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Novelista desprendido

En una primera lectura ya de los primeros capítulos de la última novela de Gustavo Martín Garzo, "No hay amor en la muerte" (Destino, 2017), encuentro el eco de las palabras de aquella magnífica "Carta sobre el poder de la escritura" que nunca abandonara a Jorge Semprún tras serle leída por su amiga Edmonde Vinel: «Nadie puede escribir si no tiene el corazón puro, es decir, si no se ha desprendido lo suficiente de sí mismo».



El ejercicio de novelar, al margen de un oficio, parece requerir de una pérdida personal, la de poder entregar un trozo, ignoto, de uno mismo. Olvidar, olvidarse de uno mismo, aceptar partirse en dos y permitir que se exprese ese otro interior saciado de todas las múltiples lecturas cercanas a la historia que se va a contar. Esa tarea del novelista puede hacer sufrir a quien se resiste a desprenderse, mientras que en los grandes escritores de relatos, como es el caso de nuestro querido Garzo, su mirada está tan inmersa en los personajes y en esa atmósfera que captura al lector, que se puede otear entre líneas al escritor, trozeado, pero no sufriente.

“Hombres y mujeres guardaban en su interior un cuerpo atado”. Es una expresión que figura en "No hay amor en la muerte" y que explica a las mil maravillas, en diez palabras, toda la larga didáctica que hay que desplegar para explicar a un psicólogo joven el estadio del espejo, por ejemplo, donde Lacan muestra cómo se funda un cuerpo a partir de una imagen ideal unificada de uno mismo, captado en un instante en el reflejo de un espejo, y recibido con júbilo por un ser humano de diez-quince meses, aún dependiente por completo de los cuidados maternos.

El cuerpo atado en el interior de hombres y mujeres es una bella metáfora que a su vez evoca otra usada con puntería por Garzo en otro libro: “nuestro cuerpo pertenece a aquel que es capaz de despertarlo”. Entonces si amamos a quien puede nombrarnos mejor, qué decir de lo que hacemos con quien logra despertar nuestro cuerpo, tan proclive él al sueño y al dormitar. Nuestro cuerpo está demasiado atado, pagando demasiadas deudas, y temeroso y asustado de desatarse. Demasiado dormido.

El novelista desprendido es el banderín de enganche de tantos y tantos lectores, feroces soñantes de historias, deseosos de ser llevados a mundos trazados por las pasiones, alejados de los tediosos y previsibles mundos circundantes.




De la sección del autor en "Curiosón": "Vecinos ilustrados" @Aduriz2017
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Los hombres viven con los ojos cerrados

Martín Garzo narra ese aserto del personaje de Abraham, padre de Isaac, "los hombres viven con los ojos cerrados", en su última novela "No hay amor en la muerte". Escuchando a Serafín Zubiri el otro día parece que entendí su invitación por imitarle a él, ciego, que proponía "mirar hacia adentro". Son dos miradas distintas del mundo, la que señala lo interesante de abrir los ojos, y la que propone "cierra los ojos y mira".



Shakespeare escribió por ejemplo sobre la anamorfosis en términos de confusión cuando la pintura es "mirada de cerca" (frente a lo "visto oblicuamente"), y otros muchos sabios nos advierten del peligro de poner mal el foco. Dicho de otro modo de creer que se puede anular nuestra subjetividad, y entonces equivocadamente poner el énfasis en el objeto mirado, en el asunto estudiado, olvidando que es mejor mirar cómo lo miramos.

Y ahí podemos seguir a Joyce, y 'cerrar los ojos para ver', como asevera en su "Ulises". Creo que lo que Serafín Zubiri trata de transmitir es que siendo ciego, ha obtenido de su interior las mejores pistas acerca de lo que realmente desea. Es aquello de 'buscar en la geografía interior'. En realidad cuanto más conozcamos ese paisaje mejor podremos conducirnos, o dicho de otro modo, cuanto menos nos ignoremos, más podemos mirar el mundo sin una lente deformada, sin un espejo falso, deteriorado por el uso de lentes subjetivas tendenciosas, que ven lo que quieren ver, que dirigen su mirada siempre a lo mismo, que "escotomizan".

Se puede decir que evitar "mirar hacia adentro" no es lo más inteligente, al menos si no se quiere morir demasiado idiotas. Pero "vivir con los ojos cerrados" tampoco es demasiado inteligente, y no es cuestión de ojos, como hace ver Serafín Zubiri, pues el mundo puede ser mirado con otros muchos sentidos, con otros muchos modos que evitan cerrarnos.

Garzo en su novela hace decir al personaje Isaac, «todos se comportaban con más libertad creyéndome ciego». Si es así, si nos comportamos con más libertad cuando estamos ante un ciego, desconocemos que un ciego no nos ve pero sí que nos mira, y desconocemos que efectivamente vivimos demasiado con los ojos cerrados muchos tramos de nuestra vida. Esperemos que, cuanto menos, abiertos hacia adentro.




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Pequeño tirano doméstico




El relato de tantas mujeres y hombres acerca de su sufrir cuando tuvieron que soportar determinados personajes en su medio familiar, se resume en la expresión que encuentro en Lacan (caso Aimée): pequeño tirano doméstico. Encantadores en el medio social, el pequeño tirano doméstico encuentra un lugar para someter a los otros a sus caprichos de neurótico, cuando no a sus delirios de psicótico estabilizado, o lo que es aún peor, a sus pasiones y perversidades psicopáticas.

No estaríamos frente al gran tirano que somete a empleados y subordinados, sino hablaríamos de alguien que puede incluso no ser nadie fuera de su pequeño recinto, de la pequeña república independiente de su casa, atemorizador en cuanto pisa la raya de la entrada a su reino.

Un ex ministro, responsable político de una ley, precisamente de violencia de género, que ha obtenido hasta la fecha un majestuoso 79% de denuncias falsas, (para darnos una idea de la belleza de algunas ficciones jurídicas, a lo Bentham) ha sido apartado por los suyos de sus responsabilidades políticas hasta en tanto no se aclare si ha sido o no un pequeño tirano doméstico, que ha podido usar o no de la violencia física y psicológica contra su ex pareja. Bueno, o ella miente cuando, según la prensa, el ex ministro le espetó un buen día “me merezco una mujer con unos pechos más grandes”, o él ciertamente es un soberbio altanero tal y como sotto vocce cuentan sus compañeros de escaño.

Pero el pequeño tirano doméstico pasa desapercibido, juega con el secreto familiar, con la ley del silencio que impone esa vieja idea de que ‘los trapos sucios se lavan en casa’, que tanto daño y sufrimiento ha hecho. Basta escuchar el relato de gentes que han vivido situaciones de auténtico terror, de esclavitudes y servidumbres voluntarias, sin atreverse a voltear la situación.

El pequeño tirano de andar por casa no es nadie fuera de las cuatro paredes donde domina. Que los pueblos hayan consentido tiranías se explica desde la psicología de las masas, pero que en una familia se permita reinar a un tirano, se explica desde la historia subjetiva de cada uno y de sus elecciones. El tirano doméstico sobrevive porque se le consiente, no es nadie si se le hace frente, no es nadie si se toma la Bastilla, si hay rebelión.

Ojo con los pequeños tiranos domésticos cuando son mujeres. Y ojo con los pequeños tiranos domésticos cuando son niños.




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Las fotos sepias




Cuando caen en nuestras manos fotos de nuestros antepasados con ese color sepia de haber sido miradas mucho tiempo, uno no sabe muy bien si es el propietario o es un usufructuario. En realidad la pregunta es a quién pertenecen las fotos de nuestros familiares, de nuestros amigos, que ya no están.

Por un lado me veo como uno más de la lista de herederos que han mirado esa foto, y que han reconocido en el rictus, en la pose, en la tristeza o la media sonrisa a alguien con quien trataron. Pero es que a su vez, al heredar unas fotos antiguas me veo como una pieza más de un eslabón, formado parte de una serie, la serie de los que van en su día, en el futuro, a seguir mirando esos retratos y una parte de los que después van a seguir mirando.

Ese instante detenido de la historia de una familia, eso que se capta en una fotografía, invita al recuerdo, claro, pero también nos permite intuir las condiciones del pasado, la historia de lucha diaria para sobrevivir, el aliento por soñar, y mejorar.

Destaco dos fotos. En una se ve a cuatro hombres que en trajes humildes, con corbata, con una suerte de pequeña mochila a la espalda, y con botas camperas, viajan caminando desde Palencia a Madrid. Pertenecían a una central sindical, y viajaban para tratar de ser recibidos por Largo Caballero, a la sazón ministro de trabajo en el periodo republicano, y demandar reivindicaciones, y nuevas y mejores condiciones de trabajo, de salario. Una foto que me retrotrae a unos hombres castellanos curtidos en el sudor de esta tierra, sin coches, sin dinero apenas, en esos gestos de bravura, y de ternura, que han jalonado la lucha obrera.

En otra se puede observar a varias cocineras, con sus vestidos de cocineras, junto a unas ollas, una cocina de carbón y leña. Posan risueñas ante el fotógrafo, sorprendidas de que las retraten, como decían entonces, en un minuto de descanso frente a los fogones. Seguramente se trataba de cocinar para una pequeña boda de las que entonces se celebraban en los pueblos.

Para qué nos sirven estas fotos de bisabuelos, de tíos lejanos, de primos de padres, de amigos de abuelos. Para qué. He observado que mucha gente deja para su jubilación el ordenar las fotos, pero luego no lo hacen. Misterio.
 



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La lista de Magritte

En Bruselas hace unos meses conocí una lista muy intrigante de René Magritte (1988-1967), el pintor belga. Contiene lo que detestaba, y lo que amaba, y aparece inserto en un grabado en una sala del Magritte Museum. Es una lista muy especial. El lector juzgará.


Pero antes de reproducirla, conviene recordar el juego del lenguaje que Magritte establece con su famosa sentencia: “Esto no es una pipa”, situada tras un cuadro que representa a una pipa. La explicación de Magritte fue clara: «¿Quien podría fumar la pipa de uno de mis cuadros? Nadie. Por consiguiente NO ES UNA PIPA». Y aún más contundente la explicación de Michel Foucault en su "Ensayo sobre Magritte": «Ahora bien, lo que constituye la extrañeza de esta figura no es la “contradicción” entre la imagen y el texto. Por el simple motivo de que sólo podría haber contradicción entre dos enunciados, o dentro de un único e idéntico enunciado…este enunciado es perfectamente verdadero porque es muy evidente que el dibujo que representa una pipa no es una pipa».

Por otro lado, lo llamativo de establecer una lista de lo que se detesta y de lo que gusta mucho, es que si bien cada elemento de esa lista es discutible, y podemos no reconocernos en esos gustos concretos, el hecho de situarlos en serie da una idea de por dónde van nuestras pasiones, nuestras secretas parejas, nuestro particular estilo de vida, nuestras filias y fobias, si pasamos a convertirnos en autores de una lista así, incluso las variaciones de esa lista a lo largo del tiempo, y lo que es perenne en esa serie. Más lejos, en las profundidades del gusto (Lacan), es posible captar la huella de nuestro auténtico modo de goce, en aquello que amamos y en lo que rechazamos firmemente.

Vayamos con La lista. Lo que detesta Magritte: mi pasado y el de los otros, la resignación, la paciencia, el heroísmo profesional, y todos los bellos sentimientos obligatorios, las artes decorativas, el folklore, la publicidad, los speakers, la aerodinámica, los Boy Scouts, el olor a nafta, la actualidad y los borrachos.

Y la lista de lo que le encanta: el humor subversivo, las pecas, las rodillas, el pelo largo de la mujer, los sueños de los niños pequeños en libertad, una niña corriendo por la calle, el amor vivo, lo imposible y lo quimérico, y no querer saber exactamente de mis límites.
Anímese el lector a construir su propia lista. Tendrá efectos.




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Hijos sin hijos




Tendencia de nuestra época, del individualismo de masa, ser hijo sin hijo. Encontramos sujetos que han decidido vivir su vida bajo ese axioma: ser hijos y no tener hijos. No confundir con quienes han tomado la decisión de no tener hijos propios, o con quienes decidieron hacer de la soltería su rumbo. Quiero referirme al subtipo de los hijos que ejerciendo poderosamente de tales, a su vez nunca tendrán hijos.

Hay una novela de Enrique Vila-Matas, que precisamente tiene un título así, Hijos sin hijos. Allí menciona a unos personajes que tienen todos en común el alejarse de la sociedad, pero sobre todo que “sólo se alimentan de sí mismos, de forma que no se les puede ayudar sin hacerles daño”.

Y aunque sean personajes de ficción, no se alejan de lo que encontramos realmente cada vez con más frecuencia. La debilidad del lazo social, del lazo amoroso, del lazo profesional es tal en los sujetos contemporáneos, que las fracturas y desconexiones del lazo social lejos de ser episódicas, son la norma.

Como le sucediera a Kafka, (“y es que todo lo veía como una injerencia en su vida”, paradigma para Vila-Matas), los hijos sin hijos viven los acontecimientos históricos sin involucrarse lo más mínimo, es decir, se van a nadar por la tarde, o si se quiere, siguen jugando a la Play.
Sin embargo, sus padres, a su misma edad, sudaban la gota gorda para sacarlos adelante y entraban con madurez resuelta y aceptación de la edad en la cuarentena, e incluso en la veintena.

Los nuevos hijos sin hijos no comprenden que sus padres se vayan de casa para no seguir manteniéndoles; ni consideran que hayan de dejar de mirar y cuidar su cuerpo para sostener en sus brazos a un bebé; ni comprenden cómo es que han de abandonar su carrera profesional para cuidar a un mocoso; ni justifican un enamoramiento sino como una debilidad y un contratiempo inesperado que les va a hacer sufrir; en resumen que no pueden llegar a entender que para sus padres exista algo mejor que contemplarles a ellos, y estar ahí siempre, al pie del cañón, para cuando ellos, sus hijos queridos, lo precisen.

Lo peor de todo no es que no vayan a cambiar, sino que pienso como Vila-Matas que es imposible ayudarles a cambiar sin herirles.

 



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Escribir un libro


No sé bien lo que se gana escribiendo un libro. Sé sin embargo que se busca otro pedazo más de amor, otro signo de amor de alguien a quien llamamos lector. Pero ahora sé lo que se pierde.



Es lo que le preguntó a Claudio Magris un estudiante chino, ¿qué se pierde al escribir? Al escritor de Trieste le pareció pregunta kafkiana, pero a mí me parece pregunta poco laberíntica. Ya sé que siempre que decidimos algo, perdemos, pues justamente es eso lo que hace tan magnífico el caso del indeciso/a, quien no acepta perder. Pero la decisión insondable de escribir un libro, de seleccionar las letras, los giros lingüísticos, los títulos, el orden de la narrativa, los libros que se citan, los espacios en blanco, todo ese trabajo de decisión continua requiere aceptar perder, como esas mudanzas en las que perdemos para siempre algún objeto, o lo recuperamos como por arte de magia en un estante cualquiera de la nueva casa años después. Aceptar perder es también la metáfora de una vida, carrera continua de pérdidas, una tras otra, y desde la cuna.

Cuando pienso en los esfuerzos gigantescos que hay que hacer para escribir un libro, incluida la dosis de desesperación de la página en blanco, las horas puntuando un párrafo, (¡un simple párrafo!), el libre vagar de la imaginación cuando se evoca un episodio ya olvidado o un sueño por realizar aún, cuando pienso en todo ese trabajo invisible y desconcertante de meses, de años, entiendo a Borges cuando dice que deja la gloria de sus libros escritos a los otros, y que él se queda con la gloria de los libros que había leído. Ser lector eterno otorga un placer tan creciente a medida que pasan los años que justifica la existencia de escritores sin libro o de escritores de un solo libro, de esos que dijeron cual Bartleby, el personaje del relato de Melville, “preferiría no hacerlo”. Vila-Matas colocó este exordio en su genial Bartleby y compañía: «La gloria o el mérito de ciertos hombres consiste en escribir bien; el de otros consiste en no escribir».

Desconozco qué lleva a algunos escritores a no escribir nunca un libro, cuando oponerse a escribir cuesta más que rendirse a los demonios de la escritura.

Por mi parte, después de haber escrito durante trece años Mejor no comprender, entiendo por qué he elegido el exordio que he elegido para ese libro, y no otro. Pero ese velo espero levantarlo esta tarde ante los lectores de esta columna que acudan a Casa Junco a su presentación.




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Juventud, lo cercano y lo lejano


Cuando escribía un texto para el Seminario que iba a impartir en Toro (Zamora) en un marco de gentes jóvenes, de psicólogos jóvenes, de especialistas que trataban con jóvenes, y cuando pensaba el “Sturm und Drange” de Goethe, apareció una película italiana, "La giovinezza", de Paolo Sorrentino, que pasaba por ser de las mejores de los últimos tiempos, premiada en Cannes, etc. 




Y de pronto me encontré con diálogos ciertamente sugerentes sobre la juventud, de unos actores ya consagrados como Michael Caine y Harvey Keitel. Y este último ejemplifica mediante un telescopio lo diferente de la mirada en la juventud y en la vejez. Venía a decir que lo cercano era el futuro para los jóvenes que miraban con normalidad ese telescopio, pero para la vejez, si se miraba el paisaje dando la vuelta al telescopio, el pasado se ve siempre como algo lejano.

A Fernando Pessoa le gustaba la cita del Emperador: “Omnia fui, nihil expedit”, lo fui todo, nada vale la pena. Ocurre que cuando alguien se encuentra pensando más en el pasado que en el futuro, es porque su deseo ya está congelado.

En la vida de la ciudad, obtenemos que quienes buscan crear, inventar, quienes desean innovar, quienes se reúnen para imaginar nuevos caminos, para construir la realidad inmediata de las sociedades, está de lleno en posición de sujeto deseante, y por ende, su vida transcurre junto al latir de los jóvenes. Mientras que quien refunfuña, se reniega, despotrica, anhela el tiempo que no va a volver y busca lo nostálgico, sabemos que se encuentra en una posición inamovible, y lo menos que hay que demandar es que se aparte y no amargue las ganas de ingenio de los más despiertos. Que siga durmiendo y evocando “sus tiempos”.

Amar la repetición, la continuidad, la conmemoración similar año tras año, temer lo nuevo, es un lastre que incluso se lleva por delante la necesaria conservación de las tradiciones. Ya Canetti decía que el miedo inventa nombres para distraerse.

Todo ese atasque en la mirada hacia el pasado no significa que no se deba encontrar en el pasado las claves para caminar hacia delante, ni mucho menos. Estoy tanto con Winston Churchill: “cuanto más atrás puedas mirar, más adelante verás”, como con Kierkegaard, “la vida hay que vivirla hacia delante, pero sólo se puede comprender hacia atrás”.

Aunque mucho más con Shakespeare cuando afirma categórico que "estamos hechos de la misma materia que los sueños".

 



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Cleptómano

«Ladrón no es aquel que ha tomado algo que necesita, sino aquel que retiene, sin darlo a los demás, lo que para él no es necesario y para los otros es indispensable». Esta reflexión que formula Tolstói en sus "Diarios" tiene muchas aristas. Es discutible que tomar lo que se necesita, sin pedirlo previamente, sea algo asumible salvo en situaciones que “claman al cielo”. Sin embargo, la segunda parte, retener lo que no se necesita, acumular más de lo indispensable, presenta un perfume más certero.


Esa distinción de Tolstói entre lo que es o no necesario nos abre a la figura del cleptómano. Pues su robo no se dirige a cubrir una necesidad, bien sabemos que se trata de otra cosa, es otra satisfacción la que el cleptómano obtiene en su acto. Sustraer el objeto que otro tiene, va en línea directa a la pregunta por quién es exactamente ese otro, qué rasgo se ha visto en él que lo hace apetecible, de suerte que birlarle algo no es sino el intento, erróneo, de ser un poco como él. Apropiarse de un objeto que perteneció a un antepasado puede leerse, siguiendo ese argumento interpretativo, como un modo de fijar una identidad, asumir un rasgo identificatorio. Apropiarse de un objeto de un hermano puede querer decir ser como él, igual que el fetichismo de apropiarse de un objeto que fue propiedad de un famoso, de un héroe o de un ídolo.

El cleptómano, cuyos objetos a la postre no le sirven materialmente ni tienen valor alguno, puede mostrar así esa faz de completar una imagen ideal de sí mismo. Al ser tarea imposible, invita a probar de nuevo y entonces la repetición del acto de robar se convierte en algo compulsivo. Se inaugura así el paso al cleptómano, constituyéndose en la meta para obtener esa íntima satisfacción.

Sartre coloca este exordio en su grandioso "San Genet, comediante y mártir": “¡Bandido, ladrón, granuja, bribón! Es la jauría de las personas decentes la que persigue al niño”, para en las primeras líneas afirmar que «en sus primeros años se representó un drama litúrgico del que él era el oficiante: conoció el paraíso y lo perdió, era niño y lo expulsaron de su infancia». Quiero eso decir que es más lúcido rastrear en los primeros pasos de un cleptómano, en su infancia y vicisitudes, si se deja, que enredar con sus niveles de serotonina.

 



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Para qué sirve un amigo

Buscando utilidad a todo, también parece querer justificarse que es bueno en la vida tener amigos, pues pueden servirte en alguna ocasión. Incluso, desde la infancia, los adultos pretenden influir en los niños aconsejándoles que seleccionen a los amigos en función de su utilidad futura.



Sin embargo, resulta que los niños se hacen amigos por afinidades misteriosas que pasan por buscar complicidad, protección, divertimento. Además está el enamoramiento infantil, muy peculiar siempre.

La utilidad de lo inútil, a lo Ordine, nos hace ver que un amigo de útil puede tener muy poco. No sólo puede meternos en embrollos serios, sino que durante un tiempo puede ser una auténtica carga. Siendo eso cierto, no obstante, bastará un ejercicio de amabilidad en que responda raudo a nuestra llamada, para saber que ese amigo acude cuando más se lo necesita.

Ese jeroglífico de la amistad a veces tiene un misterio oculto imposible de desentrañar, razón por la que tantas veces nos hemos preguntado qué razones verdaderas unen a personas mediante ese pegamento que es la amistad. Y tantas veces nos hemos respondido que si existen los amigos ha de ser porque nos sirven de algún modo, y no del modo mercantilista en que se nos publicita en este tiempo, sino por situar a la amistad en esa misma serie de las cosas que no sirven para nada, de cosas inútiles que poseen una soberbia utilidad, serie en la que se encuentran la poesía, la literatura, el psicoanálisis, el susto del amor, las humanidades, el secreto, y el infinito viajar. También toda vida intelectual y espiritual que conduzca a utilidades insospechadas, y que huya de todo lo que mate la curiosidad.

Solamente podríamos aceptar sin titubeos que de verdad existen los amigos, si se viviera la experiencia de una vida sin amigos. Pero quién osaría a atreverse a vivir una vida así. Walter Benjamín decía que al callejear podemos encontrarnos con dos tipos de hombres, con los que se sienten mirados por todo y por todos, y por ello, sospechosos, y también con los ilocalizables, con el hombre escondido.

Como en nuestra vida alternamos soledad y compañía, secreto y conversación, refugio y teatro social, quizá el servicio que nos prestan los amigos sea el de sacarnos de nuestros escondrijos. De nuestras soledades, secretos y refugios. Quizá también sirvan para que seamos como los adolescentes: solitarios reunidos.




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Nuestro primer anti-héroe

«Don Quijote es, sin duda, nuestro primer anti-héroe, con el que no hemos dejado de identificarnos hasta el día de hoy, porque se nos parece y al mismo tiempo logra que nos distanciemos de nosotros mismos», palabras del Nobel J. M. G. Le Clézio, que tocan la fibra sensible del diálogo imperturbable de toda la humanidad con el personaje cervantino.


Miguel de Cervantes muere ahora hace 400 años, abril de 1616, y aún nos interroga, pues sigue siendo una verdad el que recogió aspectos claves de nuestra idiosincrasia, «la originalidad española que alimentó a Cervantes radica en la capacidad de reírse de uno mismo, unida a un amor propio considerable» (Le Clézio).

Y es verdad, entonces, que como dice el albanés Ismail Kadare, «la vida en verdad proporciona infinidad de personajes a la literatura, pero también la literatura, por su parte, se los entrega a la vida», y es el hecho de que Don Quijote nos pertenece a toda la humanidad, ya que cada uno de nosotros puede mantener con él un diálogo interior. En la lengua inglesa, por ejemplo, "quixotic", se refiere a quien «se esfuerza con noble entusiasmo por ideales visionarios» (Margaret Atwood).

Estoy con Harold Bloom en que tanto Shakespeare como Cervantes han de leerse entre líneas, especialmente si estamos de acuerdo en que con el inglés aprendimos a hablarnos a nosotros mismos (como aprendimos a escucharnos con Freud) mientras que con Cervantes tomamos lecciones acerca de cómo hablarnos unos con otros, (aún más si aprendimos con Lacan que todos monologamos). Bloom sostiene que la novela fue inventada por Cervantes, esperó hasta entonces, y desde luego debemos a las novelas y a sus personajes que hayan podido mostrarnos espejos donde mirarnos.
Por otro lado, un anti-héroe tiene de heroico su enfermar de sentido, y así Claudio Magris llegó a escribir que Don Quijote es «'par excellence' el héroe de la Modernidad», pero porque opina que sale al mundo para buscar un sentido, y como no lo tiene, une utopía y desencanto, puesto que «es esta capacidad de creer y de no creer, de unir indisolublemente entusiasmo y desilusión, lo que en realidad nos capacita para vivir».

Qué sería de nosotros si no estuviéramos hechos tanto de héroes que sueñan con la hazaña imposible, propia o de nuestros hijos y amigos, como de anti-héroes, capaces de burlarnos, de desencantarnos, de mantener una distancia sana con los ideales, de vivir pese a nuestras continuas derrotas, de practicar la sorna que nos permite aceptar nuestro diario fracaso.




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Gente peleona

A 100 amigos del Ateneo de Palencia y peleones

Descubrí esta expresión en el transcurso de la gala de Diario Palentino con motivo de la celebración de sus 135 años. Gente peleona. La pronunció su editor, Miguel Méndez Pozo, y era referida a los palentinos, como definición. Desde entonces no he dejado de darle vueltas a la idea, pues en realidad, nadie pelea si no le provocan. Creo que además el matiz que la enunciación del editor lanzaba era el de gente que da guerra, que no se conforma, que no se rinde.


Es un acierto leernos así. Enfrascado en estas semanas en hablar con gentes palentinas con las que me voy a embarcar en una aventura romántica, me he percatado aún más de las ganas de pelea que tienen algunos, del brío, de la rabia interior que manifiestan, del orgullo que sienten cuando cuentan por video sus títulos, sus logros, sus insignias, y lo que dejan entrever que han tenido que pelear, y duro, para abrirse camino como palentinos. Pareciera que por el hecho de ser de una pequeña ciudad, de un pequeño pueblo de una pequeña e insignificante provincia hubieran de empezar pidiendo perdón. El palentino, como dice en un video el arquitecto Álvaro Gutiérrez Baños, ha de aclarar de partida que vive en un sitio que empieza por ‘p’, para que no crean que vive en un sitio que empieza por ‘v’.

No somos perfectos. Somos peleones. Afortunadamente, porque ya decía Flaubert que «la pasión por lo perfecto nos hace aborrecer incluso aquello que se le aproxima».

El peleón palentino de todos los siglos ha sido un tipo muy correoso, como esos carrileros del futbol, como esos escritores fracasados que lo vuelven a intentar con la siguiente novela, y que tras un reiterado no de un editor, se levantan de nuevo y lo intentan. Los románticos amamos el fracaso porque nos permite crecernos en la pelea, y porque sabemos la cara que se les queda a los que triunfan, las ganas que dan de vomitar cuando alardean de sus éxitos.

Los que hemos nacido en una ciudad pequeña castellana, en un pueblo pequeño de Castilla, sabemos de sobra que estamos condenados al fracaso más absoluto, porque luchamos contra una despoblación lenta y cruel que asola nuestro paisaje, y que no tiene medicina ni cura. Es nuestro incurable colectivo. Pero ni aún sabiéndolo, ni aún viéndolo, ni aún padeciéndolo en nuestras carnes, dejamos de pelear. No pasarán.




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Juan Caballero

El palentino Juan Caballero Villullas es un actor. De teatro, televisión y cine. Lo último en teatro, “Lavar, marcar y enterrar”, estos días en el madrileño teatro Lara. Lo último de TV, “La Sonata del silencio” (2015). Lo último de cine, el cortometraje “Velatorio (Barroco)”, de Aitor de Miguel, (2016).


Y aún más conocido por su participación en spots publicitarios televisivos, especialmente el último de Movistar. Bien. El asunto no es su curriculum, que crecerá, ni sus éxitos, que ya están ahí, y que en la vida de un actor van y vienen, como en cualquier otra faceta profesional. El asunto no es por ser palentino, puesto que esta tierra tiene un puñado de buenos actores repartidos por la escena, en la diáspora palentina y también en nuestra ciudad. Si traigo a esta columna a Juan es porque habiéndolo conocido desde su adolescencia, representa para mí un paradigma, uno más, del deseo de ser actor.

Me he preguntado muchas veces qué hace al deseo de ser actor, de qué naturaleza está hecho ese deseo. Dicho de otro modo, por qué razón alguien iba a querer dedicar una vida, a tiempo completo, a representar un personaje diferente al propio. Más si se tiene en cuenta que no es posible participar en el teatro social de cada día sin representar el personaje social que hemos ido aprendiendo a representar con mayor o menor éxito, el semblante debido, mentiroso, pero necesario para la política del lazo social. Si ya es costoso levantarse cada día, ponernos los ropajes correctos y salir a fingir a la calle respetando a su vez el semblante del de enfrente, aceptando sus mentiras a sabiendas que son parecidas a las nuestras, cuanto más difícil ha de ser dedicar unas horas al día a aprenderse un papel y meterse en la piel de ese personaje con realismo profundo, sea Hamlet, o el personaje de ruso que vi representar a Juan Caballero la otra noche en el Lara. Y aún más prepararse con disciplina para adecuar el cuerpo a las exigencias del trabajo de actor, incluyendo la mirada, la voz y el gesto, y subir a un escenario incluso cuando se tiene un día malo.

Y muchas veces me he respondido, que el oficio de actor sólo está al alcance de unos pocos. De unos pocos que desean, (incógnito y enigmático deseo) transportarnos por unos fugaces minutos a las tragedias y comedias del vivir humano. Entre esos pocos, Juan Caballero, palentino en la diáspora.




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El pasado no es lo que era

Algunos argumentan mucho estos días en las Redes, eso de que el pasado es el pasado, y de que todos tenemos pasado, y de que no importa el pasado de nadie, descalificando de paso a quien rebusca en el pasado de alguien las claves para entenderlo mejor en el presente.



Si esta tesis triunfara, ganarían mucho quienes desde el positivismo y el conductismo, huyen de interesarse por el pasado, centrándose en los comportamientos e ideas presentes, sin importar la historia subjetiva por escuchar. Lleva mucho tiempo, dicen, y ellos no disponen de tiempo. Pero si esa tesis, ¡nada de remover el pasado!, triunfara, también ganarían mucho los impostores, es decir, quienes se fabrican constantemente nuevas biografías, nuevas coartadas para ser siempre el desconocido de la siguiente ciudad. Tal cual ese aserto de Baltasar Gracián, “cada día tiene su afán”, frase de frontispicio para un banquero, Botín, para justificar razones de negocio, claro.

Hace un tiempo me envió un amigo, escritor y columnista avezado, su último libro, Hacia dónde va
el pasado. Manuel Cruz hacía referencia a que el pasado no es estático, no existe eso de “el pasado es el pasado”, sino que es cambiante en función de nuevas informaciones. Es lo mismo que acontece a lo largo de un psicoanálisis, cuando se van modificando los recuerdos a medida que se van desempolvando de nuestros archivos secretos.

Pues bien, claro que importa el pasado. Máxime si nos disponemos a confiar en alguien para cualquier empresa o proyecto. ¿El lector se embarcaría en algo con Luis Roldán o con Urdangarín?¿Se montaría en un avión pilotado con alguien idéntico al piloto de Germanwings? ¿Confiaría sus ahorros al estafador Pepe el del Popular? ¿Irían mañana otra vez a contratar una ristra de preferentes? ¿Confiarían en alguien que dice llamarse de una manera, aunque en realidad se llama de otra? El proverbio ya advierte de que "el mentiroso ha de tener buena memoria", y Borges: "Sólo una cosa no hay, el olvido".

Ocurre que solemos dar un margen de confianza cuando conocemos a alguien. ¡Un margen! Los más confiados, como es mi caso, una ración amplia, pero porque entendemos que no se puede construir un vínculo con desconfianza, y porque detestamos al desconfiado: calcula en beneficio propio siempre. El listo desconfiado, ventajista donde los haya, acaba riéndose del pobre confiado, pero, ¿acaso nunca confió en nadie? El problema es que, en quien no confía, es en sí mismo.

En una palabra, que desentenderse del propio pasado es sospechoso. Y hoy, absurdo.
Es cuestión de tiempo.

Y de Google.





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Elogio de la crítica y los críticos

¡Qué mala prensa tiene la crítica! ¡Y que mal nos caen los críticos! Amordazados de mil modos, sea la crítica personal que alguien nos hace, sea la crítica política, sea la crítica literaria, profesional o técnica, siempre encontramos justificación para atacar al crítico. 


Especie en extinción la de las personas críticas ante el perfume de mediocridad que nos atufa.
Desde que Goethe, en un poema del año 1774, dijera eso de: “¡Matad a ese perro!, ¿no veis que es reseñista?”, o Nietzsche: “Los críticos quieren nuestra sangre, no nuestro dolor”, no ceja el odio a la figura del crítico, especialmente, como indicara Virginia Wolf, si la crítica no es buena para la reputación y el bolsillo.

Con todo, lo peor nos viene del propio Goethe, quien en "A vueltas con el Conde de Carmagnola", hace esa horrenda división, que la mayoría repite sin saber de dónde viene, entre crítica constructiva y crítica destructiva, un ardid más para descalificar a la crítica. La crítica no tiene apellidos, sino la firma de quien la hace, y además “sólo quien sepa destruir podrá criticar” (Walter Benjamin).

¡Lo que sufren las personas críticas! y así, “cuanto mayor es su independencia, más intenso y feroz es el resentimiento que se le profesa” (Marcel Reich-Ranicki).

Recuerdo la excelente impresión que me causó Ignacio Echevarría cuando le presenté en Madrid en un foro lacaniano sobre “servidumbres voluntarias”. Conocía su historia, había escrito una reseña de un libro de Bernardo Atxaga en EL PAÍS. En el suplemento “Babelia” no tardaron en hacerle la vida imposible, y hubo de dejar de escribir en ese periódico. Hoy sigue siendo uno de los mejores críticos, es decir, de los que te puedes fiar al leer sus críticas, pues sabes que obedece a su propio criterio, su gusto, su saber, su opinión. Como expresara un crítico: “No estamos aquí para redactar "billets doux" o cartas de amor, sino para decir la verdad o lo que a nosotros nos 'parece' que es verdad”. Ese es el borde de toda crítica, que quien la hace tiene sus limitaciones. También. T. S. Eliot escribiendo acerca de la función de la crítica advierte que en su mayoría busca da barniz y preparar…”sedantes agradables”. Pues bien, otro tanto puede decirse de quienes se dedican a asesorar (o entrenar) a personas: alaban y elogian tanto, hacen tanto la rosca, que elevando el ego y la estúpida autoestima, creen ayudar. O recetan tranquilizantes, sin exigir explicaciones acerca de la causa, motivos y responsabilidad subjetiva de esa intranquilidad. De tanto no criticar, conducen a la "dictadura enjoy".

A la muerte del pensamiento crítico.


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La responsabilidad del loco

El 7 de Mayo de 2014 muere la Psicóloga Violeta Guarido en el Centro San Juan de Dios de Palencia por las heridas que le causa una de las enfermas, lo que motiva la reflexión de Aduriz en su columna de Diario Palentino, que ahora tenemos la suerte de compartir aquí.


Violeta, joven psicóloga a quien conocí porque había participado varios años en los CURSUS que el Seminario del Campo Freudiano y la Universidad de Valladolid impartimos en Casa Junco los últimos años, no pudo recoger su Diploma. No se lo pude entregar. Pero su interés por el psicoanálisis y por seguir aprendiendo para ayudar a los que sufren lo recordaremos siempre.
Fernando Martín Aduriz
Psicoanalista. Coordinador del SCF en Castilla y León.
Mayo de 2014

Escribo estas rápidas líneas conmocionado por la triste noticia del fallecimiento de nuestra colega Violeta Guarido. Joven psicóloga, de 29 años, había asistido a los CURSUS que el SCF de Castilla y León organizamos conjuntamente con la Universidad de Valladolid en Casa Junco (Palencia), y el último “Psicopatología de la vida cotidiana” había sido clausurado el mes pasado. Violeta no había podido acudir y tenía en mi consulta su Diploma para entregárselo estos días, pero ahora ya no será posible.

En nuestra profesión a veces ocurren cosas así, un paciente más próximo a la certeza que a la duda ha segado la vida de un clínico, cuyo horizonte es la ayuda, la compañía, la tarea de secretario del alienado, por usar una expresión de Lacan. Esa función de escriba, de testigo de sus dichos, de soporte a sus inseguridades, de guía en sus devaneos, de testigo de sus juegos psicóticos la efectuamos sin más brújula que nuestro acervo teórico y nuestra mejor actitud, variable con cada sujeto. Y portando nuestro cuerpo.
Desconozco aún toda la intrahistoria del luctuoso suceso, pero al saber que la paciente permanece en estos momentos detenida en Comisaría me indica lo importante de atribuir la responsabilidad al loco en tanto sujeto responsable de sus actos.

Nazcan de donde nazcan, los motivos del crimen paranoico no eluden el punto de responsabilidad subjetiva, sino que al contrario tienen un sujeto que puede responder. Que debe responder.
Ernst Wagner se encolerizó con su psiquiatra, Robert Gaupp, tras dictaminar en 1913, que era irresponsable de los múltiples asesinatos cometidos por el loco maestro de escuela alemán, quien se negó en redondo a ser considerado enfermo mental y a permitir hacer responsable a su locura de sus actos criminales. Manifestó: “Yo declaro que asumo por entero la responsabilidad prevista en el Código penal y que me siento plenamente responsable”[1].

Borrar toda huella de subjetividad en los locos, -como solemos hacer alegremente cuando no les damos la palabra- únicamente puede llevarnos a la deshumanización. Y Pinel ya abrió la historia en su día para que todos nosotros, psicólogos como Violeta Guarido, pudiéramos conversar con quienes se plantan en el campo de las certezas delirantes –“el otro me quiere perjudicar”- y no se avienen con facilidad a dudar.

___________

[1] Ver Álvarez, J. Mª, “Sobre el caso Wagner”, en El Caso Wagner, Asoc. Esp. de Neuropsiquiatría, Madrid, 1998.




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Amigos amables

El litoral que une a la amistad y al amor se vislumbra como una delgada línea roja, como un viaje, imposible sin cruzar todo tipo de fronteras, geográficas y psicológicas, como mostró Claudio Magris en "El infinito viajar". 


Unos compañeros, unos conocidos, unos colegas, unos vecinos, unas amistades, parecen constituir una serie en la que aún no adjudicamos a ninguno de ellos el título de amigo. Y no es cuestión de tiempo, puesto que a veces pasamos más tiempo con colegas, vecinos y amistades, que con nuestros amigos, a quienes tardamos en ver.

Desconozco si de un amigo esperamos tan sólo que nos aplauda, y salimos corriendo cuando nos canta las cuarenta, o nos avergüenza. De lo que estoy seguro es de que necesitamos tener amigos, o mejor expresado, necesitamos "ser" amigos de alguien.

También creo que exageramos mucho al exigir altas cualidades a quien consideramos amigo, como si precisáramos idolatrar a los amigos, y ya no otorgamos tal título al "tun-tun", cansados de haberlo hecho tanto tiempo desde nuestra niñez, pues conocido es el deseo de todo adolescente de imaginar que tiene muchos amigos. Seguramente sea verdad que un adolescente considere como amigos a demasiados, como hace el joven que se inicia en la vida de adulto responsable, hasta que poco a poco va descubriendo la verdad, y entonces se va decepcionando, y suelta eso de “pensaba que tenía amigos”.

Creemos tener amigos cuando son simples compañeros de viaje, deslumbrados por algo que dijimos, y que suelen abandonarnos en silencio cuando confirman a Caetano Veloso: «De cerca nadie es normal».

Pienso que necesitamos amar a nuestros amigos, tanto como dejarnos amar, aunque ese amor sea temporal, como cualquier otro amor, y además apasionado, posesivo, celoso, excluyente, en fin, con todas las servidumbres del amor, incluido el susto del amor, del que habló García Márquez. Son los amigos amables quienes mejor encuentran acomodo en el aforismo de Pessoa: «No el amor, sino los alrededores del amor, es lo que vale la pena». Son esos alrededores los que nos proporcionan el placer de la amistad, un amor que no tiene por qué desmerecer de otros en la vida. Además, la entrega a los amigos nos llevaría a hacer cualquier cosa por ellos, hasta la heroicidad.

Si amar es dar lo que no se tiene, si amar es soñar con que encontramos a alguien que tiene lo que nos falta, si amamos a quien es capaz de nombrar nuestro auténtico ser, amar a nuestros amigos amables va de suyo.

Los soñamos gigantes, aunque en el fondo sabemos que están tan perdidos como nosotros.-




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La novela de Peridis

Tras "Esperando al rey" llega ahora para nuestro deleite "La maldición de la reina Leonor", santo y seña de un estilo de escritura muy singular del escritor José María Pérez, 'Peridis'. 




Con esta su segunda novela histórica consigue deleitarnos y hacernos soñar con la serie de novelas de Peridis.
El humor, (de retranca de caricaturista), el amor (imposible, que da así una chance al deseo), el poder, (seco, sin erótica ni retórica), la locura, (y sus diques), y la piedra, sobre todo la piedra, (como metáfora de los sueños), navegan también en esta nueva novela histórica, y que habla mucho de la provincia de Palencia, de su pasado.

Piedras hermosas como las del Monasterio de San Andrés de Arroyo, que han esperado siglos para entrar en una novela del siglo XXI. Hay un momento en la novela en que la reina Leonor le dice al arquitecto Ricardo: «Vos no sois un maestro arquitecto, fabricáis ensueños con piedra». Creo que ahí se aloja el sentimiento que recorre al viajero cuando se topa con la piedra hermosa de un puente romano, de una catedral, de un claustro románico, de una espadaña. Que la mirada recorre los siglos. Y esa es la virtud de la novela de Peridis, un viaje a nuestra historia, pero con los sueños por bandera.
De hecho, John Elliott, el prestigioso historiador de Oxford y de Cambridge ha escrito:

«Lo que Peridis demuestra es que hay veces en que la novela histórica consigue captar la realidad mejor que las obras de los historiadores profesionales atados por sus documentos». 

Para a continuación añadir: «Gracias por enseñar deleitando». ¡Qué razón tiene Elliott! El hispanista británico y autor de "Haciendo Historia" (2012) dejó escrito en ese libro que trataba de transmitir «la clase de recompensas que ofrece el estudio del pasado y transmitir algo de los gozos que puede producir escribir historia».

Dejo una muestra de esta última novela de Peridis: «Esas pirámides de aire que festonean los ventanales son jaulas de sombra donde anidan los sueños de las vidrieras cuando amanece. El diente de sierra que circunda la portada de la sala es el espejo de las horas del día desde sus comienzos hasta el declinar del sol».

Esta tarde presentamos "La maldición de la reina Leonor" en Palencia, en el Teatro Principal. Cita para el vecino ilustrado. Hablaré de esto. Y parodiando a Elliott, de los gozos que produce leer historia bien novelada.

 



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El desconocido de sí mismo


Cuán exacto que nuestro nombre, nuestro apellido, porta enigmáticamente un trozo de la verdad 
de nuestro destino. 



Es un misterio de qué modo esa marca encarnada, nuestra nominación, anuncia nuestro modo de goce, nuestro guión-resumen, las huellas que el tsunami de la letra dejará en nuestro cuerpo y en nuestro modo de ser. En Fernando Pessoa, hoy estatua en "A Brasileira" lisboeta, está el “pessoa”, (persona en portugués, personaje en griego), y su escritura la veo como un intento de sostén y construcción de su persona, a través de sus personajes, y sobre todo de sus heterónimos.

Sus heterónimos son máscaras. Ocurre que son radicalmente distintas a él mismo, al contrario, por ejemplo, que Juan de Mairena y Machado que son él mismo, como ya dictó Octavio Paz en 1965 en su famoso artículo sobre Pessoa, “El desconocido de sí mismo”. Libro a libro me he topado con "el enigma Pessoa", con los Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro Campos, tan desconocidos para el propio Pessoa, como diferentes entre sí, títeres y portavoces de las muchas ‘pessoa’ que habitaban al genial portugués, de hecho no es casual que "La vida plural de Fernando Pessoa" sea el título de una de sus mejores biografías.

Este proliferar de muchas personas en una persona, es la norma de lo que nos acontece, y no la excepción. Pessoa dirá «vivir es ser otro»; Rimbaud: «yo es otro»; Freud, hallará en los sueños, la vía regia para llegar a ese sujeto que habita en nosotros, y que no es nuestro “yo”, sino nuestro “otro”. Esa es la norma: nuestra división subjetiva, el desconocido que habita en nosotros, y que frecuentemente, si no lo tratamos bien, si no lo leemos, nos traiciona: ¡nos traicionó el inconsciente!, se dice en la calle. Odiarnos conduce a lo peor. Lo suyo es amar al desconocido que somos, siendo la escritura un intento más de dejar hablar a ese sujeto del inconsciente.

«No sé quién soy, qué alma tengo. Cuando hablo con sinceridad, no sé, con sinceridad, de qué hablo. Soy distintamente otro diferente de ese yo que no sé si existe», dirá Fernando Pessoa en 1914, en sus "Diarios", para añadir: «Me siento múltiple».

Me cae muy simpático Pessoa porque exclamó algo esencial: «siempre rechacé que me comprendieran», sabiendo lo difícil que es toparse con alguien que no exija ser comprendido, a la vez que no hace nada por dejar de ser el gran desconocido de sí mismo.




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Elogio de la mentira

Qué sería de nosotros si no pudiéramos mentir, tal y como les sucede a los locos, a los niños 'infans', y a otros sujetos muy especiales, quienes no aprendieron la necesidad social de la mentira y sus subrogados (trampantojos, huellas falsas, simulación mendaz, silencios cómplices, fingir que se finge). 


La verdad causa muchos destrozos a los enamorados de la verdad, incapaces de comprender que se puede morir en sus brazos, ahogados en miel. Cuando surge ese stendhaliano "coup de foudre" con la verdad, se inaugura aislamiento social. Por eso, con sujetos excesivamente enfermos de la verdad, mejor persuadirlos de que reserven para sus adentros la verdad, que ensayen "bien decir", y que se piensen el cómo, cuándo, a quién, para qué, y por qué mentir con elegancia, y no a lo burdo.

Mentira piadosa, verdad mentirosa, simulación mendaz, lo cierto es que la mentira merece un elogio. Sigo en esto a mi querido "Elogio de la mentira" (2006), de Ignacio Mendiola, con quien estoy de acuerdo en que junto a la condena más firme de la mentira como arma para usar ventaja y perjudicar al de al lado, se alza la paradoja de que «es lícito admitir que sin la mentira la vida misma se tornaría inhóspita».

Presentaré este viernes una conferencia que imparte Fernando Colina: “La mentira y el autoengaño”. Pues bien, el psiquiatra y escritor, en su ejemplar "Sobre la locura", (2013), define la mentira como “instrumento imprescindible”, a efectos de la locura, para sentenciar que «llamamos psicótico a quien no puede mentir, a quien no logra establecer una diferencia clara entre el pensamiento íntimo y su discurso articulado».

Muchas han sido las maneras de elogiar a la mentira. Ibsen, el dramaturgo, hace decir a dos personajes de "El pato salvaje", (1885), que hay que mantener en los enfermos la «mentira salvadora»; Michel Foucault trata en su libro "El pensamiento del afuera", (1966), la paradoja del cretense Epiménides: “Todos los cretenses son mentirosos”, en un interesante capítulo que titula “Miento, Hablo”; Simmel: no hay vínculo social sin mentira.

Sin embargo, Kant se enfadó mucho, y escribió "Sobre un supuesto derecho a mentir por filantropía" (1797), para declarar que «quien miente, por más bondadosa que puede ser su intención, debe responder por las consecuencias de su acción», mientras, Montaigne, refiriéndose a la formación de los hijos: «hay que enseñarle sobre todo a rendirse y a ceder las armas a la verdad en cuanto la perciba».

Estoy con Wittgenstein, la mentira es un juego del lenguaje. Hay que saber jugar.





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