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Manolo Nestar (y X)


Termina aquí la historia de un hombre gordo
Nestar en Burgos
Dacio Rodríguez Lesmes



Las anécdotas se suceden sin ninguna ligazón de tema. Atropelladas, a granel, formando un batiburrillo, sólo entrecortado por las carcajadas de los circunstantes.

Nestar me cuenta sus andanzas por Burgos.

—Íbamos a cruzar el paseo del Espolón, por un lugar que no sabíamos estaba prohibido al tránsito, cuando se nos encaró un guardia.
—¡Señores, no pueden circular por aquí!
—¿De veras? –le repliqué
—De veras.
—Y, ¿sabe usted quién soy yo? Sin parar le espeté lo primero que se me vino a los labios: “Habla usted con el jefe nacional del Seguro de Probabilidades”
El guardia no dijo ni palabra. Se quedó un momento absorto, se echó la mano a la gorra en ademán de saludo y me dijo:
—Pase, pase usted. ¡A sus órdenes!

Veinte minutos de charla han bastado para trazar este atropellado hilván biográfico en torno a Nestar. Manolo pone la coda con tres sucedidos. Uno el de “Peñalabra”, a donde le subieron a cuestas por fingirse enfermo, varios amigos, haciéndoles sudar el quilo –bien corrido– con sus trece arrobas a la espalda. Cuando llegaron a la cumbre. Nestar se descolgó bailando un zapateado

—Todavía vive uno en Viduerna –añade
Otro es la apuesta en la cerveza
Don Paco Pancho –narra Manolo– se apostó con otro a que comían cien pasteles poniendo el otro como condición que había que beberse una herrada de agua. Yo dije: “De manzanilla”.

La llevaron. A los 74 0 76 pasteles la herrada estaba vacía.
—¡Que la vuelvan a llenar!

El otro no quiso oir hablar ya ni de pasteles ni de manzanilla.

El tercer sucedido fue la “suplantación de Pedro Rico”. Como se recordará el exalcalde de Madrid estaba tan rollizo como Nestar. Y en una noche de máscaras idearon los dos disfrazarse de la misma manera. Llegó Nestar a un baile y recibió los honores como primera autoridad. Cuando llegó el alcalde auténtico lo echaron con cajas destempladas, apostrofándole:
—¡Qué gracioso! ¡Pues no dice que es don Pedro Rico!


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Manolo Nestar IX


Amigo de los toreros


Dacio Rodríguez Lesmes

No hay un torero en España que no sea amigo de Nestar. Desde Victoriano de la Serna, a los Bienvenidas, pasando por Domingo Ortega, hasta terminar en Arruza. Con Arruza intimó el mismo día que debutó el mejicano en la plaza de Santander. La cosa no pudo ser más pintoresca.


Se sentaba Nestar –como de costumbre– en una barrera y desde ella había aplaudido estentóreamente –también como de costumbre– el valor temerario del liadiador, en una faena enorme, inenarrable, que fue galardonada con orejas, rabo y la consiguiente vuelta al anillo. Sobre el matador llovían sombreros, botas y puros. Unos diez o doce de éstos –y buenos, acota Nestar– llevaba ya recogidos la cuadrilla.

Nestar es un sempiterno fumador de puros.

Cuando llegó Arruza frente a él, Nestar le abordó y le dijo:
 —He venido desde 120 kilómetros a verle y en pago no estaría mal que me ofreciera esos puros que acaban de regalarle.
 Arruza entonces no me conocía, pero debí hacerle gracia, cuenta Manolo. El caso es que a los cinco minutos justamente fue a mi barrera, llamó a un banderillero y le ordenó:
 —Oye, esos puros que me han tirado, lleváselos a ese señor gordo... (Y apuntó a mi humilde persona).
 —Los acabo de vender –contestó el banderillero.
 —¿Qué los acabas de vender? –replicó Arruza. Pues a quien se los has vendido se los quitas. A los pocos minutos estaba yo encendiendo el primer veguero, terminó riendo Manolo.



*******


—¡Si yo contara los brindis que me han hecho!

Últimamente, Rovire me dedicó una de sus faenas en Valladolid. Pero la que no se me olvida es la de La Serna. No andaba entonces muy bien de cuartos. La Serna me brindó un toro. Yo le pagué con un papel que rezaba literalmente:

“Vale por la cena a que nos vas a convidar esta noche”

La Serna cumplió y con la cena se descorcharon varias cajas de vino. Yo en recompensa apadriné una hija al torero.




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Manolo Nestar, (VIII)


Bolas a los nuevos ricos.
Dacio Rodríguez Lesmes


Y ya que hablamos del oso, bien está que recojamos la bola que, gracias a él, hizo tragar a un comprador de carbón, titulado y tal... Idéntica a la que con Vighi planeó contra un rico de nuestras tierras a quien comprometió para explotar una mina de “lacre” muy productiva.Tenía el oso unos cinco años y Nestar lo llevó a la mina, la de carbón –no la de lacre– y allí fue adiestrado en la tarea de empujar vagones. En su despacho habló de esto con un negociante –el de marras–, también nuevo rico, y le hizo creer que la explotación la llevaba a cabo con osos.

—¿Con osos? ¡Eso es imposible!
—El sábado iremos a la mina y lo comprobará usted mismo.

Yo subí delante y les avisé a los obreros.

—Va a venir un señor a quien le he dicho que en la mina no trabajan más que osos. Vosotros os escondéis y que salga el oso varias veces con la vagoneta.

Al caer de la tarde, vi venir al visitante. Lo saludé y...

—Ahí sale uno...

Desvié la conversación hacia temas de carbón y...

—Ahí sale otro.

Y así hasta siete veces. El hombre en su buena fe se lo creyó a pies juntillas.

Pasó mucho tiempo. Yo ya no me acordaba de la broma, cuando en la estación de Mataporquera se me acercó un señor interrogándome:

—¿Qué?¿Sigue usted con los osos? Pronto lo reconocí.

—Sí, en la mina están trabajando, le respondí con displicencia.

—Son siete, ¿verdad?

—No, ahora son catorce.

Si se creyó lo de los siete –acota Manolo– ¿qué igual le daban catorce? Como si le planto cuarenta.

—Todavía los ahí ingénuos!, concluye Nestar.


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Manolo Nestar, (VII)


  • Un canario que rebuzna para Pano, el de Reinosa. 
  • El telegrama de Krone



Dacio Rodríguez Lesmes

Como buen palentino, Nestar sabe rendir culto a la amistad. Testigo: Pano, el de Reinosa, se antoja como el doble de este nuestro Don Manuel el Magnífico, as de ases, en la montaña, de los Gázquez y Pantagruel.
Nestar y Pano son “necesarios”. Ambos constituyen esa pareja de contraste que el sano y humano deporte del humor exige y que ya hemos visto sobre el lienzo en Laurel y Hardy, aunque de Nestar y Pano no quepan discriminaciones de temperamento como las de los cómicos de Cine. Pero, apuremos el parangón. Nestar viene a ser el Oliver de la pantalla y Pano, el Stan. Nestar atendió el encargo a vuelta de correo, mejor dicho, de ferrocarril. Preparó una jaula y en ella facturó a Pano, un burro pequeño.

—Ahí te va un canario flauta, -avisó a Pano.

Pano salió a la estación, presa del mayor alborozo
—A ver, dijo al jefe, ese canario que me envía Nestar.
—¿Canario? –contestó el interpelado–. Pues ande con precauciones porque a lo mejor le suelta una coz.
—Bueno –comenta Nestar–, Me echó unos “piropos”, pero se llevó “el canario”. Poco después lo montaba un chico a quien le vino como anillo al dedo el trueque.

El Oso del Húngaro
No es esa la primera vez que Nestar hace víctima a su doble de una de sus clásicas bromas. La del “húngaro” fue un tanto comprometida. Fue idéntica a la del soldado –bebedor él, dormilón él–, a quien una noche le taparon la cara con un papel rojo y al despertarle comenzaron a gritar: ¡¡Fuego!! El pobre sorche se quería tirar por la ventana.

—Veníamos de Bilbao –nos dice Nestar–, de ver a un torero: “El montañesito”, por cierto muy malo. Caímos en Reinosa en un bar, donde hoy está el Banco Mercantil. Era tarde, pero yo le indiqué a Pano:
—¿Por qué no nos quedamos un ratito aquí y descorchamos unas botellas?

Pano estaba dormido y arguyó:

—No puedo tenerme en pie. Mejor es que me vaya a la cama.

Se acostó en una de las habitaciones de la casa y yo me bajé al mostrador. A tal tiempo entraba en el establecimiento un húngaro, sucio y negro como un dolor, con unas barbas de tres colores, como juncos de gordas y un oso tuerto. Yo le abordé y le propuse:

—¿Quiere usted ganarse dos duros?
—Si no hay peligro para el oso...

Subimos donde estaba Pano, que roncaba más que un bombardino. Coloqué al húngaro y al oso de frente y traté de despertar a Pano. De repente Pano se sienta en la cama, se frota los ojos y saltando al suelo comienza a gritar despavoridamente:

—¡La escopeta! ¿Dónde está la escopeta?

Viola en un rincón. La cogió. Pero ya no estaba allí ni el oso ni el húngaro. Se habían escondido en la cocina.En mi vida me he reído tanto como viendo a Pano en calzoncillos, apuntando con la carabina a todas partes. De veras, me pareció Don Quijote, presto a lanzar mandobles contra los pellejos de tintorro. Busqué al húngaro y le ofrecí los dos duros.

—No...se...merecen, señor. –respondió temblando.

Respiró el condenado cuando se vio en la calle.

Pano y don Carlos Krone
Cuando Pano se enfadó de veras, y temí que rompiéramos las amistades, fue cuando lo del” Circo Krone”. El oso de que ya le he hablado –el mío, no el del húngaro– lo tenía Pano en casa. Era entonces muy pequeño. Acababa de llegar a Palencia, con todos sus carromatos, el famoso Circo Krone y desde la capital envié a Pano el siguiente telegrama:
"Pano-Reinosa. Enterado tiene usted osezno dos meses, si interesa la venta, venga inmediatamente con él”. Y firmaba: Carlos Krone".

Pano se tragó la bola. Cargó con el oso y se presentó en el Circo.

—¿Don Carlos Krone?
—El señor no recibe a nadie –le espetó el gerente.
—No diga usted tonterías. ¡Si me ha enviado un telegrama, citándome personalmente!

Le mostró el telegrama. Y tan pelma se puso Pano, que al fin fue recibido por Krone.

—Yo soy Pano y éste el oso, fue el saludo.

Krone se quedó de una pieza. Pano le enseñó el mensaje.

—Aquí debe haber una confusión, porque yo no le puesto a usted telegrama ninguno.

—¿Qué no me ha puesto ningún telegrama?

—No, señor. Pero si quiere le cambio el oso por una leona de cría.

Pano apretó los puños, se mordió los labios y cargó con el oso. Y con el oso cruzó Palencia.

—Ese Nestar me las pagará.

Se molestó mucho. Pero se le pasó enseguida.


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Manolo Nestar, (VI)

Un Stock de Carbón y el Oso domesticado
Dacio Rodríguez Lesmes




Y no vale decir que Nestar ha hecho esto porque le sobraba el dinero.

—He tenido épocas buenas y malas, -me dice. Lo que nunca me ha faltado ha sido el humor. Vea usted. En uno de los peores momentos de mi peculio, me apremiaba vender un stock de carbón que tenía en la mina. Encontré un comprador que me ofreció quince mil duros. El “mirlo blanco”.
—¿Dónde está el carbón?
—Vamos esta noche arriba y lo verá usted
—De acuerdo.

Subí a la mina al atardecer. Pero este maldito genio mío me inspiró una broma nueva con un oso que tenía en la explotación. Lo até a la pila.

—A ese le doy un susto que no se le va a olvidar jamás.

Y llegó la víctima al poco tiempo.

—Allí está el carbón –le señalé.

Era una noche de las más oscuras que he visto en mi vida. Se acercó el comprador a la pila y apareció el oso gruñendo. Va a la otra parte y el oso volvió a hacerle frente. No esperó más. Se lanzó al camino y no paró hasta Venta Orbaneja.

—¡Oiga, le gritaba yo desde arriba. ¡Que este oso está domesticado.

—¡Quédese con el carbón –me contestó, que yo no lo quiero a ningún precio.

  • El Oso
¡Oh, el oso¡ -termina Nestar. ¡Qué inteligencia! ¡Bebía coñac como una persona! En un abrir y cerrar de ojos se triscaba una botella. Empujaba las vagonetas con más aire que un minero. Una tarde llegó a casa un cazador amigo con una escopeta. El oso, acostumbrado a jugar con palos, al verla la confundió y cuando más descuidado estaba el visitante se la arrancó de las manos.

—¡Corre, le dije, que te pega un tiro.

Y el tío, comenta Manolo, echó a correr que perdía los pantalones. Lo que es el miedo. No se acordó que tenía la escopeta descargada. Dos veces se me escapó el oso al monte. Y volvió a casa. Le gustaba mucho el tabaco, pero desde que se quemó con un puro, cuidaba de quitar siempre la lumbre antes de meterlo en la boca. Desde pequeño estuvo con nosotros. Lo adquirí en mis tiempos de Bilbao. ¡No era poco célebre en toda la comarca de Cervera!


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Manolo Nestar, (V)


  • Todos los coches y limpiabotas de Bilbao, al servicio de Nestar. 
  •  Una función de teatro para él solo.


 
Dacio Rodríguez Lesmes




El dinero se ha hecho redondo para que ruede. He aquí la filosofía de Manolo Nestar. Una filosofía estóica, aunque parezca paradójico. El “sustine et abstine”, pero con la interpretación del optimista. Nada de convertir el vil metal en ley de la vida. Es poco elegante y al mismo tiempo le ata a uno a las convenciones de la sociedad, contra las que un Diógenes, por ejemplo, se revolvía contentándose con el sol que le tostaba al borde de su tonel y despreciando con su alforja de habas al rey más poderoso de la tierra, a Alejandro el Grande. ¿Qué el que tiene dinero pinta madero? Pero al dinero, al loco y al aire, conviene darle aire. El dinero del avaro va dos veces al mercado y es uno más señor cuando menos se ata a quien según el sentir común todo lo vence y lo domina. Despreciar el dinero es un heroísmo. Como lo es el freir con billetes un par de huevos o prender un habano con un papiro de cien pesetas. Esto lo ha hecho Nestar. ¿Una tontería? Todo es cuestión de palabras. A lo mejor resultamos más tontos los que hubiéramos querido arrancárselo de la mano para no verlo consumirse en la satisfacción de un capricho. ¿Caprichos? –dice Manolo. ¿Y qué no es un capricho en la vida? Además, en mi zaranda nadie manda.

Nestar, al hablarnos de sus aventuras en Bilbao, hace al entrar en materia esta justificación inicial. El Bilbao que encontró Nestar era el Bilbao intermedio entre el de Unamuno y el de Zunzunegui. Un Bilbao laborioso, sí. Un Bilbao jaranero. Amigo, como hoy, del buen comer y del buen beber. Que sabe ganarlo y sabe también gastarlo. Y allá se lanzó Nestar, como Tenorio en sus andanzas por Roma, a la puerta de su alojamiento en la ciudad del Nervión, Manolo fijó este cartel: “Aquí está Manolo Nestar”. Todos los Pepe Suárez vizcaitarras “mordieron el polvo” ante el chiquito o la cerveza. ¡Tampoco en Bilbao tuvo enemigos¡ Entonces Manolo pensó asombrar a los bilbaínos, volcando el cuerpo de la fortuna, que allí parece clavado en la tierra como un mástil más de sus arboladuras navieras o de sus chimeneas fabriles. Y un día...

Todas las entradas de un teatro

Existía una enorme expectación por una Compañía que debutaba en el teatro más céntrico. Nestar se adelantó a la taquilla y adquirió todo el billetaje. Minutos antes de comenzar la función, Nestar entró en el teatro y se sentó en una butaca. Desolación entre los cómicos. ¡Qué fracaso¡ ¡Vaya un debut más espantoso¡ Ignoraban la hazaña de Nestar. Entraron tres del “tifus”. Nestar se adelantó hacia ellos y les pidió la localidad.

—¡Nosotros entramos gratis¡
—¡Pues esa localidad que ocupan es mía¡

Pasaron a otra y Nestar volvió a la carga. Media hora los tuvo saltando todas las filas de butacas, hasta que sonriente les dijo:

—Amigos, se lo han ganado. Les autorizo a ver la representación, porque han de saber que todo el teatro es mío. Y dirigiéndose a los actores gritó en voz alta:
—Señores, pueden comenzar cuando quieran.

Con cuatro personas tuvieron que dar la función.

Todos los limpiabotas

—¿No contrató usted una vez todos los limpiabotas?
—Sí, fue una víspera del dos de Mayo, en las que en Bilbao se celebraban grandes fiestas con txistularis y bailes. Yo reuní a todos los limpias y les pagué los servicios de la noche, a condición de que no atendiesen a nadie más que a mí. Se armó la que era de esperar, pero los limpias cumplieron bien su compromiso. Sólo uno falló.
—Oiga, don Manolo, Fulano está limpiando a un señorito, vino a denunciarme uno.
—¿Dónde?
—Allí.

Sin preguntarle si sabía nadar, lo tiré a la ría. El otro no esperó más. Temió que con él hiciera lo mismo. Y llegó un guardia. Con una barcaza sacamos al náufrago. En cuanto tocó tierra, puso pies en polvorosa. Yo le llamé para resarcirle del mal trago.

—¡Que no, que no, don Manolo¡. Ya está cancelado el compromiso.

Todos los taxis para Manolo

Otro día, llovía copiosamente en Bilbao. Tomé todos los coches de punto para mí. Corría la gente en una y otra dirección a la caza de un “taxi”. Ineludiblemente, encontraron bajada la bandera.

—Eh, taxi
—Está ocupado

Desfilaron todos en fila por el Paseo del Arenal. Yo montaba en el último. Sudoroso, calado hasta los huesos, me encuentro al amigo Enrique, de aquí, de Cervera.

—Hombre, Nestar –me grita. No encuentro un taxi
—Pasa, hombre, pasa. Todos son míos.

La isla cacharramendi

Durante su estancia en Bilbao, Nestar realizó otro proeza. Pasar a la Isla Chacharramendi en un coche, sin barandilla, con Fabián Bilbao, el picador de “Cocherito”. Nadie se había atrevido nunca a hacerlo.


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Manolo Nestar, (IV)



Nestar, el coco de los bebedores
Dacio Rodríguez Lesmes


—¿Y cuándo dejó “grogy” al mejor bebedor de Sevilla?
—Eso fue otro día. Estábamos juntos el jefe de las bodegas y yo, con la consiguiente comparsa.
—¡Hombre¡ -apuntó uno-. No hemos llevado a Nestar a las “Escobas”. (“Las Escobas” es uno de los establecimientos más típicos de la capital hispalense) Fuímos allá y empezamos a beber.
—Hay que buscar a Pepe Suárez, para que beba con Nestar. Es un chico muy simpático y además canta muy bien. Llegó Suárez y se presentó:
—Aquí el mejor bebedor de Sevilla Yo le repliqué:
—Aquí el que menos bebe de mi pueblo, de Cervera. Nos cargamos una porción de cajas. Encima de la botellería divisé una cañera.
—¿Cuánto hace?
—Ciento dieciocho cañas.
—Bájela.

En Sevilla lo que más se admira es beber sin comer. Pusieron la cañera encima del mostrador y yo cogí una caña y me la bebí. Y otra, y otra, hasta doce. Todos se daban con los codos.

—Igual he bebido sin darme cuenta, argüí.
—¿Sin darse cuenta? ¡¡Gacho¡¡ ¡¡No hay quien beba como usted en Sevilla¡¡

Y así hasta las seis de la mañana. A las seis de la mañana nos íbamos a casa y allá quedaban tumbados en las camas, sin poderse levantar, todos los que se habían propuesto emborracharme. Con Pepe Suárez quedé citado a la una de ese mismo día. Yo soy palentino en todo menos en acudir a las citas. A la una en punto estaba en el colmado. Me encontró Domingo Ortega:

—¿Qué haces aquí?
—Esperando a Pepe Suárez. No tardará.

Otro amigo me repitió la misma pregunta.

—No tardará Pepe Suárez. Tomamos una botellita. Y Pepe Suárez no llegó. ¡Cómo iba a llegar, si tuvo que guardar cama tres días con la “moña” que había cogido¡

Nestar, el coco de los bebedores
Pasaron dos días y me fui con unos amigos al colmado “Las Cadenas”. Se acerca uno, me toca en la espalda y me dice:

—¿Un chatito?
—Se agradece. ¡Venga¡

Tomamos varios. Otra vez como Pepe Suárez:

—Yo soy el que más bebe en Sevilla.
—Y yo el que menos bebe de mi pueblo.

Se acercan unos conocidos de Valladolid que me saludan a coro:

—Aquí está el gran Nestar.

Mi compañero se quedó pálido. Se le cayó la copa al suelo. Oir mi nombre fue como si le mentaran la “bicha”.

—¿Usted es Nestar?¿El de Cervera?¿Usted es el que tiene a mi hermano ya hace tres días en la cama y no se puede mover? No bebió más.
—¿Otra caña? –le insistí
—No, a mí no me mata usted. 

Y sin decir ya ni chus ni mus, marchó como alma que lleva el diablo.
¡Ah, las aventuras de Bilbao¡ Estas serán el tema de nuestro siguiente capítulo.

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El día que más he bebido en mi vida



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Manolo Nestar (III)



El día que más he bebido en mi vida
Dacio Rodríguez Lesmes


Por derecho propio le corresponde a Manolo Nestar figurar en un tratado de Gastronomía, al lado de las figuras clásicas de Pantagruel o Heliogábalo. Si Petronio o Merejkowski lo hubieran conocido, su nombre figuraría sin discusión como el del “rexepularum” de todas las épocas. Porque ante Nestar los dipsómanos asturianos o los engullidores vascos –de que hace poco tiempo habló en estas columnas el querido compañero A.R.Antigüedad– no pasan de simples aficionados.

Nestar, como gran comedor y como mejor bebedor, ha entrado ya en los círculos de la leyenda. En tertulias, cafés, bares, siempre que surge el tema bromatológico, el comentario es idéntico:

—Para comer y beber, Nestar. ¿Os acordáis cuando encargó una comida de doce cubiertos y se los despachó él solo? ¿Y cuando se tomó –en un decir Jesús– una ronda entera de cañas? ¿O cuando echó a la cama al mejor bebedor de Sevilla?
Ciertamente que para los médicos el estómago de Nestar tiene que ser un interrogante, como lo fue el de otros grandes epulones para los “fisicos” de Salerno y para el gramático de los placeres de la mesa, Brillat-Savarín. Yo creo que en Nestar se da una paradoja: su capacidad gástrica, como en Chesterton, es fruto del humor, o quizá viceversa, por aquello de que el optimismo engorda y no el humor es hijo de los hartos. Pero allá los hermeneutas con esta otra cuestión que les plantea Nestar. A nosotros nos basta únicamente la verdad de los números y la de sus propias confesiones. ¿Cuánto se creen que lleva bebido Nestar? Hay quien opina que una Nava completa, y no lo dice Manolito Gázquez. ¿Y comido? Tanto como los cientos de invitados a las bodas de Camacho. Podría tal vez venir Paco con la rebaja, pero, si en todas partes “abrió la cuba” como en Sevilla, Pitágoras se ha quedado corto.

En las bodegas de Gonzalez Byass

Porque en Sevilla... Visitaba Nestar las célebres bodegas de González Byass por primera vez. Le acompañaban varios amigos y algunos conocidos bebedores sevillanos.

Según iban entrando en las bodegas –cosa que me extrañó mucho– a todos les iban dando una copa de coñac y a mí dos, no sé si con el propósito deliberado de tumbarme o porque les había avisado de mi predilección por el coñac. En este plan seguimos visitando varias bodegas, bebiendo una cantidad enorme. Pronto todos los que me acompañaban estuvieron “trompas” perdidos. Yo entonces llamé al encargado, un tal Gálvez y le dije:

—Bueno, esto será sólo para probar. ¿Cuándo comenzamos en serio?
—¿Quiere usted más? –me respondió
—Sí, hombre.

Poco después llegaba el gerente don Manuel González, que siempre se presenta para dar la puntilla a los que quedan en pie. ¡Muy caritativos que son!

—Pase, Gálvez, a enseñarle el resto.

Nos dirigimos a otra bodega, donde se guardaba un coñac de cuatro o seis años. Cuando entrábamos, Gálvez se volvió, confesándome:

—Yo soy Gálvez. Llevo 46 años encargado de esta bodega y no he visto ninguno que haya bebido como usted. Me dio una palmadita en el hombro y agregó:
—¿Conoce usted a los Doce Apóstoles?
—De oídas.
—Ahora los verá. Los Doce Apóstoles son doce cubetas con los nombres de los discípulos de Cristo. ¿Cuál prefiere usted?
—Me gustan todos... Bebí dos copas de cada cubeta, por no desairar a ningún apostol. Gálvez estaba asustado. Yo entré más en la bodega y miraba entre las cubetas.
—¿Qué busca usted ahora? –preguntó Gálvez.
—Los Cuatro Evangelistas...

Seguramente –acota Nestar– fue aquel uno de los días que más he bebido en mi vida.

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Manolo Nestar, (II)



Lo de la Bonifa
Dacio Rodríguez Lesmes



Las anécdotas se hilvanan unas a otras según va tejiéndonos Nestar su tápiz biográfico. Manolo, como su homónimo sevillano es muy aficionado a los toros. Todos los primeros diestros, tanto españoles como mejicanos se precian de su amistad. No se pierde una buena corrida ni tampoco un brindis, que nunca le falta, como ofrenda leal a su campechanía. Manolo, como Julio Chico, también quiso ser torero. Eran los tiempos de su juventud. Con varios amigos frecuentó “La Casa Bonita”, un bar madrileño que tenía un corral donde soltaban toretes para los devotos del arte de Cúchares. ¡Vamos, una especie de Escuela de Tauromaquia particular! La tarde de marras Nestar se hallaba con otros cinco o seis conocidos en el ruedo. Salieron primero dos becerros pequeños, con los que se atrevió todo el mundo. 

—¿Otro mayor? 
—Venga, otro mayor.

Tampoco pasó nada.
—Y por qué no otro de más respeto?
—Muy bien. 

Yo no sé si todos adivinaron lo que salía por los chiqueros. El caso es que de pronto –dice el Faty palentino– me ví ante un toro más grande que una catedral. El miedo me paralizó las piernas. —Aquí es el fin, Manolo Nestar, me dije.
El toro se me acercó bufando y se paró a los diez metros. ¡Qué toro, nunca se me olvidará aquellos cuernos descomunales, aquella papada y aquel flequillo enorme que le caían sobre el testuz. De repente me da un golpe y yo caigo como una bola al suelo. Me acordaba de que en situaciones como ésta, lo mejor es estirarse mucho y estarse quieto para que no pase nada. Y así lo hice. Sobre mi cabeza oía resoplar al bicho. Me olía por todas partes. Comencé a sentir calor en el cuello... ¡Horroroso!¡¡Adiós Manolo Nestar!! No sé los segundos que pasaron, pero a mí me parecieron siglos. Desde un burladero me chistaron: “¡Corre, quítate!”. Más muerto que vivo me puse a salvo. Caí en brazos de mis compañeros y respiré.

—¿Te pasa algo? 
—Estoy herido 
—¿Herido? 
—Sí, aquí, en el cuello... Me echo la mano... y ¡oh, sorpresa! El maldito toro me había confundido con un moledero. Fue, no se me olvidará jamás, el día que mataron a Canalejas.
Nestar nos habla de sus andanzas por Sevilla, cuando echó a la cama durante tres días consecutivos al mejor bebedor de la ciudad hispalense; de Bilbao, cuando alquiló un teatro para él solo y todos los taxis de la urbe vascongada; cuando circuló como jefe nacional del Seguro de Probabilidades... En fin, ¿no les parece a ustedes que esto está bien para un nuevo capítulo?

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Manolo Nestar, (I)




El periodista Dacio Rodríguez Lesmes publicó a mediados del pasado siglo una serie de conversaciones bajo el título "Cada día una entrevista", hueco al que llegó en su momento un palentino conocido por sus anécdotas en el mundo entero. Seguramente, ustedes no habían nacido y no lo recuerdan, o no se lo contaron. Al hacer una nueva edición de uno de mis libros: "Cervera, Polentinos, Pernía y Castillería", le hice llegar al editor los recortes de Prensa que me remitía desde Madrid el hijo de Manolo Nestar, y que he decidido compartir con ustedes a lo largo de varios capítulos.
No se lo pierdan. No tienen desperdicio.

Historia de un hombre gordo

Manolo Nestar: 57 años y 152 kilos
Dacio Rodríguez Lesmes

¿Un personaje del Retablo de Pigmalión? ¿O una figura del cortejo de la “Visita de los Chistes”? De todo tiene Manolo Nestar. Aunque quizá mejor le conviniera el parangón con el “Toro” famoso de Iglesias Hermida o el Zarrasutre de Pedro Alvarez. Y ¡quién lo duda!, con un homónimo de Estéban Calderón, el “Manolito Gázquez”, forte que forte. Los dos Manolos se caracterizan por una misma cosa: “miran todo con telescopio y todo lo expresan por pleonasmos”, como diría el “Solitario”. Y al enfocar así los avatares y preocupaciones de la existencia, la inundan completamente de un sano ingenioso, lozano e imperturbable optimismo. Los guijarros de este mundo –camino para Jorge– los pasan en avión. Sólo les vale la perspectiva. Todo a lo grande, como su cuerpo, ampuloso como sus carnes. ¿Será cierto que la alegría es patrimonio de los gordos? Magos de la inventiva, a veces vuelven a los semejantes en la red del humor, pero la broma, incluso para las vìctimas tiene un atractivo. Y place ver todavía a hombres así, que ignoran, aunque las padezcan, las tragedias de la vida... “Todo es según el color...”. Los dos Manolos se han calado cristales azules. Pero con una diferencia, que apunta un tanto y de categoría a favor de Nestar: el Manolito del “Solitario” era una entelequia literaria. Él es un personaje de carne y hueso. Gázquez, rey del aumentativo, del múltiplo, mago de la destreza, no pasó de una fantasía. Que no obstante hizo fortuna y popularizó un nombre en toda la Tierra.

Manolo Nestar también es célebre en toda España. Y se ha hecho célebre, paseando su cuerpo jacarandoso –de trece arrobas corridas– por toda la piel de toro ibérica.Y aquí está ante nosotros, apoltronado en una butaca doble sobre la que se almohadillan todas sus adiposidades, contándonos sus aventuras. Este Manolo Gázquez castellano es como la tierra. Nada de bambollas ni fulerías. Al pan pan, y al vino...

—Todo lo que voy a decirle, es verdad ¡eh! Yo no le invento nada. 

Ha sido un pitido de flautín tenue, chillón, casi de contralto que nos pone en vilo. ¡Señores, esperábamos una voz de trueno, con trepidaciones de bomba atómica! Como el personaje cinematográfico de D.Quintín.

—Todo es verdad y tengo testigos

Nestar, reumático Nosotros que confiábamos dar rienda suelta a la imaginación y a la pluma, reeditando a Manolito Gázquez, nos vemos cohibidos. Aquí está el Manolito Gázquez real y verdadero. Pero con un reuma...

—¡Ay! –se queja Nestar– ¿Con qué se curará esto? 

—Muy fácil –le dice el amigo Mariano Salvador García, que asiste a la interviú– Use la receta de Marañón. La receta de los 90. Noventa cabezas de ajo en noventa gramos de alcohol, posándose durante noventa días. El mejor linimento. 

—¡Habrá que probarlo! –señala Nestar.

Peso dos guadias civiles y 22 kilos Y luego ya rehaciéndose, entramos en materia.
—Pues verá. Tengo 57 años y peso 152 kilos, es decir, dos guardias civiles y 22 kilos.

—¿Cómo es eso? 

—¡Ja,ja,ja! Muy fácil. Hace muy poco tiempo en una báscula pública me fui a pesar. Delante de mí había dos números de la Benemérita. Subió uno y la aguja marcó 60 kilos. Subió el otro y 70. Subí yo y cuando aún oscilaba la manecilla me dije: ¡Ya sé lo que peso!: dos guardias civiles y veintidós kilos. Pero esto no tiene gracia. Usted habrá oído contar, incluso por “clowns” de circo una anécdota de un hombre gordo que se va a pesar. ¡Pues es mía! Sucedió en Madrid, en una de esas básculas parlantes donde cantan el peso, en lugar de que la máquina suelte tickets. El “speacker” al acercarme gritaba: 56 kilos, 78 kilos, 85 kilos Cuando me puse yo en la báscula, vociferó todo descompuesto: ¡¡Hagan el favor de pesarse de uno en uno!!


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