pasar sus vicisitudes para sobrevivir. Endurecer su caparazón con feos parches para protegerse de un entorno inhóspito. Y me pregunto cómo se puede vivir así, encarcelado, blindándose contra el exterior, sin atreverse a salir de la coraza sabiéndose blando, reconociéndose vulnerable. Entonces pienso cuántas veces los humanos nos vemos obligados a hacer lo mismo. Ocultarnos bajo un caparazón para defendernos de todo aquello que sabemos nos puede dañar. Esconder los sentimientos bajo capas de costra que luego tendremos que llevar a cuestas el resto de nuestra vida. El paso del tiempo nos curte, nos hace más fuertes, pero también desluce una parte importante de nuestros sentimientos.
   No puedo evitar ahora, a plena luz del día, reconocerme imbuido en una coraza semejante. Reconocerme encarcelado en mi propia vida. Cuántas ilusiones ha marchitado el tiempo. Ella… hubo una época en la que vivimos enamorados mirando con esperanza hacia el futuro. Y entonces no teníamos casi nada. Tan solo nos teníamos el uno al otro y eso bastaba.
   Recuerdo nuestros paseos por el parque cogidos de la mano. Los fines de semana descorchando una botella de vino que paladeábamos acompañada de algunos platos que ella ornaba con esmero haciéndolos hermosear a pesar de su humilde contenido. Luego, nos acurrucábamos en el sofá para ver una película, así, muy juntos, sintiéndonos el uno al otro. No podíamos permitirnos otra cosa. Y ahora que disfrutamos de restaurantes de lujo, que poseo una soberbia bodega… ¿Cuántos momentos así hemos vivido en los últimos años? ¿Dónde quedó todo aquello?
   Miro la caracola vacía, sin vida. Un bonito receptáculo hueco… Y siento la necesidad de devolverla a su mundo. Quién sabe. Quizás algún otro ser blando y frágil encuentre refugio en ella, la protección que necesita para continuar viviendo.
   Arrojo la caracola al agua y emprendo el camino de vuelta a casa. Ahora el sol reverbera en los tejados deslumbrándome. Pero he visto su silueta oscurecida en la terraza del dormitorio. Está debruzada sobre la barandilla probablemente mirándome, aguardando que regrese para reprocharme que lleve toda la noche fuera. Para verter sobre mí sus ácidas palabras, para volver a repetirme la cantinela de que mis paseos le suenan a excusa para ocultarle que me encuentro con alguien.
   -¿Vas con tu puta, otra vez? Tú es que te piensas que me chupo el dedo… tantos paseos, tantos paseos…
   Y quizás debería de ser verdad. Tener a alguien que me abrace, que me acompañe, que me aliente con su calor. Alguien con quien hacer el amor aunque sea fingido. Aunque sea por dinero.
   Me adentro en la urbanización y me saluda un perfume fresco a césped recién cortado. Mi corazón late muy rápido. Me ahogan los recuerdos, me asfixia el desasosiego. Hurgo por un instante en mis heridas y pienso que la vida daña, pero también cauteriza.
   Me detengo. Un ligero vahído hace que la vista se me nuble un instante. Meto la mano en el bolsillo. Tengo las llaves del coche. Intuyo que ella me está mirando, probablemente impaciente, aguardando que entre en casa para salirme al paso e inaugurar el día con la primera bronca. Para recrearse en mi silencio que piensa es aquiescencia, no resignación. Me acuerdo de la caracola. De esas feas marcas de su caparazón que cubren y empobrecen una belleza que igual le costó años conseguir.
   Y pienso que no voy a seguir haciéndome daño ocultando mi cobardía bajo una coraza ya demasiado marcada por las cicatrices. Ni una más.
   Me siento al volante y el ronroneo del motor me suena al murmurio de la mar cuando se agita… Sé que debo de alejarme de todo esto. Que merezco una nueva singladura libre de cadenas por más encrespadas que se me puedan poner las aguas. Que la vida me dañe más si quiere, que me engulla si lo desea, pero no voy a arrastrar por más tiempo el peso que hasta ahora he llevado encima.
   Cuando salgo de la urbanización pienso fugazmente en ella… ¡Que se joda!

@Grupo Literario Guardense

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A veces nos ocurre

A veces nos ocurre
que vamos por la calle
mirando los vestidos
de cosas con zapatos,
liando la tramoya
del circo del cerebro,
siguiendo la garrucha
del trole del tranvía,
leyendo las portadas
de pésimos poemas...
El viejo - ya sin prisa -,
el necio que vocea,
el niño que se emboba
mirando golosinas...

A veces nos ocurre,
-ya digo-, nos ocurre
que vamos por la calle;
a veces nos ocurre
que, sin salir de casa,
tiramos del cerebro,
cerramos la ventana
y vemos ese film
del mundo de la calle:
La nalga por el Metro,
el guardia con su pito,
el ruido de la moto,
que llega por la esquina...

Todo lo vemos, todo,
y sin salir de casa.

Antonio Matea Calderón


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Juan López de Ael



Dirige y presenta esta selección
Alfonso Pascal Ros
Premio a la Creación Literaria del Gobierno de Navarra 2012.


El artista en estado puro


En Juan López de Ael (Quintanilla San García, Burgos, 1951) si fue antes el Poeta o el pintor poco me importa. Fue anterior sin duda, por encima de ambas disciplinas, la talla de persona. Indudablemente, pintor y galerista, su nombre está unido a los pinceles desde la cuna y a muchos que le conozcan les sorprenderá esta faceta suya de poeta discursivo. Porque como poeta visual su obra, amplia y de calidad contrastada, no voy a descubrirla ahora. Tantos años hace que conozco a Juan, con menos trato por mi parte que el que quisiera porque uno no es muy dado a las relaciones sociales entre artistas (huyo de cenáculos y camarillas como de la mala lluvia), me permiten y me obligan a decir que es una de las personas más entrañables, sensibles, artistas y auténticas que conozco. A quienes tengan la oportunidad les invito a disfrutar del número 12 de la revista “Texturas” (Vitoria, 2003), dirigida por la siempre diestra mano de Ángela Serna, donde multitud de amigos le rinden homenaje fiel, aunque todo lo que hablen y hable yo sea menos merecido que sus méritos. Amigo de sus amigos, enamorado de tanto (Oteiza, Lisboa...), cuántos artistas que se inician le deben mucho. Más de uno alguna vez debería recordarlo aunque a él le avergüence. Los poemas de Juan que les traigo a estas páginas pertenecen a su libro “Sentado en el borde de un vaso”, que ha visto la luz por el acierto de Arte Activo Ediciones en Vitoria, ciudad donde reside, este mismo año de 2003.

Alfonso Pascal Ros
Barañáin, 2 de diciembre de 2003

________

Paisaje

Cobalto
Rojo Venencia
Verde botella
Y una pizca de blanco
En bermellón fundida.
Paisaje cotidiano
Amarillo trigal
Y al fondo un negro perla
Entre violetas que en grises
Va tiñendo de azules el paisaje.
El ganado regresa a los corrales.
Sonido de cencerros.
Son las diez de la noche,
El día está vencido.
Mi corazón es un grillo invisible
O un croar en la charca.
Allí a lo lejos
Mis párpados se cierran.


P O E S Í A
@Alfonso Pascal Ros, para la revista "Pernía", Barañaín, Octubre de 2003
@Revista Literaria Pernía, Nueva Época, 2010. Edita y dirige: Froilán de Lózar


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Faustino Varona


Uno de los que mejor han relatado la vida de los hombres del campo palentino.


Uno de los pocos escritores costumbristas que quedan en esta tierra maltratada e ingrata es Faustino Varona. No conozco personalmente a este cronista viajero del norte de la provincia; lo que no quita que me maraville, que me guste y pase unos felices ratos con la lectura de las bellas estampas de los personajes que describe.
Faustino Varona nos habla de esa otra vida que está pasando a la historia, de esas gentes dueñas de la tierra y del cielo, que viven un mundo para ellos bello y amable; personajes solitarios y con mucha vida interior y, con una conformista filosofía de la vida y de las cosas.
Habla de los pastores, esos hombres del campo que nada quieren saber de la política, que no comprenden el valor y el significado del voto, no comprenden el artilugio ese llamado reloj y que tienen un calendario para ellos muy práctico y natural. De esos hombres que las deben de pasar muy bien y muy felices, que desconocen lo que es un médico y que no saben de la aspirina ni de la Seguridad Social. Y que, a pesar de todo, llegan a centenarios. Cosa que no sucede con los habitantes de las ciudades, pese a todas las ventajas de la civilización.
De nuestro escritor de costumbres, sabemos las andanzas de Venancio, el pilero; Isabel, la panderetera; Alberto, el gallego afilador; Tasia, la que secuestró al obispo; Donato, el rabelista; Resti, el pastor ferroviario; Serapio, el último carretero...

De los pastores de la Olma, Sobrepeña, Cabria, Nestar, Menaza, Cordovilla, Valderredible, Cuillas...
De todo ese mundo, en fin, que no comprende el valor del dinero y que les molesta la indiferencia y la grosería del mundo actual. De esos señores a los que la civilización les debe mucho y que representan la vida de una sociedad que se nos fue de las manos sin haberla podido sacar todo lo bueno que tenía.
Por Faustino Varona sabemos que "La Pernía" fue una comarca famosa por la maestría de sus habitantes. Nuestro gran escritor costumbrista, -que se merece algo más que el olvido en que le tenemos- explica que los carros que allá por el siglo XVIII corrían por nuestros caminos carretiles, habían salido de manos de nuestras gentes. Se habían construído en Polaciones, Liébana, Pernía o Campo de Suso.
Nos habla del carro de aspa y del carro de radios; de los de aro de madera rodada y de los de aro de hierro; de los de varas y de los cuadrados.
Nuestros hombres del campo utilizaban el tiempo junto a las ovejas de muy diversas maneras. Los pastores han sido unos excelentes artesanos: Hacían pipas, cucharas, vírgenes, santos, escobas y canastas. Productos que solían vender y que en algunas ocasiones tenían muy buena aceptación.
El motivo de estas líneas, no es simplemente relatar la vida de esa gente que está pisando los últimos restos de una edad histórica que va a pasar; para ello está Faustino Varona. Estas líneas pretenden demostrar lo mal que han sido tratados los pastores; de lo poco que la sociedad agradece sus sacrificios; de lo felices que son ellos, cuando en realidad debían ser unos furibundos rebeldes contra la sociedad que tan mal les trata. Estas líneas tratan de ser una protesta también, por lo olvidado que tenemos a uno de los más inquietos portavoces de la vida de los grandes hombres de los pequeños pueblos.
Faustino Varona, un gran olvidado, que se merece algo más que la indiferencia injusta y poco agradecida. Para ti, desconocido hombre, el homenaje más sincero por la estupenda labor que estás haciendo ante la incomprensión de las gentes.
Faustino Varona, el mejor pintor de la actualidad de los "grandes hombres" del norteño campo palentino.

Revista Pernía, Núm 11, Agosto de 1985.- Edita y Dirige: Froilán de Lózar


Cuaderno de José Pérez Llorente
Publicaciones del autor en nuestra revista "Pernía"



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Rafael Flores

Rafael Flores es Argentino y reside en Madrid. Es autor de "En una caja oscura"(Nuevo Sendero, Madrid, 1981);"Conversaciones con el Buho"(Editorial Orígenes, Madrid 1984); "Con la caracola en el oído" (Editorial Orígenes, Madrid 1985).
Flores fue redactor y colaborador de la revista "Margen" y posteriormente han aparecido varias colaboraciones suyas en periódicos como "El Norte de Castilla" y "El Mundo". Rafael Flores, que nos explicó en "PERNÍA" " Los letristas del Tango ", trabajo cuya  entrega también puede degustar el lector en este blog, presentó en Palencia a primeros de Noviembre de 2000 su novela "Otumba", con prólogo de la Asociación Latinoamericana de Derechos Humanos, discurso de Baltasar Garzón al recibir el premio "Leónidas Proaño". Otumba -según manifestaciones del autor- es un país imaginario, situado en cualquier lugar de Latinoamérica. Merece mención especial trambién el ensayo sobre el poeta maldito  Arthur Rimbaud , que fue publicado en el número 21 de Pernía.

Con los pies en al agua

En esta ciudad llena de anhelos
y dulces recovecos alados,
los gatos conviven con las palomas.
Venecia agoniza,busca el mar.
Centauros y sirenas habrá hoy
en sus calles que yo no he visto;
nidos de madréporas,
según las aguamarinas enormes que venden en las tiendas.

Bichos raros acostumbrados al agua
y que preparan un futuro esplendor de mar.
A ninguna ciudad se parece Venecia,
y se hunde todos los años, siempre se hunde.
¿Se hundirá antes que nosotros?

@Número 14, Noviembre de 1986

La mañana, después de dormir noche 

La calle. Búsqueda de palabras.
Pocas cosas, una espalda desnuda,
un niño golpeado por su mamá, los periódicos.
Gente en plan verano.
Es como si fuera a venir alguien,
lo esperamos todos.
¿Vendrá? ¿Quién?
Buscamos la tarea habitual,el estilo que nos encarrile la vida.

Como si nos olvidáramos de esperar,
pero seguimos esperando.

@Número 9, Junio de 1985 Edita y Dirige: Froilán De Lózar


Ver también

El tango

Nuestra amistad con Rimbaud


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Donde se quiebra la mirada de un nosotros



Apágame tu beso mordido por tus labios,
enciéndeme este tacto con tu poros, con tus lívidos suspiros,
reviéntame ese elixir de tu carne en mis costados,
acósame de nuevo mordiéndome la sombra,
que encima de tu sombra
estará mi boca buscándote la boca.

..........

“¿Te dije que hoy tenías mi amor hasta las nubes?".

..........

Pones el pecho: tú pecho o mi pecho,
¡no importa!; nuestro pecho.
Ni el aire ni el cielo escucharán latidos,
pero la misma sangre contemplará la luz
que hace brillar a nuestros ojos.

..........

Te contemplo… Y admiro, embebido,
las líneas de tu imagen y la sombra
que ataja la expresión más permanente.

Hacia tus ojos miro. Sobre tus manos bebo.
El trigo derrama tu corazón al viento
y espigas tu mirada en espera de la mía.

Y te contemplo, como el ave mira al aire
y le da un beso con sus alas
para que le abra paso con su alma.

..........

¡Cuídese usted de mí y de mi boca,
y de mis brazos y mi tacto y de mis ojos,
pero sobretodo de mis besos!

De mi libro: Hilada a mi corazón la quiero.

..........

¿De qué besos estás hecha, pedacito de dulzura,
que no acabo nunca de saciarme?

De mi libro: Hilada a mi corazón la quiero.

..........

Leo sin ataduras tu rostro:
naces siempre de un beso
y en sinfonía de sonidos.
Lo que tú no hablas, lo escucho.
Lo que tú no dices, lo miro.
Y eres, entonces, más linda
que todas las palabras
que emergen de mi pecho.

..........

Escucho que el paisaje es una voz endurecida
donde se quiebra la mirada de un nosotros.
Y yo creo en nada,
solamente en el pájaro y su senda,
en su vuelo hacia el encuentro de un pétalo
que hace temblar a la mirada,
porque el cielo se escribe con tus ojos.

(Del libro: Niños de la calle)

..........

Un día de estos, en tu boca,
no cualquiera, en tu boca,
en ese beso ardiente,
no sé por qué, pero en tu lengua,
quiero decir, que no en cualquiera,
sino en tu boca,
diré que todavía
me sabes a ese sueño
de gloria y fantasía.

..........

Me gusta perder la libertad a veces:
que me estrujes, me aprietes con tus brazos,
me fuerces con tus ojos, me trinches con tus labios.
Entonces mi libertad me sabe a tu lengua,
y me hago nube y voy volando.

..........

Al levantarme aquella madrugada
imaginé un diminuto sol sobre tu piel despierta,
y me dediqué largas horas  a mirarle
para ver como salía del oriente y se ocultaba por tu espalda.

........

Vestido de sorbo de café, de mi alrededor de hechizo,
busco tiempo, y me descubro idéntico azul
-pudor de algún abrazo, de alguna palpitación que me domina.
Quiero ser... y corro: descanso constelado.
Me pongo la corbata de palabra circunstancial
para que resalte mi destino,
para descifrar parvadas, o líquenes en mi memoria,
o adorados buques sobre mi sobra estridente.
Te veo... Y es entonces que el rubor se me cuela a la camisa,
abro el alba, cocino un pan de beso y aleluya,
incorporo el amanecer a la cuchara del azúcar.
Te veo y despiertas... Te miro... Te quiero.
Y en eso se me pasa todo el día.

..........

Usted me instaura, me zozobra, me aja,
me desempolva, me restituye, me reajusta,
me torna y difumina.

¡Mire usted cómo me gusta,
que yo amoldo mi ser a su caricia!

..........

Me escapo hacia tus párpados abiertos
-¡Ay, ese cielo de aves y perfumes!-.
Juntas todas tus miradas y las pones en mi taza a que las beba,
y me encierro adentro de tus párpados abiertos.
Me abrazas… y te abrazan mis ojos entreabiertos.
La mesa entibia un té de manzanilla que ha visto brotar su flor de entre los musgos.
Levantaré tus brazos. Los dormiré conmigo.
Los miraré junto a la flor y entre los musgos.
¡Ay, esos brazos de aves y perfumes!
Cerraré los ojos para escaparme hacia los tuyos.
¡Ay, esos brazos de párpados abiertos!

______________


Nacido en la ciudad de México. Con estudios en Antropología Social y una Maestría en Sistemas de Computación. Como escritor inició su carrera a finales de 2005 y desde entonces ha publicado más de 20 libros.

Para saber más, en nuestro blog
Un manifiesto en la voz del mexicano Salvador Pliego | Curiosones invitados

Bajarse libro gratis:
Salvador Pliego

Imagen: Revista Literaria Pluma y Tintero

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Rizos de aulaga

Isabel  Medina, nació en Hermigua, La Gomera (Islas Canarias), pasando luego a residir en Güimar y más tarde en Granadilla de Abona (Sur de Tenerife), donde ejerce su profesión de maestra.
Desde muy joven trabajó en la radio, combinando después con el estudio, la escritura y la enseñanza.
Entre sus obras: "Cánigo de ausencia", "Cuentos canarios para niños", "Chácaras de silencio" y un interesante libro titulado: "Iniciación a la literatura canaria".


Rizos de aulaga
Toda erizada de picos
duros, llenos de tiempo,
con sabor a tierra yerma,
con sabor a boca seca.
Aulaga de tierra pobre
con sed de justicia y agua,
aulaga de malpaíses
que tristemente se clava.
Dicen que mi pelo negro
es un aulaga africana.
Me alegro.
Es bueno que se parezca mi pelo
como un aulaga,
a mi tierra triste y seca
de sed, de justicia y de agua.

De "Cánigo de Ausencia"

@Número 33 de Pernía, 1988. Edita y Dirige: Froilán de Lózar


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Revelaciones necesarias

Marco Tulio Mena, nació en Turrialba (Costa Rica).Desde muy joven se inclinó por al arte de las letras. En el momento de su presentación en "Pernía" tenía dos obras poéticas inéditas:
Revelaciones necesarias, 1980 - Raíces sobre Tierra, 1984,
Ha publicado en importantes revistas y periódicos nacionales, formando parte del Grupo Literario "Terra Mostra" de Costa Rica.


"Marco construye lirismo auténtico, "entre tantos heridos, entre tanta muerte, que no se detiene..." y lo hace con fe entre las alas de la blanca poesía. Bien vale la difusión de su obra, nuestro reconocimiento y aplauso".

Victor Corcoba


Revelaciones necesarias

Estas calles desoladas
con su angustia de siempre,
nada cambia el ropaje
que oculta su muerte.

A esta hora,
la multitud corre
con los pies descalzos
sin llegar a la vida.

Y sólo se escuchan las bocinas
contaminando el aire,
este aire que pesa tanto
que nos aplasta el alma.


@Número 11, Agosto de 1985; Edita y dirige, Froilán de Lózar

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Mari Carmen Pernas


Nació en la provincia de Lugo el 23 de Enero de 1954 y cursó Estudios de Técnico de Empresas Turísticas en la ciudad de León.
En la presentación que hace de ella otra autora que ya subió a esta sección, Gío de Ray, explica cómo María del Carmen se interesa especialmente por la literatura infantil y por los escritores encuadrados en el movimiento denominado  "Realismo mágico" que viene de América del Norte y que se  ha consolidado a través de la América Latina.
Esta escritora nos recuerda a otros dos trovadores leoneses: María Azucena Modino y Julio Llamazares.
Colaboradora de numerosos diarios y revistas, ha obtenido numerosos galardones entre los que recordamos: IV Consurso de Cuentos de la Casa de Cultura de Ciñera (León), 1985; el Primer Premio del Concurso de la Asociación Provincial de Libreros (1986), el primer premio del V concurso Nacional de Literatura SJD (1988), el Primer Premio de San Valentín de RCE de León (1987)...


Palabras para Victor

Cuando el dulce regazo de la tierra
sea un nido vacío abandonado
en los renglones de la escarcha...
Cuando ya no encontremos meteoritos
con memoria de estrellas,
ni pétalos de rosa,
o abalorios de lluvia en los
cristales del tiempo...
Cuando caminemos por un valle de cenizas
surcado por pájaros de hielo,
y nuestra estirpe clame
desde el reino estepario del olvido...
Cuando la sementera de las guerras
haya dilapidado la semilla de las flores,
y la parca venga a pintar
nuestros espejos de invierno...
Cuando el molino inexorable
del tiempo perdido
desgarre en jirones los recuerdos...
Aún quedarán los poetas
para vestir la nada con sus versos.

@Número 33 de Pernía, 1988. Edita y Dirige: Froilán de Lózar

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De aquellos mares, estos sueños


Alfonso Pascal Ros, premio 2012 a la Creación Literaria por el Gobierno de Navarra.


VII

Mi ventana favorita es esa
que no tiene importancia
y se abre como todas
para dar pena en su sitio.
Por esa ventana también te amo.
Como un hombre sentado,
tampoco alcanza nada
que no puedan lograr otros cristales.
Tiene la anchura de tu y yo
y la misma altura
pero no la de uno solo.
Sabe encogerse entonces,
cuando nota no sé como que alguien falta
o que hay alguien asomado
que no sabe mirar por ella.
No necesita un patio
que le conceda validez.
Ni siquiera necesita
que un muro la contenga.
Aunque está en el aire,
sin una red debajo,
podemos confiados
asomarnos sin caernos.

XII

Como hombre atormentado
cambia de golpe los poemas
que escribe de golpe.
Cree que así cambia su vida
y el sino que la rige.
Temblándole la mano
donde escribió odio escribe amor
tratando inutilmente de evocarlo.
Sobre un nombre que borra escribe otro
para afirmar que el primero está olvidado
y sólo el nuevo cuenta.
Cambia un verso o más
y el título que llevan esos versos.
Sabe que lo logrado así
es seguir con su tormento
y contradecir la nueva aspiración.

Al fin y al cabo
esas palabras que ha quitado
las sentirá pronto en otro sitio
si no lo siente ya.

El atormentado desea romper eso
que vive más tiempo con él.
Es el hombre
que sólo rompe unas palabras
porque ignora
el modo de romper con su dolor.


Volúmen 505 de la Colección Adonáis
15 de Octubre de 1993







Ver también en nuestro blog: Principio de Pascal, el hombre
Sección del autor en Curiosón:  Cuaderno de Alfonso

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Una mujer en el orígen


Sus exhaustivos estudios les llevaron a creer que el origen común de todas las razas se encuentran en una mujer que existió hace 200.000 años en algún lugar del Continente africano.



Manoli García Gil


No sé si fue un filósofo el que dijo que "Ser hombre es ser mucho" (supongo que refiriéndose al género humano), y yo añado que ser mujer no es ser menos que ser hombre.

La mujer sigue aquí, ocupando una parte del suelo terrestre y buscando con el mismo ahínco de siempre el lugar que le corresponde. Madre del ser humano, por excelencia, raiz de una desmesurada humanidad... porque a esa conclusión han llegado un grupo de científicos de la Universidad de Berkeley (California). Sus exhaustivos estudios les llevaron a creer que el origen común de todas las razas se encuentran en una mujer que existió hace 200.000 años en algún lugar del Continente africano. Según los biólogos M.Storeking, Rebeca, Cann y Allan Wilson, esa teoría tiene un sólido fundamento. Textualmente declararon a la prensa:
"Se tiene referencias de un grupo de humanoides entre los que pudo figurar una mujer, que fue el origen de todas las razas".
El resultado del análisis de genes especiales en células de 147 parejas  de los más grandes grupos étnicos de los cinco Continentes así lo demostró. Esa nueva teoría no contradice en modo alguno la religiosa y tampoco la Científica, que intentan explicar la aparición de la vida en nuestro Planeta.
El biólogo Wilson destacó la importancia del descubrimiento de mitochondria, un gen especial encontrado únicamente en la estructura celular de las mujeres. Ese gen estaba ausente en la totalidad de los varones de todas las razas examinadas.
Con mitochondria o sin ella, la mujer está demostrando que es algo más que la madre de la humanidad. Tanto la mujer joven como la anciana, el ama de casa o la intelectual, saben cumplir a la perfección el papel que desean asumir en nuestra sociedad.

@Número 33 de Pernía, dedicado a la mujer escritora, 1988, Edita y Dirige: Froilán de Lózar.

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Agurtzane


Miarritze, (Lapurdi), Euskal Herria, 1958.

Doctora en psicopatología. En el momento de contactar con nuestra revista, desarrolla investigaciones por EEUU, donde reside. Trabaja en diferentes medios audiovisuales. Ha realizado guiones radiofónicos para Emisoras privadas.
Animadora del colectivo feminista "Root of the women". Imparte conferencias por América, Canbadá y Europa. Traduce o escribe en euskera, inglés, francés y castellano.

Autora de Arrainontzi: Acuario, además de diversas obras de ensayo, poesía o crítica, sin editar en aquellos momentos.



"Vivir sin tregua y morir en defensa propia.
A eso aspiro".
(Sigmund Pasek)


Dejemos a un lado
el festín del fingimiento
congelando palabras

Las manchas de tedio
en los pulmones

Brazos sin memoria
ciñendo esqueletos apolillados
y con el pan de la soledad
en los inquietos bolsillos
partamos a saciar
un miligramo el hambre
de nuestro universo
interior
insaciable
maniáticamente
indigerible.

***

"Solamente odio una cosa: tener que odiar".
(Andros Karman)


Los astros se desvisten lentamente
como cuerpos abiertos a la vida
apean sus partículas de estío
en la estación más próxima.

Fallecen las horas entre bastidores
sin poder denunciar a sus verdugos
Gillotinas sobre los aleros
señales de humo por las uñas
escalofríos en los labios
Olores fétidos remueven la espuma
alguien corre veloz y veloz lo desploman
antes de alcanzar la barricada
Burbujas de calicanto en el aire.

***

La experiencia vale un cojón.
A falta de ellos
patriarcales y extasiosos
latigazos de experiencia

Pernía, número 29, Verano de 1987


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Juan Gracia Armendariz

Dirige y presenta esta selección: Alfonso Pascal Ros
Premio a la Creación Literaria del Gobierno de Navarra 2012.



La minuciosidad del artesano

Me lo pone fácil Juan Gracia, muy fácil, para introducir sus textos porque poco puedo y debo añadir a su persona y a su obra. Me puede el corazón y dejo que me pueda si les digo que es una de las personas con quien más afectuosamente he compartido inicios literarios, primeros balbuceos impresos y también, cómo no, primeras alegrías y decepciones de letraheridos. Y para ser escritor, persona honrada como pocas con su obra. Sí quiero protestar que aunque autor sólido y consolidado, siento que no sea tan reconocido como se merece; pero al tiempo. Es peaje a pagar y entonces seré el primero en alegrarme.
Cuatro apuntes para los más profanos en su obra: Juan Gracia Armendáriz (Pamplona, 1965), periodista cuando era periodista en cabeceras como El Mundo, Diario 16 o Heraldo de Aragón (domingo a domingo sigue dando muestras hoy de su maestría en Diario de Navarra), es profesor de la Universidad Complutense de Madrid y autor, lo que nos importa, de obra poética (Como si al otro lado latiera, 1994), de relatos (Noticias de la frontera, 1994; Queridos desconocidos, 1999) y de la novela o, mejor dicho, de una obra que en palabras suyas participa del cuento y de la novela (Cazadores, 2002). Les llamo la atención sobre esta última, entrañable y conmovedora, y sobre sus microrrelatos, que recomiendo vivamente. Minuciosamente.

Alfonso Pascal Ros
Barañáin, 15 de abril de 2005

Insomnio

Vendrá esta noche, como todas las anteriores.
Trepará por la pared y se esconderá en el armario o debajo de la cama. Esperará la hora exacta, cuando relaje los músculos del cuello y relaje los párpados. Sé que voy a sentir miedo cuando escuche su respiración en la cocina o el viento frío de sus pasos alejándose por el pasillo. He intentado convencerle de que estoy débil y ya no le sirvo, mis mejillas están muy pálidas.
Pero el vampiro no escucha y se ríe de mi crucifijo.

_________

(De Noticias de la frontera. Incluido en la antología Grandes minicuentos fantásticos, Editorial Alfaguara, 2004)

P O E S Í A
@Alfonso Pascal Ros, para la revista "Pernía", Barañaín, Octubre de 2003
@Revista Literaria Pernía, Nueva Época, 2006-2011.  
Edita y dirige: Froilán de Lózar


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Que me quiten la voz

Miro arriba y no hay nada

Ni frutas en los árboles
La bola se revuelve
No brillan las estrellas
En medio del silencio
Hay un verso colgándose
De nadie sabe dónde
Ni a quién irá a parar
Los estambres se cierran
Se recogen los líquenes
Bostezan los informes y
aburridos sintagmas.
Nada es de ley aquí
Las normas lo son todo
Si comienzas el llanto
Ya no puedes parar
el caos que llega.
Si aún quedan esperanzas
hay que cavar muy hondo
para alcanzar a olerlas.

Carmen Centeno
De "Quejas y Batallas"
Ediciones Habibi
Marzo-Abril de 1984


Que me quiten la voz

Que me quiten la voz,
los amigos que me quedan,
el movimiento.

Que me quiten la luz de media tarde,
la presencia y la música
de todo lo que amo.

Que me quiten
la sensación de vivir en libertad,
pero que me dejen
respirar,
soñar contigo,
acariciar tu piel y tus instantes.

Ángel Herrero Cabezón
I Premio Marciano Zurita de Poesía
Exmo. Aytº de Palencia

Poetas palentinos en el número 3 de nuestra revista.
@Pernía, Número 3, Diciembre de 1984. Edita y dirige: Froilán de Lózar.

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La transfiguración de Lovecraft


Cuando no sean necesarios los jirones
del blanco esplendor de tu vacío en fuga
-el cercano en la piedad, tal vez el pavoroso-,
ni acariciar la mano ardida de la fiesta
porque aquello ha de cumplirse en esta brisa,
gotas del nombre escarchado bajarían por la piel.

Las telarañas del delirio se clavaron aquí
por tu languidez de espinas, pródigo errante.
La perpetua geometría
lame ahora el muelle donde embriagas
la caída fabulosa de los otros.
Hay una fosa de ausencia en el encuentro.
¿Qué estuche artificial acentuará las demoras,
si señalar el fuego es tu ley,
si cubrirte de escamas tu costumbre?
Oíste el himno:
¿Pero qué acantilado recibe a las mareas?
¿Qué pálido violín con raíces frenéticas
para el nadador de naufragios?
El feto desplegaría su hechizo.
Desertaste del hombre.
Fiebre, moscas y sueños.
Un tibio, dulce olor a crimen
reconoce en mí al desolado.


©Manuel Lozano
París, Octubre/2001
* Prohibida la reproducción sin autorización previa del autor. Derechos reservados.
@Revista Pernía, nueva época, Noviembre 2015. Edita y Dirige, Froilán de Lózar

__________

Mansión Artaud | Melquisedec | Sopla el desterrado | Dudante o el jardín 
Jam session | Canta, lastimada mía | Orígenes de Alejandría | Tatuaje en fuga de los cuerpos 
Cuando a la deriva | Tres elementos del mundo | Pálido cerco de la sombra  
Canción de cuna en la superficie de los cuerpos | Juan José Aurreola | De los varios modelos de un frío inicial 
La transfiguración de Lovecraft









Cuaderno de Manuel Lozano en nuestra revista Pernía
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De los varios modelos de un frío inicial


Dice, debe verlos,
los viejos, los pálidos, los míseros...

Hofmannsthal, La muerte de Tiziano

¿Cómo esculpe las mandíbulas de mi
/pequeño tigre
este teatro que ha sabido de la profanación
/y sus crías?
La osamenta cede su lugar al poseído
con duraznos que hieren y se apagan.
Me ocultan quienes me persiguen.
Largas noches, días suicidados,
vuelven a descifrar aquel gesto en la marea
blanca de mis muertes.
¿Cuál es el don entonces?
¡Aguijones, lampreas, lluvias vacías!
Miras desde abajo.
¿Dormiría derritiéndose en telarañas,
sublevándose en cruces de un juicio final
para rozar al ausente
con todo el viento sepultado en la luz?
Esa voz nace del estruendo,
babea entre pequeñas criaturas
perseguidas de la tierra.
La cabeza estalla.
¿Es posible, no es posible?

II
El antepasado vuelve a fecundarte
en lo remoto.

III
¿Yo me animo a perturbar el universo?,dirá Eliot
con el mismo ungüento de ridículo en su corbata.
Yo soy Lázaro, vengo de entre los muertos, dirá Eliot.

IV
El pago de congojas cruza el mausoleo.
Caliente aire sobre un mediodía,
no ha de morir el conmovido.
Aleteos en la sombra de su eternidad:
no, nunca está en el mismo lado.
Se quiebra.
Ya es un puente.

V
Pliegues de Verónica para exaltar un árbol.
Bajo hacia las colmenas y sepulcros.
Lupanar en los ojos del incesante.

VI
Arañas cuando las manos tejían la luz
G. Apollinaire

¿Adónde el encarnado?
¿Adónde la máscara de lluvia de niño del yacente?
¿Adónde el vértigo comido por hormigas?
¿Adónde el harapiento con su esfinge leprosa
siempre a cuestas por la orilla?
¿Adónde la que escancia el filoso perfume?
¿Adónde la taberna para nombrar mi dinastía nocturna,
mi decorado entre mármoles que gimen?
¿Adónde mi jardín de rocas
cuando entras con tu cuchillo y me desatas?
¿Pero debes pasar?
Somos los dioses.


©Manuel Lozano
La Habana, 3-Febrero de 2002
* Prohibida la reproducción sin autorización previa del autor. Derechos reservados.
@Revista Pernía, nueva época, Noviembre 2015. Edita y Dirige, Froilán de Lózar

__________

Mansión Artaud | Melquisedec | Sopla el desterrado | Dudante o el jardín 
Jam session | Canta, lastimada mía | Orígenes de Alejandría | Tatuaje en fuga de los cuerpos 
Cuando a la deriva | Tres elementos del mundo | Pálido cerco de la sombra  
Canción de cuna en la superficie de los cuerpos | Juan José Aurreola | De los varios modelos de un frío inicial 
La transfiguración de Lovecraft









Cuaderno de Manuel Lozano en nuestra revista Pernía
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Juan José Aurreola

Manuel Lozano con Juan José Aurreola,
autor de "Confabulario personal".

Vio a la humanidad que buceaba,
que buscaba infatigablemente el arquetipo perdido.
Cada hombre que nacía era un probable salvador;
cada muerto era una fórmula fallida

J.J. A., Confabulario


In memoriam

I
¿El verbo y el hambre son teatro
que desencastra en música hacia nadie?
Alcoholes de un barniz fosforescente,
babas de la placenta, piojos de la razón
decían
nadie es el fuego
nadie es el fuego

La breve edad raspa lo humano.
Ahora tiemblas desnudo con mi nombre.
Éste es el camino que te negó la sombra.
Memorias del corazón, la calle,
el enjambre de testigos invisibles,
gastan su fiebre y su desierto.
¿Por dónde irán las sobras de la herida
para buscar el tatuaje sumergido
en la escarcha de un mágico invierno
entre esas tribus que no te sospechaban?
Los jinetes se suicidaron allí.
Las telarañas mordieron
en el festín de los abatimientos
cada mantel de sangre.

II
¿Cómo se borra el yo en este laberinto
donde los ojos de Jesús ya se han secado?
¿Dónde aquel Juan de los jardines sobrenaturales
nadando en las alturas su velo negro?

III
Los hocicos desentierran plantas calientes.
Marcas de ácido hurgarás en tu mansión,
antiguas coronas del granizo de la trampa.
Le dabas la vida.
Le enumerabas el fracaso, noche a noche,
con ángeles de Migne y de Papini.

IV
Ya llega el ultraje.
Hierve el silencio,
¿boca estrellada contra las apariciones?
¿Quién dirá que no aúlla?

V
Ya llega el ultraje.
Ya llega el ultraje.
Los hierros exploran
inútilmente las vísceras.

VI
Progenie de lobas
no le preocupa el mar cayendo
hasta el vacío de la anunciación
te arrojan a la transparencia
el aire fue hielo ¿fue luz?
el fuego no tiene orillas
donde lamerte

Sequía
donde estallar en frío de almizcle,
me pregunta por los abismos del amor.
La hermosa clava su plumaje en la llanura.
Díselo.
En ese desván suplicaste una jaula.
¿El gesto, su nombre, un delirio de cosméticos?
Hambre sobre el verbo,
sacratísima hambre sobre la carne viva.


©Manuel Lozano
Buenos Aires, Diciembre de 2001
* Prohibida la reproducción sin autorización previa del autor. Derechos reservados.
@Revista Pernía, nueva época, Noviembre 2015. Edita y Dirige, Froilán de Lózar

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