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Escribir un libro


No sé bien lo que se gana escribiendo un libro. Sé sin embargo que se busca otro pedazo más de amor, otro signo de amor de alguien a quien llamamos lector. Pero ahora sé lo que se pierde.



Es lo que le preguntó a Claudio Magris un estudiante chino, ¿qué se pierde al escribir? Al escritor de Trieste le pareció pregunta kafkiana, pero a mí me parece pregunta poco laberíntica. Ya sé que siempre que decidimos algo, perdemos, pues justamente es eso lo que hace tan magnífico el caso del indeciso/a, quien no acepta perder. Pero la decisión insondable de escribir un libro, de seleccionar las letras, los giros lingüísticos, los títulos, el orden de la narrativa, los libros que se citan, los espacios en blanco, todo ese trabajo de decisión continua requiere aceptar perder, como esas mudanzas en las que perdemos para siempre algún objeto, o lo recuperamos como por arte de magia en un estante cualquiera de la nueva casa años después. Aceptar perder es también la metáfora de una vida, carrera continua de pérdidas, una tras otra, y desde la cuna.

Cuando pienso en los esfuerzos gigantescos que hay que hacer para escribir un libro, incluida la dosis de desesperación de la página en blanco, las horas puntuando un párrafo, (¡un simple párrafo!), el libre vagar de la imaginación cuando se evoca un episodio ya olvidado o un sueño por realizar aún, cuando pienso en todo ese trabajo invisible y desconcertante de meses, de años, entiendo a Borges cuando dice que deja la gloria de sus libros escritos a los otros, y que él se queda con la gloria de los libros que había leído. Ser lector eterno otorga un placer tan creciente a medida que pasan los años que justifica la existencia de escritores sin libro o de escritores de un solo libro, de esos que dijeron cual Bartleby, el personaje del relato de Melville, “preferiría no hacerlo”. Vila-Matas colocó este exordio en su genial Bartleby y compañía: «La gloria o el mérito de ciertos hombres consiste en escribir bien; el de otros consiste en no escribir».

Desconozco qué lleva a algunos escritores a no escribir nunca un libro, cuando oponerse a escribir cuesta más que rendirse a los demonios de la escritura.

Por mi parte, después de haber escrito durante trece años Mejor no comprender, entiendo por qué he elegido el exordio que he elegido para ese libro, y no otro. Pero ese velo espero levantarlo esta tarde ante los lectores de esta columna que acudan a Casa Junco a su presentación.




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Juventud, lo cercano y lo lejano


Cuando escribía un texto para el Seminario que iba a impartir en Toro (Zamora) en un marco de gentes jóvenes, de psicólogos jóvenes, de especialistas que trataban con jóvenes, y cuando pensaba el “Sturm und Drange” de Goethe, apareció una película italiana, "La giovinezza", de Paolo Sorrentino, que pasaba por ser de las mejores de los últimos tiempos, premiada en Cannes, etc. 




Y de pronto me encontré con diálogos ciertamente sugerentes sobre la juventud, de unos actores ya consagrados como Michael Caine y Harvey Keitel. Y este último ejemplifica mediante un telescopio lo diferente de la mirada en la juventud y en la vejez. Venía a decir que lo cercano era el futuro para los jóvenes que miraban con normalidad ese telescopio, pero para la vejez, si se miraba el paisaje dando la vuelta al telescopio, el pasado se ve siempre como algo lejano.

A Fernando Pessoa le gustaba la cita del Emperador: “Omnia fui, nihil expedit”, lo fui todo, nada vale la pena. Ocurre que cuando alguien se encuentra pensando más en el pasado que en el futuro, es porque su deseo ya está congelado.

En la vida de la ciudad, obtenemos que quienes buscan crear, inventar, quienes desean innovar, quienes se reúnen para imaginar nuevos caminos, para construir la realidad inmediata de las sociedades, está de lleno en posición de sujeto deseante, y por ende, su vida transcurre junto al latir de los jóvenes. Mientras que quien refunfuña, se reniega, despotrica, anhela el tiempo que no va a volver y busca lo nostálgico, sabemos que se encuentra en una posición inamovible, y lo menos que hay que demandar es que se aparte y no amargue las ganas de ingenio de los más despiertos. Que siga durmiendo y evocando “sus tiempos”.

Amar la repetición, la continuidad, la conmemoración similar año tras año, temer lo nuevo, es un lastre que incluso se lleva por delante la necesaria conservación de las tradiciones. Ya Canetti decía que el miedo inventa nombres para distraerse.

Todo ese atasque en la mirada hacia el pasado no significa que no se deba encontrar en el pasado las claves para caminar hacia delante, ni mucho menos. Estoy tanto con Winston Churchill: “cuanto más atrás puedas mirar, más adelante verás”, como con Kierkegaard, “la vida hay que vivirla hacia delante, pero sólo se puede comprender hacia atrás”.

Aunque mucho más con Shakespeare cuando afirma categórico que "estamos hechos de la misma materia que los sueños".

 



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Cleptómano

«Ladrón no es aquel que ha tomado algo que necesita, sino aquel que retiene, sin darlo a los demás, lo que para él no es necesario y para los otros es indispensable». Esta reflexión que formula Tolstói en sus "Diarios" tiene muchas aristas. Es discutible que tomar lo que se necesita, sin pedirlo previamente, sea algo asumible salvo en situaciones que “claman al cielo”. Sin embargo, la segunda parte, retener lo que no se necesita, acumular más de lo indispensable, presenta un perfume más certero.


Esa distinción de Tolstói entre lo que es o no necesario nos abre a la figura del cleptómano. Pues su robo no se dirige a cubrir una necesidad, bien sabemos que se trata de otra cosa, es otra satisfacción la que el cleptómano obtiene en su acto. Sustraer el objeto que otro tiene, va en línea directa a la pregunta por quién es exactamente ese otro, qué rasgo se ha visto en él que lo hace apetecible, de suerte que birlarle algo no es sino el intento, erróneo, de ser un poco como él. Apropiarse de un objeto que perteneció a un antepasado puede leerse, siguiendo ese argumento interpretativo, como un modo de fijar una identidad, asumir un rasgo identificatorio. Apropiarse de un objeto de un hermano puede querer decir ser como él, igual que el fetichismo de apropiarse de un objeto que fue propiedad de un famoso, de un héroe o de un ídolo.

El cleptómano, cuyos objetos a la postre no le sirven materialmente ni tienen valor alguno, puede mostrar así esa faz de completar una imagen ideal de sí mismo. Al ser tarea imposible, invita a probar de nuevo y entonces la repetición del acto de robar se convierte en algo compulsivo. Se inaugura así el paso al cleptómano, constituyéndose en la meta para obtener esa íntima satisfacción.

Sartre coloca este exordio en su grandioso "San Genet, comediante y mártir": “¡Bandido, ladrón, granuja, bribón! Es la jauría de las personas decentes la que persigue al niño”, para en las primeras líneas afirmar que «en sus primeros años se representó un drama litúrgico del que él era el oficiante: conoció el paraíso y lo perdió, era niño y lo expulsaron de su infancia». Quiero eso decir que es más lúcido rastrear en los primeros pasos de un cleptómano, en su infancia y vicisitudes, si se deja, que enredar con sus niveles de serotonina.

 



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Para qué sirve un amigo

Buscando utilidad a todo, también parece querer justificarse que es bueno en la vida tener amigos, pues pueden servirte en alguna ocasión. Incluso, desde la infancia, los adultos pretenden influir en los niños aconsejándoles que seleccionen a los amigos en función de su utilidad futura.



Sin embargo, resulta que los niños se hacen amigos por afinidades misteriosas que pasan por buscar complicidad, protección, divertimento. Además está el enamoramiento infantil, muy peculiar siempre.

La utilidad de lo inútil, a lo Ordine, nos hace ver que un amigo de útil puede tener muy poco. No sólo puede meternos en embrollos serios, sino que durante un tiempo puede ser una auténtica carga. Siendo eso cierto, no obstante, bastará un ejercicio de amabilidad en que responda raudo a nuestra llamada, para saber que ese amigo acude cuando más se lo necesita.

Ese jeroglífico de la amistad a veces tiene un misterio oculto imposible de desentrañar, razón por la que tantas veces nos hemos preguntado qué razones verdaderas unen a personas mediante ese pegamento que es la amistad. Y tantas veces nos hemos respondido que si existen los amigos ha de ser porque nos sirven de algún modo, y no del modo mercantilista en que se nos publicita en este tiempo, sino por situar a la amistad en esa misma serie de las cosas que no sirven para nada, de cosas inútiles que poseen una soberbia utilidad, serie en la que se encuentran la poesía, la literatura, el psicoanálisis, el susto del amor, las humanidades, el secreto, y el infinito viajar. También toda vida intelectual y espiritual que conduzca a utilidades insospechadas, y que huya de todo lo que mate la curiosidad.

Solamente podríamos aceptar sin titubeos que de verdad existen los amigos, si se viviera la experiencia de una vida sin amigos. Pero quién osaría a atreverse a vivir una vida así. Walter Benjamín decía que al callejear podemos encontrarnos con dos tipos de hombres, con los que se sienten mirados por todo y por todos, y por ello, sospechosos, y también con los ilocalizables, con el hombre escondido.

Como en nuestra vida alternamos soledad y compañía, secreto y conversación, refugio y teatro social, quizá el servicio que nos prestan los amigos sea el de sacarnos de nuestros escondrijos. De nuestras soledades, secretos y refugios. Quizá también sirvan para que seamos como los adolescentes: solitarios reunidos.




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Nuestro primer anti-héroe

«Don Quijote es, sin duda, nuestro primer anti-héroe, con el que no hemos dejado de identificarnos hasta el día de hoy, porque se nos parece y al mismo tiempo logra que nos distanciemos de nosotros mismos», palabras del Nobel J. M. G. Le Clézio, que tocan la fibra sensible del diálogo imperturbable de toda la humanidad con el personaje cervantino.


Miguel de Cervantes muere ahora hace 400 años, abril de 1616, y aún nos interroga, pues sigue siendo una verdad el que recogió aspectos claves de nuestra idiosincrasia, «la originalidad española que alimentó a Cervantes radica en la capacidad de reírse de uno mismo, unida a un amor propio considerable» (Le Clézio).

Y es verdad, entonces, que como dice el albanés Ismail Kadare, «la vida en verdad proporciona infinidad de personajes a la literatura, pero también la literatura, por su parte, se los entrega a la vida», y es el hecho de que Don Quijote nos pertenece a toda la humanidad, ya que cada uno de nosotros puede mantener con él un diálogo interior. En la lengua inglesa, por ejemplo, "quixotic", se refiere a quien «se esfuerza con noble entusiasmo por ideales visionarios» (Margaret Atwood).

Estoy con Harold Bloom en que tanto Shakespeare como Cervantes han de leerse entre líneas, especialmente si estamos de acuerdo en que con el inglés aprendimos a hablarnos a nosotros mismos (como aprendimos a escucharnos con Freud) mientras que con Cervantes tomamos lecciones acerca de cómo hablarnos unos con otros, (aún más si aprendimos con Lacan que todos monologamos). Bloom sostiene que la novela fue inventada por Cervantes, esperó hasta entonces, y desde luego debemos a las novelas y a sus personajes que hayan podido mostrarnos espejos donde mirarnos.
Por otro lado, un anti-héroe tiene de heroico su enfermar de sentido, y así Claudio Magris llegó a escribir que Don Quijote es «'par excellence' el héroe de la Modernidad», pero porque opina que sale al mundo para buscar un sentido, y como no lo tiene, une utopía y desencanto, puesto que «es esta capacidad de creer y de no creer, de unir indisolublemente entusiasmo y desilusión, lo que en realidad nos capacita para vivir».

Qué sería de nosotros si no estuviéramos hechos tanto de héroes que sueñan con la hazaña imposible, propia o de nuestros hijos y amigos, como de anti-héroes, capaces de burlarnos, de desencantarnos, de mantener una distancia sana con los ideales, de vivir pese a nuestras continuas derrotas, de practicar la sorna que nos permite aceptar nuestro diario fracaso.




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Gente peleona

A 100 amigos del Ateneo de Palencia y peleones

Descubrí esta expresión en el transcurso de la gala de Diario Palentino con motivo de la celebración de sus 135 años. Gente peleona. La pronunció su editor, Miguel Méndez Pozo, y era referida a los palentinos, como definición. Desde entonces no he dejado de darle vueltas a la idea, pues en realidad, nadie pelea si no le provocan. Creo que además el matiz que la enunciación del editor lanzaba era el de gente que da guerra, que no se conforma, que no se rinde.


Es un acierto leernos así. Enfrascado en estas semanas en hablar con gentes palentinas con las que me voy a embarcar en una aventura romántica, me he percatado aún más de las ganas de pelea que tienen algunos, del brío, de la rabia interior que manifiestan, del orgullo que sienten cuando cuentan por video sus títulos, sus logros, sus insignias, y lo que dejan entrever que han tenido que pelear, y duro, para abrirse camino como palentinos. Pareciera que por el hecho de ser de una pequeña ciudad, de un pequeño pueblo de una pequeña e insignificante provincia hubieran de empezar pidiendo perdón. El palentino, como dice en un video el arquitecto Álvaro Gutiérrez Baños, ha de aclarar de partida que vive en un sitio que empieza por ‘p’, para que no crean que vive en un sitio que empieza por ‘v’.

No somos perfectos. Somos peleones. Afortunadamente, porque ya decía Flaubert que «la pasión por lo perfecto nos hace aborrecer incluso aquello que se le aproxima».

El peleón palentino de todos los siglos ha sido un tipo muy correoso, como esos carrileros del futbol, como esos escritores fracasados que lo vuelven a intentar con la siguiente novela, y que tras un reiterado no de un editor, se levantan de nuevo y lo intentan. Los románticos amamos el fracaso porque nos permite crecernos en la pelea, y porque sabemos la cara que se les queda a los que triunfan, las ganas que dan de vomitar cuando alardean de sus éxitos.

Los que hemos nacido en una ciudad pequeña castellana, en un pueblo pequeño de Castilla, sabemos de sobra que estamos condenados al fracaso más absoluto, porque luchamos contra una despoblación lenta y cruel que asola nuestro paisaje, y que no tiene medicina ni cura. Es nuestro incurable colectivo. Pero ni aún sabiéndolo, ni aún viéndolo, ni aún padeciéndolo en nuestras carnes, dejamos de pelear. No pasarán.




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Juan Caballero

El palentino Juan Caballero Villullas es un actor. De teatro, televisión y cine. Lo último en teatro, “Lavar, marcar y enterrar”, estos días en el madrileño teatro Lara. Lo último de TV, “La Sonata del silencio” (2015). Lo último de cine, el cortometraje “Velatorio (Barroco)”, de Aitor de Miguel, (2016).


Y aún más conocido por su participación en spots publicitarios televisivos, especialmente el último de Movistar. Bien. El asunto no es su curriculum, que crecerá, ni sus éxitos, que ya están ahí, y que en la vida de un actor van y vienen, como en cualquier otra faceta profesional. El asunto no es por ser palentino, puesto que esta tierra tiene un puñado de buenos actores repartidos por la escena, en la diáspora palentina y también en nuestra ciudad. Si traigo a esta columna a Juan es porque habiéndolo conocido desde su adolescencia, representa para mí un paradigma, uno más, del deseo de ser actor.

Me he preguntado muchas veces qué hace al deseo de ser actor, de qué naturaleza está hecho ese deseo. Dicho de otro modo, por qué razón alguien iba a querer dedicar una vida, a tiempo completo, a representar un personaje diferente al propio. Más si se tiene en cuenta que no es posible participar en el teatro social de cada día sin representar el personaje social que hemos ido aprendiendo a representar con mayor o menor éxito, el semblante debido, mentiroso, pero necesario para la política del lazo social. Si ya es costoso levantarse cada día, ponernos los ropajes correctos y salir a fingir a la calle respetando a su vez el semblante del de enfrente, aceptando sus mentiras a sabiendas que son parecidas a las nuestras, cuanto más difícil ha de ser dedicar unas horas al día a aprenderse un papel y meterse en la piel de ese personaje con realismo profundo, sea Hamlet, o el personaje de ruso que vi representar a Juan Caballero la otra noche en el Lara. Y aún más prepararse con disciplina para adecuar el cuerpo a las exigencias del trabajo de actor, incluyendo la mirada, la voz y el gesto, y subir a un escenario incluso cuando se tiene un día malo.

Y muchas veces me he respondido, que el oficio de actor sólo está al alcance de unos pocos. De unos pocos que desean, (incógnito y enigmático deseo) transportarnos por unos fugaces minutos a las tragedias y comedias del vivir humano. Entre esos pocos, Juan Caballero, palentino en la diáspora.




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El pasado no es lo que era

Algunos argumentan mucho estos días en las Redes, eso de que el pasado es el pasado, y de que todos tenemos pasado, y de que no importa el pasado de nadie, descalificando de paso a quien rebusca en el pasado de alguien las claves para entenderlo mejor en el presente.



Si esta tesis triunfara, ganarían mucho quienes desde el positivismo y el conductismo, huyen de interesarse por el pasado, centrándose en los comportamientos e ideas presentes, sin importar la historia subjetiva por escuchar. Lleva mucho tiempo, dicen, y ellos no disponen de tiempo. Pero si esa tesis, ¡nada de remover el pasado!, triunfara, también ganarían mucho los impostores, es decir, quienes se fabrican constantemente nuevas biografías, nuevas coartadas para ser siempre el desconocido de la siguiente ciudad. Tal cual ese aserto de Baltasar Gracián, “cada día tiene su afán”, frase de frontispicio para un banquero, Botín, para justificar razones de negocio, claro.

Hace un tiempo me envió un amigo, escritor y columnista avezado, su último libro, Hacia dónde va
el pasado. Manuel Cruz hacía referencia a que el pasado no es estático, no existe eso de “el pasado es el pasado”, sino que es cambiante en función de nuevas informaciones. Es lo mismo que acontece a lo largo de un psicoanálisis, cuando se van modificando los recuerdos a medida que se van desempolvando de nuestros archivos secretos.

Pues bien, claro que importa el pasado. Máxime si nos disponemos a confiar en alguien para cualquier empresa o proyecto. ¿El lector se embarcaría en algo con Luis Roldán o con Urdangarín?¿Se montaría en un avión pilotado con alguien idéntico al piloto de Germanwings? ¿Confiaría sus ahorros al estafador Pepe el del Popular? ¿Irían mañana otra vez a contratar una ristra de preferentes? ¿Confiarían en alguien que dice llamarse de una manera, aunque en realidad se llama de otra? El proverbio ya advierte de que "el mentiroso ha de tener buena memoria", y Borges: "Sólo una cosa no hay, el olvido".

Ocurre que solemos dar un margen de confianza cuando conocemos a alguien. ¡Un margen! Los más confiados, como es mi caso, una ración amplia, pero porque entendemos que no se puede construir un vínculo con desconfianza, y porque detestamos al desconfiado: calcula en beneficio propio siempre. El listo desconfiado, ventajista donde los haya, acaba riéndose del pobre confiado, pero, ¿acaso nunca confió en nadie? El problema es que, en quien no confía, es en sí mismo.

En una palabra, que desentenderse del propio pasado es sospechoso. Y hoy, absurdo.
Es cuestión de tiempo.

Y de Google.





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Elogio de la crítica y los críticos

¡Qué mala prensa tiene la crítica! ¡Y que mal nos caen los críticos! Amordazados de mil modos, sea la crítica personal que alguien nos hace, sea la crítica política, sea la crítica literaria, profesional o técnica, siempre encontramos justificación para atacar al crítico. 


Especie en extinción la de las personas críticas ante el perfume de mediocridad que nos atufa.
Desde que Goethe, en un poema del año 1774, dijera eso de: “¡Matad a ese perro!, ¿no veis que es reseñista?”, o Nietzsche: “Los críticos quieren nuestra sangre, no nuestro dolor”, no ceja el odio a la figura del crítico, especialmente, como indicara Virginia Wolf, si la crítica no es buena para la reputación y el bolsillo.

Con todo, lo peor nos viene del propio Goethe, quien en "A vueltas con el Conde de Carmagnola", hace esa horrenda división, que la mayoría repite sin saber de dónde viene, entre crítica constructiva y crítica destructiva, un ardid más para descalificar a la crítica. La crítica no tiene apellidos, sino la firma de quien la hace, y además “sólo quien sepa destruir podrá criticar” (Walter Benjamin).

¡Lo que sufren las personas críticas! y así, “cuanto mayor es su independencia, más intenso y feroz es el resentimiento que se le profesa” (Marcel Reich-Ranicki).

Recuerdo la excelente impresión que me causó Ignacio Echevarría cuando le presenté en Madrid en un foro lacaniano sobre “servidumbres voluntarias”. Conocía su historia, había escrito una reseña de un libro de Bernardo Atxaga en EL PAÍS. En el suplemento “Babelia” no tardaron en hacerle la vida imposible, y hubo de dejar de escribir en ese periódico. Hoy sigue siendo uno de los mejores críticos, es decir, de los que te puedes fiar al leer sus críticas, pues sabes que obedece a su propio criterio, su gusto, su saber, su opinión. Como expresara un crítico: “No estamos aquí para redactar "billets doux" o cartas de amor, sino para decir la verdad o lo que a nosotros nos 'parece' que es verdad”. Ese es el borde de toda crítica, que quien la hace tiene sus limitaciones. También. T. S. Eliot escribiendo acerca de la función de la crítica advierte que en su mayoría busca da barniz y preparar…”sedantes agradables”. Pues bien, otro tanto puede decirse de quienes se dedican a asesorar (o entrenar) a personas: alaban y elogian tanto, hacen tanto la rosca, que elevando el ego y la estúpida autoestima, creen ayudar. O recetan tranquilizantes, sin exigir explicaciones acerca de la causa, motivos y responsabilidad subjetiva de esa intranquilidad. De tanto no criticar, conducen a la "dictadura enjoy".

A la muerte del pensamiento crítico.


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La responsabilidad del loco

El 7 de Mayo de 2014 muere la Psicóloga Violeta Guarido en el Centro San Juan de Dios de Palencia por las heridas que le causa una de las enfermas, lo que motiva la reflexión de Aduriz en su columna de Diario Palentino, que ahora tenemos la suerte de compartir aquí.


Violeta, joven psicóloga a quien conocí porque había participado varios años en los CURSUS que el Seminario del Campo Freudiano y la Universidad de Valladolid impartimos en Casa Junco los últimos años, no pudo recoger su Diploma. No se lo pude entregar. Pero su interés por el psicoanálisis y por seguir aprendiendo para ayudar a los que sufren lo recordaremos siempre.
Fernando Martín Aduriz
Psicoanalista. Coordinador del SCF en Castilla y León.
Mayo de 2014

Escribo estas rápidas líneas conmocionado por la triste noticia del fallecimiento de nuestra colega Violeta Guarido. Joven psicóloga, de 29 años, había asistido a los CURSUS que el SCF de Castilla y León organizamos conjuntamente con la Universidad de Valladolid en Casa Junco (Palencia), y el último “Psicopatología de la vida cotidiana” había sido clausurado el mes pasado. Violeta no había podido acudir y tenía en mi consulta su Diploma para entregárselo estos días, pero ahora ya no será posible.

En nuestra profesión a veces ocurren cosas así, un paciente más próximo a la certeza que a la duda ha segado la vida de un clínico, cuyo horizonte es la ayuda, la compañía, la tarea de secretario del alienado, por usar una expresión de Lacan. Esa función de escriba, de testigo de sus dichos, de soporte a sus inseguridades, de guía en sus devaneos, de testigo de sus juegos psicóticos la efectuamos sin más brújula que nuestro acervo teórico y nuestra mejor actitud, variable con cada sujeto. Y portando nuestro cuerpo.
Desconozco aún toda la intrahistoria del luctuoso suceso, pero al saber que la paciente permanece en estos momentos detenida en Comisaría me indica lo importante de atribuir la responsabilidad al loco en tanto sujeto responsable de sus actos.

Nazcan de donde nazcan, los motivos del crimen paranoico no eluden el punto de responsabilidad subjetiva, sino que al contrario tienen un sujeto que puede responder. Que debe responder.
Ernst Wagner se encolerizó con su psiquiatra, Robert Gaupp, tras dictaminar en 1913, que era irresponsable de los múltiples asesinatos cometidos por el loco maestro de escuela alemán, quien se negó en redondo a ser considerado enfermo mental y a permitir hacer responsable a su locura de sus actos criminales. Manifestó: “Yo declaro que asumo por entero la responsabilidad prevista en el Código penal y que me siento plenamente responsable”[1].

Borrar toda huella de subjetividad en los locos, -como solemos hacer alegremente cuando no les damos la palabra- únicamente puede llevarnos a la deshumanización. Y Pinel ya abrió la historia en su día para que todos nosotros, psicólogos como Violeta Guarido, pudiéramos conversar con quienes se plantan en el campo de las certezas delirantes –“el otro me quiere perjudicar”- y no se avienen con facilidad a dudar.

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[1] Ver Álvarez, J. Mª, “Sobre el caso Wagner”, en El Caso Wagner, Asoc. Esp. de Neuropsiquiatría, Madrid, 1998.




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Amigos amables

El litoral que une a la amistad y al amor se vislumbra como una delgada línea roja, como un viaje, imposible sin cruzar todo tipo de fronteras, geográficas y psicológicas, como mostró Claudio Magris en "El infinito viajar". 


Unos compañeros, unos conocidos, unos colegas, unos vecinos, unas amistades, parecen constituir una serie en la que aún no adjudicamos a ninguno de ellos el título de amigo. Y no es cuestión de tiempo, puesto que a veces pasamos más tiempo con colegas, vecinos y amistades, que con nuestros amigos, a quienes tardamos en ver.

Desconozco si de un amigo esperamos tan sólo que nos aplauda, y salimos corriendo cuando nos canta las cuarenta, o nos avergüenza. De lo que estoy seguro es de que necesitamos tener amigos, o mejor expresado, necesitamos "ser" amigos de alguien.

También creo que exageramos mucho al exigir altas cualidades a quien consideramos amigo, como si precisáramos idolatrar a los amigos, y ya no otorgamos tal título al "tun-tun", cansados de haberlo hecho tanto tiempo desde nuestra niñez, pues conocido es el deseo de todo adolescente de imaginar que tiene muchos amigos. Seguramente sea verdad que un adolescente considere como amigos a demasiados, como hace el joven que se inicia en la vida de adulto responsable, hasta que poco a poco va descubriendo la verdad, y entonces se va decepcionando, y suelta eso de “pensaba que tenía amigos”.

Creemos tener amigos cuando son simples compañeros de viaje, deslumbrados por algo que dijimos, y que suelen abandonarnos en silencio cuando confirman a Caetano Veloso: «De cerca nadie es normal».

Pienso que necesitamos amar a nuestros amigos, tanto como dejarnos amar, aunque ese amor sea temporal, como cualquier otro amor, y además apasionado, posesivo, celoso, excluyente, en fin, con todas las servidumbres del amor, incluido el susto del amor, del que habló García Márquez. Son los amigos amables quienes mejor encuentran acomodo en el aforismo de Pessoa: «No el amor, sino los alrededores del amor, es lo que vale la pena». Son esos alrededores los que nos proporcionan el placer de la amistad, un amor que no tiene por qué desmerecer de otros en la vida. Además, la entrega a los amigos nos llevaría a hacer cualquier cosa por ellos, hasta la heroicidad.

Si amar es dar lo que no se tiene, si amar es soñar con que encontramos a alguien que tiene lo que nos falta, si amamos a quien es capaz de nombrar nuestro auténtico ser, amar a nuestros amigos amables va de suyo.

Los soñamos gigantes, aunque en el fondo sabemos que están tan perdidos como nosotros.-




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La novela de Peridis

Tras "Esperando al rey" llega ahora para nuestro deleite "La maldición de la reina Leonor", santo y seña de un estilo de escritura muy singular del escritor José María Pérez, 'Peridis'. 




Con esta su segunda novela histórica consigue deleitarnos y hacernos soñar con la serie de novelas de Peridis.
El humor, (de retranca de caricaturista), el amor (imposible, que da así una chance al deseo), el poder, (seco, sin erótica ni retórica), la locura, (y sus diques), y la piedra, sobre todo la piedra, (como metáfora de los sueños), navegan también en esta nueva novela histórica, y que habla mucho de la provincia de Palencia, de su pasado.

Piedras hermosas como las del Monasterio de San Andrés de Arroyo, que han esperado siglos para entrar en una novela del siglo XXI. Hay un momento en la novela en que la reina Leonor le dice al arquitecto Ricardo: «Vos no sois un maestro arquitecto, fabricáis ensueños con piedra». Creo que ahí se aloja el sentimiento que recorre al viajero cuando se topa con la piedra hermosa de un puente romano, de una catedral, de un claustro románico, de una espadaña. Que la mirada recorre los siglos. Y esa es la virtud de la novela de Peridis, un viaje a nuestra historia, pero con los sueños por bandera.
De hecho, John Elliott, el prestigioso historiador de Oxford y de Cambridge ha escrito:

«Lo que Peridis demuestra es que hay veces en que la novela histórica consigue captar la realidad mejor que las obras de los historiadores profesionales atados por sus documentos». 

Para a continuación añadir: «Gracias por enseñar deleitando». ¡Qué razón tiene Elliott! El hispanista británico y autor de "Haciendo Historia" (2012) dejó escrito en ese libro que trataba de transmitir «la clase de recompensas que ofrece el estudio del pasado y transmitir algo de los gozos que puede producir escribir historia».

Dejo una muestra de esta última novela de Peridis: «Esas pirámides de aire que festonean los ventanales son jaulas de sombra donde anidan los sueños de las vidrieras cuando amanece. El diente de sierra que circunda la portada de la sala es el espejo de las horas del día desde sus comienzos hasta el declinar del sol».

Esta tarde presentamos "La maldición de la reina Leonor" en Palencia, en el Teatro Principal. Cita para el vecino ilustrado. Hablaré de esto. Y parodiando a Elliott, de los gozos que produce leer historia bien novelada.

 



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El desconocido de sí mismo


Cuán exacto que nuestro nombre, nuestro apellido, porta enigmáticamente un trozo de la verdad 
de nuestro destino. 



Es un misterio de qué modo esa marca encarnada, nuestra nominación, anuncia nuestro modo de goce, nuestro guión-resumen, las huellas que el tsunami de la letra dejará en nuestro cuerpo y en nuestro modo de ser. En Fernando Pessoa, hoy estatua en "A Brasileira" lisboeta, está el “pessoa”, (persona en portugués, personaje en griego), y su escritura la veo como un intento de sostén y construcción de su persona, a través de sus personajes, y sobre todo de sus heterónimos.

Sus heterónimos son máscaras. Ocurre que son radicalmente distintas a él mismo, al contrario, por ejemplo, que Juan de Mairena y Machado que son él mismo, como ya dictó Octavio Paz en 1965 en su famoso artículo sobre Pessoa, “El desconocido de sí mismo”. Libro a libro me he topado con "el enigma Pessoa", con los Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro Campos, tan desconocidos para el propio Pessoa, como diferentes entre sí, títeres y portavoces de las muchas ‘pessoa’ que habitaban al genial portugués, de hecho no es casual que "La vida plural de Fernando Pessoa" sea el título de una de sus mejores biografías.

Este proliferar de muchas personas en una persona, es la norma de lo que nos acontece, y no la excepción. Pessoa dirá «vivir es ser otro»; Rimbaud: «yo es otro»; Freud, hallará en los sueños, la vía regia para llegar a ese sujeto que habita en nosotros, y que no es nuestro “yo”, sino nuestro “otro”. Esa es la norma: nuestra división subjetiva, el desconocido que habita en nosotros, y que frecuentemente, si no lo tratamos bien, si no lo leemos, nos traiciona: ¡nos traicionó el inconsciente!, se dice en la calle. Odiarnos conduce a lo peor. Lo suyo es amar al desconocido que somos, siendo la escritura un intento más de dejar hablar a ese sujeto del inconsciente.

«No sé quién soy, qué alma tengo. Cuando hablo con sinceridad, no sé, con sinceridad, de qué hablo. Soy distintamente otro diferente de ese yo que no sé si existe», dirá Fernando Pessoa en 1914, en sus "Diarios", para añadir: «Me siento múltiple».

Me cae muy simpático Pessoa porque exclamó algo esencial: «siempre rechacé que me comprendieran», sabiendo lo difícil que es toparse con alguien que no exija ser comprendido, a la vez que no hace nada por dejar de ser el gran desconocido de sí mismo.




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Elogio de la mentira

Qué sería de nosotros si no pudiéramos mentir, tal y como les sucede a los locos, a los niños 'infans', y a otros sujetos muy especiales, quienes no aprendieron la necesidad social de la mentira y sus subrogados (trampantojos, huellas falsas, simulación mendaz, silencios cómplices, fingir que se finge). 


La verdad causa muchos destrozos a los enamorados de la verdad, incapaces de comprender que se puede morir en sus brazos, ahogados en miel. Cuando surge ese stendhaliano "coup de foudre" con la verdad, se inaugura aislamiento social. Por eso, con sujetos excesivamente enfermos de la verdad, mejor persuadirlos de que reserven para sus adentros la verdad, que ensayen "bien decir", y que se piensen el cómo, cuándo, a quién, para qué, y por qué mentir con elegancia, y no a lo burdo.

Mentira piadosa, verdad mentirosa, simulación mendaz, lo cierto es que la mentira merece un elogio. Sigo en esto a mi querido "Elogio de la mentira" (2006), de Ignacio Mendiola, con quien estoy de acuerdo en que junto a la condena más firme de la mentira como arma para usar ventaja y perjudicar al de al lado, se alza la paradoja de que «es lícito admitir que sin la mentira la vida misma se tornaría inhóspita».

Presentaré este viernes una conferencia que imparte Fernando Colina: “La mentira y el autoengaño”. Pues bien, el psiquiatra y escritor, en su ejemplar "Sobre la locura", (2013), define la mentira como “instrumento imprescindible”, a efectos de la locura, para sentenciar que «llamamos psicótico a quien no puede mentir, a quien no logra establecer una diferencia clara entre el pensamiento íntimo y su discurso articulado».

Muchas han sido las maneras de elogiar a la mentira. Ibsen, el dramaturgo, hace decir a dos personajes de "El pato salvaje", (1885), que hay que mantener en los enfermos la «mentira salvadora»; Michel Foucault trata en su libro "El pensamiento del afuera", (1966), la paradoja del cretense Epiménides: “Todos los cretenses son mentirosos”, en un interesante capítulo que titula “Miento, Hablo”; Simmel: no hay vínculo social sin mentira.

Sin embargo, Kant se enfadó mucho, y escribió "Sobre un supuesto derecho a mentir por filantropía" (1797), para declarar que «quien miente, por más bondadosa que puede ser su intención, debe responder por las consecuencias de su acción», mientras, Montaigne, refiriéndose a la formación de los hijos: «hay que enseñarle sobre todo a rendirse y a ceder las armas a la verdad en cuanto la perciba».

Estoy con Wittgenstein, la mentira es un juego del lenguaje. Hay que saber jugar.





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Asalto al poder

El libro del palentino Jesús Cacho, "Asalto al poder", fue muy claro al respecto. Su protagonista, Mario Conde, (genialmente captado por nuestro paisano, periodista de la diáspora palentina en Madrid), había conquistado el poder al asalto, paso a paso, con al menos dos de las tres armas de Joyce, la astucia y el silencio, al menos así consiguió vender "Antibióticos" a la "Montedisson", en medio de un episodio habitual de los negocios, en el que el núcleo del placer se sitúa en el poder que conlleva ese éxito. El problema del poder es que una vez asaltado y conquistado pasa a la erótica del poder, esto es, engancha, y es siempre insuficiente, no hay conformidad ni stop, y empuja a asaltar más poder.


Tolstói decía que el poder era la causa de todos los males que sufre la humanidad. En realidad el poder, y los fastos que lo acompañan, posee un encanto que atraviesa los tiempos, las instituciones y todo tipo de personas y edades. Michel Foucault investigó, paso a paso, la microfísica del poder en un memorable Curso del College de France del 73-74, —ahora publicado: "El poder psiquiátrico"—, donde puso de manifiesto las pequeñas disciplinas, usos y costumbres, panópticos y técnicas que se fueron históricamente desplegando en torno a la locura y a sus instituciones. El poder de las palabras también puede obnubilar, y así encontramos gentes que disfrutan del poderío que su capacidad para el verbo les ha dado, sin percatarse de que el poder de sugestión es efímero.
El amor propio empuja con fuerza a la enfermedad del poder. El enfermo de amor propio precisa de continuos subidones, de aplausos, de baños de masas, de halagos, de servidumbres, de tratamientos, de distancias, de protocolos, de uso de enseñas, banderas, galones o distintivos, en suma de una cohorte de destellos imaginarios, de brillos que hacen del poderoso un faro encendido constantemente, pavoneándose ante una corte de admiradores.
Se sea tirano doméstico, presidente de una empresa, profesor en un aula, médico en jefe, militar laureado, rey con reino, jefecillo, periodista o deportista, el enamorado de sí mismo, aquel que exige siempre privilegios de extraterritorialidad, sumisión, silencio y pleitesía, muestra una enfermedad cuasi incurable, epidemia de una época que hace culto a ese dinosaurio llamado “yo”. Convendría leer “La escritura del ego”, en "El sinthome", de Jacques Lacan, para entender la función que cumple ese ego en algunos sujetos.
Finalmente, y tras perder el poder, el enfermo de amor propio ve cómo sus humos se bajan. No siempre.

 



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Asperger y más

                                         

Dice Albert, un muchacho Asperger, que al margen de ser autista, es otras muchas cosas. Impresionante: se carga de un plumazo toda identificación ser/síntoma, o sujeto/enfermedad, y con ello toda consideración deficitaria del autismo. 


No es el primero que contempla su propio ser autista, en este caso un autismo de alto rendimiento intelectual, protagonista del documental ‘Otras Voces’, que se está presentado en multitud de ciudades. Su director Iván Ruiz Acero al frente, coautor de "No todo sobre el autismo". (Gredos, Madrid, 2013).

La constancia del Alcalde de Palencia, Alfonso Polanco, en conseguir que nuestra ciudad albergue eventos de marcado carácter social, lo que denomina ‘ciudad de servicios sociales’, merece reconocerse y más aún en medio de las actuales dificultades. Tan dados como somos por estos lares a hacernos fuertes en las críticas, convendría para ser creíbles, reconocer los esfuerzos de los buenos políticos en las buenas causas. Y además, Palencia, su Ayuntamiento figura a la cabeza de las administraciones públicas que apoyan la causa del autismo, y un ejemplo es el apoyo a un documental elogiado por padres y profesionales que conversan con autistas, y que como consecuencia recibirá los galardones de los certámenes en los que se empieza a presentar.

La causa del autismo en Europa tiene especialmente el apoyo francés, cuyos psiquiatras y psicoanalistas más eminentes se desesperan explicando lo obvio, es decir, que un autista no es sólo autista, tal y como dice el joven Albert, y tal y como muchos les hemos escuchado quejarse tantas y tantas veces por la incomprensión de los demás; que nadie es autista las 24 horas del día, como nadie es hiperactivo, anoréxica o ansioso, siempre y en todo lugar, y que hay aristas, enunciados, huecos donde establecer puntos de diálogo y avances sustanciales en la cura que no pasan por aprendizajes y evaluaciones, ni por los forzamientos acostumbrados donde se privilegia la conducta frente a la diferencia, y el orden frente a la invención singular, y donde se les encasilla en la posición objeto antes que reconocer que son sujetos de pleno derecho; en definitiva que no existen dos autistas iguales, y que hay que luchar por leer e interpretar el diccionario particular de cada uno de ellos.

Frente al positivista mundo de la literatura anglosajona, lleno de aburridos y bizarros programas para autistas, en Francia, Éric Laurent ha escrito La batalla del autismo. Que es la batalla por una ciudad que nunca debe de dar la espalda a los más vulnerables. O más diferentes. Tanto que dicen, como Albert, “no es el Asperger, yo también tengo mi carácter”.




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Antonio Gamoneda


La satisfacción que se obtiene cuando se conoce a un escritor al que se ha leído con fruición, se me ocurre comparable a la que en nuestra vida recibimos cuando nos reencontramos con un ser querido al que hace mucho tiempo que no vemos, un íntimo desconocido, alguien que sabemos quién era, pero aún no sabemos quién es. Eso mismo me pasó el domingo cuando pude conocer al poeta Antonio Gamoneda.


Junto a Jesús Morchón, (psiquiatra y poético director del emblemático Psiquiátrico de la ciudad leonesa) entrevisté para una Revista de psicoanálisis a un poeta muy laureado (Premio Cervantes) pero que no le ha hecho perder su gran objetivo: “a mí lo que me interesa es mi poesía”. Un joven octogenario (joven por su expresión deseante: “tengo tantas cosas que hacer”) que nos arreó una lección dominical de sabiduría de la que aún me estoy tratando de reponer. O quizás ya nunca pueda.

Cuando se escucha de un poeta que “San Juan de la Cruz decía de la experiencia mística y por tanto, a mi juicio, de la experiencia poética, que era un no saber sabiendo” se puede estar seguro de que eso va a ser difícil volverlo a oír de nuevo de los labios de alguien. Un poeta que no sólo escribe, sino que logra envolverte con el registro magnético de su voz. La poesía de Gamoneda, ahora lo sé, es indisociable de él mismo, de su musicalidad al hablar, de su concentrarse en las respuestas, incluso cerrando los ojos, del embeleso que produce en el interlocutor al narrar una historia.

Hubo momentos en que la magia de su decir apareció en el relato de historias. Como soy el director de Análisis, la revista donde se van a publicar, me autorizo a adelantar una al lector de Diario Palentino. Al preguntarle “¿Qué no se olvida”?, contó la historia de un poeta cuyo enunciado “lo mejor del recuerdo es el olvido, justificaría una vida poética”. Y a continuación evocó: “Para colaborar con un compositor asturiano estuve estudiando bable, y me di cuenta de que sabía más bable del que pensaba. Lo sabía pero no sabía que lo sabía. Conservaba centenares de palabras de mi madre que de muy niño me hablaba en castellano, pero que cuando bromeaba me hablaba en bable…recuerdo y olvido”.

Por mi parte, lo inolvidable van a ser estas horas junto a Morchón escuchando a un poeta inmenso. Tan grande como su autobiográfico libro Un armario lleno de sombra. Claro que, ahí narra cómo aprendió a leer: mediante un libro de poesía que había escrito su padre.




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Viaje a la infancia


Si una posible rectificación subjetiva, si la mudanza de la personalidad es semejante a un viaje, desde luego todo viaje contiene un retorno a la infancia. Es al menos lo que parece la búsqueda que conlleva el viajar, la de encontrar nuevos momentos felices. A veces también conformándonos con preparar un largo viaje que quizá nunca haremos.

Claudio Magris en su prefacio a un libro de Walter Benjamin, lo expresó rotundo: "Todo viaje es una vuelta a la infancia; no a la nostalgia de un bien perdido, sino de una posibilidad de felicidad que se vislumbra en la niñez y que el futuro, en lugar de realizar, ahogó; de una sthendaliana promesse de bonheur que la vida y la historia han desmentido a su paso".

Un ejemplo de un posible viaje a la infancia lo tenemos cuando recorremos en nuestra ciudad natal los lugares de juego de nuestra infancia y rememoramos aquellas porterías que construíamos entre dos farolas, o esa vieja tapia que sufrió nuestros balonazos y que hoy al encontrárnoslos vacíos de niños, nostalgia de esas barriadas de los sesenta repletas de vida, de líos, de jolgorio, soñamos viajando a esos felices momentos, esta vez con esa nostalgia del bien perdido: el de muchedumbres de niños jugando en las calles, imagen que sabemos que no volverá.

Pero otro ejemplo de un posible viaje a la infancia lo constituye el viaje a los  mismos lugares a los que nos llevaban de niños. Aunque una vez allí sufrimos al constatar lo que ya sabíamos, que no queda nada de entonces, ni la casa que habitamos, ni las tiendas, ni los trolebuses, ni los adoquines. La melancolía de las ciudades de nuestra infancia debería de recordarnos lo importante que es frenar a quienes, sospechosamente, desean transformar hasta desfigurar nuestras ciudades, y lo sabios que fueron los vecinos de las ciudades que supieron oponerse y conservar su fisonomía, sus edificios emblemáticos, sus murallas y puentes, sus Arcos del Mercado, sus viejos trenes secundarios, sus tranvías.

Hoy esas ciudades son las más visitadas. Porque necesitamos viajar a la infancia y reconocernos en los objetos vintages, en las vespas, en la EGB, en las canciones que nos hicieron felices.

Y porque viajar a la infancia no es retroceder, sino que forma parte del programa de viajes obligado de todo vecino ilustrado, el viaje a la bondad, el largo viaje a la bondad que dura toda una vida. Viaje a la bondad que la historia aún no ha desmentido.





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La palabra fuerte

“La palabra fuerte ha sido soltada”. Esta expresión, procedente de un libro que se titula De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, tesis doctoral de Jacques Lacan, polariza mi atención cada vez que releo (y han sido unas cuantas desde los años ochenta) esa tesis. Esta vez, sin embargo, ha tomado otra dimensión. Releer el mismo libro a lo largo del tiempo se conoce que es leer un libro diferente merced a la historia subjetiva de cada uno.

Ciertamente, Lacan se refería a una mujer, que llamó Aimée, y que súbitamente tras ser encarcelada por una agresión a una famosa actriz de la escena francesa, (allá por el mes y el año en el que en España se proclamaba la II República), entrevistarla, y comprobar que su pasaje al acto y su posterior castigo la habían estabilizado en su delirio paranoico, obtuvo de ella una clave, una buena palabra fuerte. No me voy a detener en esta columna en cuál, pero sí en destacar que en la conversación con los demás, pueden desplegarse palabras débiles, o palabras fuertes.

Y no es porque la palabra sea malsonante o altisonante, puesto que puede ser una sencilla palabra. Es porque esa palabra produce algo en quien la escucha, y también en quien la profiere.

Sabemos que hay palabras que nos conmueven, y otras muchas que nos dejan indiferentes. Sabemos que hay palabras que nos hacen llorar y otras que desencadenan la locura. A veces una misma palabra puede producir en nosotros cosas muy diferentes.
Sucede cuando una palabra la escuchamos en nuestra infancia, que puede hacernos mucha gracia, pero que al evocarla después de muchos años se transforma en palabra nostálgica. Sabemos que hay palabras inolvidables, y otras que son francamente olvidables. Sabemos que existen palabras que nunca debimos pronunciar, mientras que hay palabras que tuvimos que haber dicho en voz más alta.

Sabemos del poder de las palabras cuando son fuertes. Mientras que conocemos lo intrascendente de las palabras que se lleva el viento. Y que unas pocas palabras bondadosas, al decir de Freud, tranquilizan más que el mejor de los fármacos tranquilizantes.

Finalmente, en la época del imperio de la imagen, sin embargo, aún, muchos, una inmensa minoría en peligro de extinción, (poetas, psicoanalistas, educadores, políticos con alma, escritores, adolescentes sensibles, vecinos ilustrados, periodistas de raza) sostenemos que una palabra, si es fuerte, vale más que mil imágenes.




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Nada por nadie


Estar advertidos de que nadie hace nada por nadie, no quiere decir que no tengamos que hacer todo lo posible por ayudar al de al lado. Esa advertencia proviene de las experiencias de nuestra vida, algunas muy amargas, cuando hemos constatado no sin dolor que cada uno va a lo suyo.


Y también, en algunos casos ese estar advertidos de que nadie hace nada por nadie es fruto de la experiencia analítica, cuando un analizante experimentado, tras años de diván, comprende que su goce siempre está comprometido en su aparente filantropía, que su altruismo tiene línea directa con su egoísmo.

Las ventajas de estar advertido son muchas, pero sobresale por encima de todas el hecho de evitarnos muchos disgustos, no necesitamos llevarnos mal rato con las supuestas fallas e inconsistencias de los otros, agobiándonos porque no están a la altura de lo que esperamos de ellos. Y no esperar demasiado de nadie quiere decir que tampoco debemos esperar demasiado de nosotros mismos, pues exigir al frágil ser humano un desprendimiento de sí amplio, y una cercanía a los ideales (¡el peso de los ideales!) parece un imperativo inalcanzable y malsano.

No estar advertidos de como se las gasta el ser humano, de su virtuosismo para hacer creer a los otros que lo que hace es porque quiere su bien, tiene varios inconvenientes que hacen irrespirable la vida social: la queja de que los otros no están a la altura, y la subsiguiente moralización de lo que hacen o deben hacer, lo que conlleva al circuito cerrado de la culpabilización y el castigo, y no a la responsabilización y a la conversación política.

Nadie hace nada por nadie es muy bien recibido por las personas mayores, aunque suelen decir a renglón seguido que “hay excepciones”. Y que nadie hace nada por nadie es algo que no deberíamos poner como concepto delante de los niños. Ellos saben mejor que nadie que “quien no llora no mama”, o de que las “mañas de bebé” les han ido otorgando ventaja frente a su Otro materno, incluso han percibido las ventajas de ser un pequeño tirano camuflado de seductor sonriente.

Anclarse en el cinismo de no hacer nada por nadie bajo la excusa de que es eso justamente lo que hace todo el mundo no es muy original. Como esas palabras de María Zambrano, (“hay que servir y conocer, no hay que querer ser nada”), quizás sea suficiente con no dañar al de al lado, con respetar sus silencios, con resaltar sus encantos y no mirar demasiado sus miserias, con verificar sus contradicciones, con no imitar su locura.




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