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La explotación de las minas (I)



En las Provisiones Reales ofrecidas a Colón en 1495 se concedía a los indios y a los españoles la tercera parte de todo el oro recogido (no de rescate), y por Real Cédula de los Reyes Católicos (Medina del Campo, 5 de febrero de 1504) se ordenaba: "Todos los vasallos, vecinos y mercaderes de Indias que cogieron oro, plata, estaño, azogue, fierro u otro cualquier metal, habrán de contribuir al Real Patrimonio con la quinta parte de lo que sacasen neto, sin otro algún descuento ni compensación de gasto que el que estuvieren obligados a poner en poder de los oficiales de la Real Hacienda de cada Provincia". En 1548 el quinto se reduce a la mitad, quedando en un diezmo la cuota asignada a los mineros de Nueva Galicia a Zacatecas. En su momento, la Corona se reservaría las minas de azogue y la explotación de las principales salinas; el azogue y la sal eran para la amalgamación, ingredientes indispensables e importantes, respectivamente.

Felipe II confirma en 1563 que los indios podían descubrir, poseer y labrar, como los españoles, minas de oro, plata y otros metales; y, unos años más tarde, dispone que los mineros y beneficiadores debían ser favorecidos y considerados en todas sus prerrogativas, no pudieron embargárseles, en caso de deudas, ni esclavos, ni herramientas, ni provisiones, "ni cosa alguna necesaria para sus trabajos".

El laboreo de minas y el beneficio de metales estuvieron reglamentados por las Ordenanzas (Recopilación de Castilla) conocidas como Nuevo Cuaderno. Además de las Ordenanzas de Castilla, regían en cada sitio las de sus Virreyes las de don Luis de Velasco en Nueva España.

Aunque con Colón llegaron a la Española (en su segundo viaje) "mucha parte de gente trabajadora... para sacar el oro de las minas", y de que en el Memorial a los Reyes (1494) se pedían lavadores de oro y mineros de Almadén, lo cierto es que ni los expedicionarios ni los primeros colonizadores tenían, en general, la más remota idea de prospección y laboreo de minas -eran soldados, no mineros- y este inconveniente para nuestro objeto, hubo que salvarse con laboriosidad, sentido común e ingenio y, en tanto se adquiría experiencia propia, se aprovecharía la de los aborígenes, donde la hubiera. Se seguiría la veta partiendo de su afloramiento, cavando, en un principo, a cielo abierto, o mediante socavones o tiros inclinados, para profundizar después en el seguimiento, abriendo galerías donde apenas se tuvo en cuenta ni la seguridad de la mina, ni las facilidades para el transporte y desagüe. Más tarde se perforarían pozos o tiros verticales. En las minas de Avino (Durango) se trabajó inicialmente la veta grande a cielo abierto como revela una zanja de dos kilómetros de larga, se senta metros de profundidad y diez de anchura.

Imagen: Mapa de Cristóbal Colón. Lisboa, taller de Bartolomé y Cristóbal Colón, hacia 1490.





Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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La localización de otras minas


Según la noticia del platero Luis Rodríguez, originario de Valladolid, las minas de plata de Zumpango fueron las primeras que se explotaron "hasta sacar plata limpia". Las de Taxco se descubrieron en 1534, y en 1570 ya formaban un conjunto de Tres Reales de Minas y seis cabeceras, a las que, diez años después, se habían sumado otras seis. Pero la plata obtenida de ellas durante los treinta primeros años fue relativamente poca.

En 1546 Juan de Tolosa descubre las minas de plata de Zacatecas. Por la excepcional riqueza de sus primeros minerales, su desarrollo fue muy rápido  mientras se explotaron las zonas superficiales.

La mina de Santa Bárbara en Chilhuahua, situada a 2000 km de México capital, para llegar a la cual hay que pasar los desiertos subtropicales de la meseta, se descubrió en 1547.

La primera veta de Guanajuato, la descubrieron en 1548, según cuenta el P. de Acosta, unos arrieros de don Juan de Rayas camino de Zacatecas al encender una hoguera. Diez años después (1558) se descubrió la famosa Veta Madre que, junto con la mina Valenciana, hicieron famosa la ciudad.

En la mina La Valenciana se abrió un tiro, llamado de El Santo Cristo de Burgos, de 150 metros de profundidad; el de Nuestra Señora de Guadalupe profundizó hasta 345 metros y, por último, en el Pozo General, Señor San José, octogonal, de 26,8 m de perímetro, se llegó a 514 metros. Según Humboltdr este pozo fue uno de los más grandes y audaces empresas de la historia de la minería.

En esta cita incompleta de las minas más importantes es obligada, por último, una referencia a las Minas de Padhuca y Real del Monte situadas a sólo 100 km de la capital, a cuyo descubrimiento (1552) se apuntaron varios descubridores acaso porque varias fueron sus vetas. Entre estas minas ha pasado a la historia de la metalurgia, de forma especialmente señalada, la Purísima Grande en Pachuca porque en ella ensayó Bartolomé Medina su método de amalgamación para el beneficio de las minas de plata, minas que, en aquel yacimiento, contenían plata nativa, y tam bién en forma de cloruro y bromuro y algunos sulfuros.

Como puede apreciarse los hombres de Cortés recorrieron puestos y desiertos del territorio de Nueva España y por ello siguieron abriéndose establecimientos que luego tomarían el nombre de Reales de Minas; y ocurrió de tal forma que casi todas las minas que hoy siguen explotándose empezaron a rendir metal en los primeros treinta años de la conquista.

En aquel hervor expedicionario, Pedro Almíndez Chirinos, José de Angulo y Cristóbal de Oñate, en sus andanzas por los alrededores de la actual ciudad de Durango, tuvieron noticia de la existencia de una Montaña de Plata. Nuño de Guzmán, envió en 1552, a Ginés Vázquez del Mercado en busca de aquella Montaña, que resultó ser sólo un cerro y de mineral de hierro. A regresar, Ginés fue herido por los repehuanes y de ello falleció pronto en Juchilpila (Zacatecas), pero su apellido se asoció a la realidad del Cerro -que no  montaña- que pasó a conocerse como Cerro del Mercado.

Durante los primeros años apenas se explotaron los minerales del Cerro del Mercado. Sólo los herreros rurales de lugares próximos obtuvieron hierro en pequeñas ferrerías para fabricar algunos aperos. La noticia es así  de poco concreta porque los cronistas e historiadores de la Nueva España apenas se ocuparon -más bien no se ocuparon de nada- de la minería e industria del hierro que, sin embargo, tuvo mucha importancia. Una vez más el pobre Oro desplazaba la atención debida al valiso hierro.

De Battroid, Dominio público, commons.wikimedia
Minería Guanajuato





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Los primeros españoles que labraron minas


A pesar de todo, según Teja Fabre (Historia de México: una moderna interpretación, 1935) el valor de rescates y despojos no hubiera sido suficiente "ni siquiera para compensar los gastos de las expediciones militares". Llegado el momento hubieron de buscarse los metales en la propia tierra, orientándose por las referencias del propio Moctezuma, de los indígenas, o de la relación que daban los pueblos tributarios.

La verdadera minería hispanoamericana empezó a practicarse en Nueva España. Antes de Cortés, Francisco Hernández de Córdoba (1517) y Juan de Grijalba (1518) parece que obtuvieron en sus expediciones noticia cierta de verdaderos yacimientos de oro y plata, y con esta noticia se puso en marcha la fantasía.

Según don Modesto Bargalló, los primeros españoles que de un modo estable labraron minas (de oro) en Nueva España fueron los compañeros del capitán Pizarro el Mozo que, por orden de Cortés, fueron a buscarlas. Pizarro volvió sólo con un soldado; se quedaron Pizarro el viejo, Cervantes, Barrientos, Heredia el viejo, Escalona el mozo, y Alonso Hernández Carretero. Eran los primeros mineros en Nueva España, los primeros ejemplares de esa "rara" y compleja especie humana, mezcla de intuición y ciencia, de técnica y perseverancia, de imaginación y cautela; decidida, valerosa, sobria y paciente en la adversidad, vital y generosa en el éxito, y siempre apasionada por su profesión" (Carlos Prieto).

Este homenaje de don Carlos Prieto fue más específicamente, dedicado al gambusino personaje en el que, además de lo dicho, se dio el entusiasmo, la dilección por la ventura de descubrir; un pertinaz discípulo de la naturaleza misma, en montes, breñas y desiertos; sabedor de lugares, piedras y colores; gustador de tierras. Estos fueron los grandes protagonistas de la primera época de la minería mexicana.

Imagen: Dominio público
La moneda de oro fue establecida en 1771 y representó un avance en la economía del virreinato.





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El cómo y en qué de los metales



¿Cómo y en qué empleaban los metales? Pues en lo que siempre hicieron todos los usuarios del mundo: en joyas, en útiles y en armas, según las peculiares cualidades de cada metal.

En 1932 se descubrieron bellísimas joyas, casi todas de oro, en las tumbas de Monte Albán (Oaxaca), joyas que revelan la maestría y el arte de los joyeros mixtecos. No es de extrañar que para Cortés, no hubiera platero en el mundo que mejor lo hiciese. Para Bernal Díaz, los plateros de España deberían "mirar en ello". Tan extraordinaras piezas fueron hechas batiendo el metal con martillo de piedra pulida y tienen pocos componentes moldeados. Aunque don Alfonso Caso dejó escrito que los mixtecos no sólo fueron los mejores orfebres de América, sino que ningún otro pueblo los superó en el mundo y que "tendríamos que llegar al Renacimiento para encontrar artistas que pudieran comparárseles", ello no es rigurosamente cierto, como puede deducirse conteplando y analizando joyas etruscas, por ejemplo.

Según referencia de fray Toribio de Benavente Motolonía contenida en sus Memoriales, también vaciaban (moldeaban) por el procedimiento de la cera perdida utilizando un molde de carbón pulverizado amasado con arcilla.

De Alejandro Linares García - commons.wikimedia
Exhibición de platos hechos de plata en el Museo Franz Mayer.





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El interés de algunas aleaciones



Desde el punto de vista metalúrgico tienen más interés las referencias a algunas aleaciones como el bronce que ya preparaban, aunque en poca cantidad y sólo en ciertos sitios. De los análisis realizados, cabe deducir que el bronce que prepararon lo fue por mezcla de sus componentes (cobre y estaño) y no directamente por beneficio de menas cupro-estañíferas. Algunas piezas aztecas fueron trabajadas en aleaciones oro-plata-cobre.

Los aborígenes orientaron a los expedicionarios hacia la región de Oaxaca cuya riqueza en oro pudiera haber llevado a Moctezuma a guerrear con sus pobladores. La mayor parte de los pueblos obligados por los aztecas a tributar en oro (citados en el códice mendocino) ocupaban aquella región.

El oro nativo y el óxido de estaño (casiterita) los extraían de placeres en los ríos, o de fondos poco profundos. En la arena que sacaban entre las manos buscaban los granos de oro "que iban guardando en la boca". En las zonas más desarrolladas lavaban las arenas en jícaras, tentando para separar por densidades las diferentes partículas.

Con respecto a la plata y al cobre, sólo se trabajaron yacimientos superficiales que contenían metales nativos o algún compuesto fácil de descomponer. No se practicó verdadera fusión, en el sentido metalúrgico del término. La minería antes de Cortés fue una minería rudimentaria, poco profunda, cuando no del todo superficial; al carecer de herramientas apropiadas practicaron la explotación del mineral por fuego, calentando la roca y enfriando rápidamente con agua, con lo cual se producía su quebranto.

Los pedazos de metal encontrados u obtenidos, los fundían en crisoles de arcilla relativamente pequeños calentados en fuegos que avivaban soplando con cañas. El metal líquido se moldeaba en arena o piedra.

El plomo los obtendrían por fusión reductora  de su sulfuro (galena) con carbón vegetal; y, de forma análoga, reducirían las menas dóciles de plata, cobre y estaño.


De Alejandro Linares García - commons.wikimedia
Peine de plata del siglo XIX en la exhibición en la Casa Museo de Allende en San Miguel de Allende, Guanajuato.





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Encuentro con Tierra firme



Los indios que poblaban las orillas del actual Grijalva obsequiaron a los expedicionarios con hachas de cobre y bronce, y aun hoy se desentierran piezas como aquellas en la región de Oaxaca. Pero el latón (aleación de cobre y cinz) no era material conocido. Los mercaderes de la antigua Tenochtitlan vendían, junto con objetos hechos, oro en granos metido en canutillos de pluma de ansarones. Se sabe que, por rescate, Cortés obtuvo también algunas piezas de estaño (platos, vasijas y monedas).

Pero donde conquistadores y cronistas rivalizan es en ponderar las riquezas, el oro de los templos, casas reales y particulares, riquezas acumuladas por tributos o botines de guerras entre tribus, y también las acumuladas por Cortés por obsequio o despojo. Son conocidas las noticias del tesoro de Topilzin "que hubieron de llevarlo 180 hombres", o de la estatua de Nezahualtoiotzin de "oro muy natural", o de las ruedas, como "las de carreta", con que Moctezuma obsequió a Cortés, una de oro fino (hechura de sol) y otra de plata (figura de luna); o los veinte ánades, tigres, leones y monos, y las largas varas de justicia, "todo de oro fino y de obra vaciadiza" (Bernal Díaz del Castillo). Si, como parece, eran tesoros heredados, formados por acumulación, se puede deducir que la riqueza de los yacimientos no debía ser excesiva, y menos los de plata que explotaron los aborígenes, ya que éstos no sabían beneficiar más que la plata nativa o de menas dóciles, fáciles de tratar.

De Thelmadatter - commons.wikimedia
Olla para cocinar hecha de cobre, encontrada en la cocina del monasterio de Zinacantepec, Estado de México.







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Los metales que nos esperaban


Cuando Hernán Cortés y sus hombres desembarcan en Tierra Firme (1519) y comienzan a protagonizar los diversos y portentosos hechos que aquí nos han convocado, encuentran que mis queridos metales estaban allí bastante completos aunque con desigual desarrollo y con dos ausencias importantes: faltaban el hierro y el mercurio.
Efectivamente, los objetos que constituían los obsequios, los tributos o los rescates, prueban que los aborígenes de los que pronto se llamaría Nueva España, conocían y trabajan el oro, la plata, el cobre, el estaño, el bronce (aleación de cobre y estaño) y el plomo, pero no el hierro ni el mercurio.

Debo adelantar que, para un metalurgista, el "escalafón", la jerarquía entre los metales, no se corresponde con la que pudiera establecer un historiador, un artista, un economista y, mucho menos, un defraudador o un joyero. Para nosotros el oro es un pobre noble, escaso y poco útil, que servir, servir, sirve para muy poco, y cuyo precio -que no valor- da una buena medida de la necedad humana.
Tiene a su favor propiedades muy discutibles como la ductilidad y su falta de reactividad -la llamada "nobleza"- por la cual, por cierto, hemos podido aprender en él muy poco. Y si, además, escasea, ya me dirán ustedes en qué puede residir su embrujo, como no sea en ese consenso universal, pura codicia contagiada, en virtud de la cual todos quisiéramos que se nos pagara en moneda de oro.

Sin embargo, volviendo a nuestro escalafón, en el vulgar y barato hierro y en su variedad los aceros -que han soportado y siguen soportando toda nuestra civilización por sus cualidades y precio- hemos aprendido la casi totalidad de nuestros principios metalúrgicos fundamentales y se han ejercitado los artesanos en el noble arte de la forja, por ejemplo. Es decir, en nuestro escalafón el hierro y el acero sin, si duda, los primeros.

De Alejandro Linares García - commons.wikimedia
Soporte para libros de la época colonial. Museo Franz Mayer en la Ciudad de México.







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Repercusiones del arte metalúrgico

Salamanca, 1980...


Parece lógico empezar a desarrollar las repercusiones que se enuncian en el título de este trabajo, cuál era el estado del arte metalúrgico en aquellos momentos, tanto en el Nuevo Mundo como en el Viejo.
Don Alvaro Alonso Barba -el primer cura minero conocido- que desempeñó su curato y su mineralurgia en la Parroquia de San Bernardo de la Imperial Potosí, nos dejó escrito en su Arte de los Metales, entre otras cosas, cuántos eran estos, al menos en el año 1640 en que publicó su libro:




".... Los que no sin nota de vana curiosidad atribuyen a las Estrellas y Planetas particular influjo o dominio sobre algunas cosas, demás del General de los Cielos sobre todas las cosas sublunares, apropiaran a las Estrellas fixas la superintendencia en la producción de las piedras preciosas, que parecen las imitan no solo en el resplandor y lustre con que brillan, sino más principalmente en la fineza y permanencia de su ser, como, al contrario, por la inestabilidad y la poca constancia que en él parece tienen los metales, estando debaxo de varias formas, ya derretidos, ya quaxados, les señalan especial sujeción a los Planetas que, por la variedad que representan en sus movimientos, llaman Estrellas Erráticas. Atribúyenles su número, nombres y colores, llamando Sol al Oro; a la Plata, luna; Venus, al Cobre; Marte al Hierro; Saturno al Plomo; Júpiter al Estaño, y al Azogue Mercurio, aunque, por no ser metal aqueste último cuenta otros, en su lugar, al Electro, mezcla natural del Oro y PLata, en cierta proporción, que fue en un tiempo tenido por más precioso de todos. Pero, ni esta subordinación o aplicación es cierta, tampoco lo es que los metales no sean más de siete: antes se puede presumir, probablemente, que haya en el interior de la tierra más diferencias de ellos que las que de ordinario conocemos".

Es decir, que la humanidad había alcanzado aquel momento, el del Descubrimiento, haciendo lo que pudo y a veces lo que no debió con tan sólo siete metales. Parece oportuno subrayar que don Álvaro tenía razón: los metales iban a ser más de siete. De los noventa y dos elementos naturales que completan la Tabla Periódica, ochenta son metales, y son innumerables sus aleaciones.

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Imagen: De Alejandro Linares Garcia - commons.wikimedia.
Plato caliente en el taller de Abdón Punzo en Santa Clara del Cobre, Michoacán





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¿Donde vas a por agua?


Otra vez a Cervera. Don Antonio fue a por ella a Camasobres. Gran lugar para agua buena. Que lo digan si no los "lirones" que florecen en los prados recién destapados de nieve. ¡Qué pregunta tan inocente y tan pícara! Una excusa nada más. Si por el agua fuere, el perniano vería a su moza por doquier: en la ribera o en la peña, junto a los castros o cabe el acebal. Los mozos y las mozas de las primeras aguas del Pisuerga son ya "mozus" y "mozucas" a la greña y al amor entre peñas que se asoman a Cantabria.
Para que el amor no se despeñe,
da la esperanza larga
que el cordón que la diste
-¡otra vez el cordón!-
ya no la alcanza.
Cuando tengas bastante, átale corto, muchacha.

Imagen: José Luis Estalayo





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No quiero tus avellanas


Estamos en Cervera. No hay otras breñas para avellanos. Ofrecerse y negarse avellanas es un buen pretexto para quererse, riñendo, Esta avellana galante es un fruto silvestre que sale en ramas derechas y recias, puesde, pues, exigir que se dé y se se tome con nobleza.

Sus razones tendrá el mozo para no querer tus avellanas, montañesa palentina; anda con cuidado no le fuerces demasiado porque se las dan de balde las mocitas de su pueblo. Eso dice.

También hay confites de por medio, para endulzar galanteos. Dejadme terciar en la disputa: si os hicieron daño no fue esa la intención; es un don de los confites; al revés que la avellana, son dulces al exterior y duros de corazón.

Todo el trigo es barato, mozo herido; lo regala el labrador sin que se entere el político. Las mozas son como son, se lacian como los lirios al estío, si no hay amor en el río. Dale avellanas, mocita, y dáselas bien que lo está deseando; y tirale los confites, pero que no le hagan daño.

Imagen: José Luis Estalayo





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Los hortelanos

Las mozas han tenido problemas con hortelanos. Acaso ellos se negaron a acudir al Sotillo -qué digo, al Sotillo; pero, ¿donde está el Sotillo?- prefiriendo restar en la bodega. La dulzaina sonaría sólo para mozas y chopos. Por eso dicen ellas -con la boca pequeña y el ceño enojado- que:
Todos "los hortelanos"
son patituertos,
porque pisan las matas
de los pimientos".
¡Marramiau!

Gozad con esta copla y despedíos de requiebros en las huertas. Dentro de poco, ni patituertos ni enteros, nada de hortelanos y menos de pimientos. Esperemos que en la tierra negra y fértil bajo el estéril hormigón, algún arqueólogo postnuclear con cara de marciano, encuentre una pepita de pimiento, se le encienda el ordenador y averigüe que aquella cáscara puede realizarse nada menos que en el fruto rubicundo de un pimiento. Sólo le faltaría al marciano, inventar de nuevo el hortelano, aunque fuera patituerto.





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De la Vega palentina

Si me excusáis la devoción os diré que, para mi, Vega con mayúscula no hay más que una: la de Saldaña. Allí solía ir don Antonio en busca de lo suyo: de redondas, de blancas, de negras, de corcheas y de fusas, en clave de agua de frutales y de chopos. Las encontraría prendidas en un pentagrama colgado sobre el Valle, entre la Morterona y los pinos, salidas de gargantas campesinas sorprendidas con la fresca, yendo o viniendo, recortándose sobre un horizonte encendido de alborada o de puesta. También los trinos de jilgueros y de mirlos, saliendo de la fronda rumorosa de mimbreras y sotillos en las orillas del río, le darían notas para su música en palentino. Seguro que Julián Torres, el músico barbero, estirpe del dulzaineros, le ayudaría a pescar en el aire vibrante, la armonía; en los arroyos los cangrejos.

El caso es que de la Vega se trajo inspiración y empeño que, de momento, vamos a escuchar hechos pasodoble.

Imagen: La casa torcida
De Valdavia - commons.wikimedia.org





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Las bandas de oro


No podía falta en la obra de un caballero su homenaje a la mujer palentina, y menos aún cuando se da la circunstancia de que nuestras mujeres -muestras, de hidalgo-, fueron ya objeto del homenaje bien sabido del rey don Juan I de Castilla en la merced desusada, pero no derogada, de poder llevar banda dorada sobre su tocado. Eran distinciones bien ganadas -que no privilegios- cuando los castellanos rendían culto a Dios, al trabajo y al honor, y las castellanas realizábanse haciendo de una casa humilde, de barro y paja, un hogar santo. Tanto, que hacían la vida en "la gloria".

Yo os propongo, caballeros, que nos unamos a este homenaje a la mujer palentina escuchando de pie esta marcha que don Antonio las dedicó.





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Er Gutapercha

10 de junio de 1935
Er Gutapercha, al hacer la reseña de la novillada de la Feria de Pentecostés en El Diario Palentino, subrayaba que la mujer torera Juanita de la Cruz había estado mal y que fueron sus dos compañeros de terna los que animaron la tarde. Hacía el crítico esta apostilla final: «Juanita de la Cruz no nos gustó y nos hizo sentir la angustia, la pena de que hace unos días hablaba el revistero de uno de los periódicos madrileños, que embargaba al espectador sensato que presencia la actuación de estas señoritas toreras. Joselito de la Cal y Michelín consiguieron quitarnos el amargor de boca que nos dejara la primera parte de la novillada».



Con este pseudónimo firmaba el prestigioso maestro nacional don César Fernández Aguado sus crónicas de toros. No recuerdo haber conocido otro maestro aficionado a lo que se ha llamado la fiesta.
Los maestros han sido aficionados a la caza, como don José Franco, el de Buenavista; a la pesca del cangrejo, como don Isaac Casado, el de Herrera de Valdecañas; o a la de la trucha como nuestros contemporáneos Alejandro y Josefina, en Cervera; otras aficiones, como la política, no les interesaron, son gente seria. Lo que se hicieron, amén de trabajar y pasar necesidades, proover estudios de seminario, noviciado o Normal, y hacer relaciones públicas jugando "la partida". Pero nunca, que yo sepa, promocionaron novilleros y, menos aun, "novillos". Don César fue una excepción, ya que con sus crónicas algo haría por Julio Chico que andaba por entonces a vueltas -y no al ruedo, precisamente- con los novillos de Encinas. A don César le sobraba talento y escribiría de toros por entendimiento, por oficio, más que por afición. Digo yo.





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Acarrea, majito


Va a ser difícil para los jóvenes de la era nucleo-electrónico-espacial imaginarse un carro mordiendo caminos, gastando llantas haciendo roderas y lenguas, tirado por una reata de mulas. ¿Sabrán lo que es una mula? Aparte de hija de yegua y burro, o viceversa, una mula es un lustroso animal, reconocible por la marca de esquilo sobre las ancas y por los dedos sobre la marca, del que ya no se acuerdan ni los ecólogos. Un poderoso animal acabado, muerto a ruedas de tractor porque no le gusta el petróleo, que dejó sin trabajo al mulero y se le dio al mecánico. Y como estos jóvenes no han visto ninguna mula en acción, no saben lo que quiere decir ni ¡arre!... ni ¡sooo!...

Imaginaos, mozos, que hubiera que traer vino de tierras de Zamora, o aceite de la de Jaén, y llevar legumbre de la Vega o paños de Astudillo. El sol, el mismo; la misma tierra, tierra, hecha camino. Polvo; ruedas y mulas se encargan de mandarle al viento para que el mulero guste arcilla y sude tierra. Y así días y días. Posadas en la noche para un respiro y sopanvino con torreznos en la oscuridad rota por las torcidas que queman sebo. Alboradas hermosas y frescas para espantar perezas y seguir camino mientras se borran las estrellas. La Rumbosa y la Pinta mandan; el mulero grita para que obedezcan. ¡Acarrea, majito! si tus mulas merecen de plata las herraduras, tú vales oro, mulero.

Imagen extraída del libro:
La vida de César González
Froilán de Lózar
Historias de la Montaña Palentina
Editorial Aruz, 2010





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Valentín Gallardo


Detrás de este título se puede adivinar un pasodoble, pero es un título compuesto con los nombres de Valentín Bleye y Félix Gallardo. Valentín Bleye fue un fino, culto y poético escritor que ejerció en periodismo. Coincidencias de gusto y sentimientos, aunque pudiera haber diferencias de estilo, aproximaron a Valentín y a don Antonio, y esta aproximación quedó plasmada en la zarzuela "El villano señor", inspirada en la leyenda de Alonso de Villada. Guzmán Ricis la compuso sobre libro de Bleye y de Antonio Cavada (don Manuel González Hoyos); zarzuela que, por cierto, habría que reponer. Félix Gallardo fue un cordial concejal del Ayuntamiento, que se ocupó con gran interés de los asuntos de la Banda, razón bastante para que don Antonio le distinguiera, como además trabajaba en el "Diario", donde escribía Valentín Bleye su "Dietario", la amistad entrelazó a todos e inspiró este pasodoble.





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Subí al árbol



Cuando en Tierra de Campos hay que subir, o se sube al cielo o se sube al árbol. Ni más, ni menos. Y si la morena del alma subió al cielo y el mozo quiere llorarla, busca el árbol uno, a solas, en tierra de campanarios, y sube. Sobre la rama, en el aire, despegado de la tierra, se siente más en el cielo, junto a ella. Testigo, el viento, que lleva el suspiro a la aldea.

Subí al árbol,
subí al árbol,
hasta la rama más alta,
y allí me puse a llorar
por mi morena del alma.
Gloria en el cielo,
llanto de un alma en la tierra.

Imagen: Ascenso al Mayo en Lores
Del libro "Cervera, Polentinos, Pernía y Castillería".
Froilán de Lózar
Editorial Aruz, 3ª edición, 2014






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La peste del estaño



Pregon para escuchar un concierto grabado


He aquí la huella de don Antonio grabada, por arte de la ciencia, sobre un plástico; huella que, por arte inverso, nos permite revivir el pasado y recrearnos en sonidos y vivencias. Se me ha honrado con la presentación de este disco, especie de torta quemada que resulta ser -ya lo veréis- un manjar recién salido de cualquier hornera, con delicioso sabor palentino. Yo he aceptado complaciente, no sólo por atender el deseo de mis queridos amigos los Guzmán Rubio, sino por reducir mi deuda de palentino y de vecino.

Soy uno de los pocos alumnos sin provecho de la Academia de Música que fundara don Antonio; que fue, por cierto, una de sus obras maestras, tanto por su concepción como por su realización. Sin embargo, paradójicamente, me considero uno de los más entusiastas admiradores de aquel maestro; acaso porque, como muchos de vosotros sabéis, mis vivencias infantiles tienen música de Banda al fondo. Lo cierto es que crecí entre la admiración y en respeto hacia él, que ahora se vuelve gratitud de palentino. De aquí la complacencia: me complace dejar constancia de la impresión perdurable que en  mí dejó la personalidad humana y musical de don Antonio cuando pude contemplar su vida y su muerte desde la distancia de la edad y desde la proximidad del tiempo; y dejar constancia, también, de la gratitud que, como palentino, repito, le debo por su obra, una parte muy pequeña de la cual vais a escuchar.

Don Antonio perteneció a una de aquellas generaciones que buscaban la igualdad de oportunidades, no esperaban a que se las dieran. Para venir a Palencia como director de la Banda, buscó la oportunidad en oposición con once aspirantes más que terminaron felicitándole, reconociendo que aquella era la oportunidad del extremeño. Compuso la marcha prevista que, acaso por presentimiento, tituló "Hacia el triunfo"; la instrumentó para banda de cuarenta profesores; la transcribió de piano y orquesta; explicó las lecciones teórico-prácticas a dos educandos (clarinete y metal); y dirigió una obra a primera vista, y la marcha copuesta con el primer ejercicio. Así se calificó como Director indiscutible de nuestra Banda. Era el 7 de agosto de 1924.

Pero antes había dejado atrás unos años mozos entre sinsabores, privaciones y alguna austera suculencia. Los años habían ido quedando atrás, pero su talante se afirmaba, y su música, su patrimonio -que no su capital- se enriquecía hasta sumar, al morir, 236 obras. Fue un permanente insatisfecho consigo mismo, por eso creó y creó, buscando mejorar, a la vez que crecía su enorme respeto por los grandes maestros. Valentín Bleye diría, comentando su muerte, que era un supersticioso de su responsabilidad artística". Aquella superstición le llevó, a veces, a fragilizar sus propias obras humanas y artísticas; como ocurrió con la Coral que no resistió la disciplina que la i puso y con la que alcanzó éxitos apoteósicos. La Coral -su Coral- fue un instrumento para su arte, un órgano en su cabeza, un desafío para su magisterio; mientras técnica y humanamente le siguieron los coralistas, se produjeron los fenómenos difícilmente repetibles de sus actuaciones, acogidas con entusiasmo popular incontenible en Burgos, León, Torrelavega... y hasta en Valladolid. Pero cuando se rompió aquella disciplina, acaso por fatiga, la Coral enmudeció o cantó en falsete. El fenómeno del enmudecimiento de aquel órgano coral tiene también una interpretación metalúrgica que quiero aportar, contando con vuestra comprensión para mi oficio: los tubos de los órganos de verdad son, como sabéis, de estaño, metal que, cuando la temperatura baja, experimenta una transformación interna con cambio de volumen  y de forma que lleva a su desintegración; naturalmente, ya no vibra. El fenómeno se conoce como "peste del estaño". Se puede pensar que en ese órgano metafórico que fue la Coral, pudiera haber descendido la temperatura cordial por un  fenómeno sociológico, a científico, mucho más difícil de entender, y, también por ello, dejase de vibrar. Dejémoslo así, fue otra peste. Pero, ¿por qué se apestarán las mejores obras humanas? Pues... por eso, por eso que estáis pensando.






Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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La patrona de Palencia


Lo que vamos a escuchar en un  pasacalles, no un pasodoble.
Musicalmente no sabría explicar la diferencia que, por otro lado, está clara entre "pasa" y "paso"; son algo muy distinto. Pues bien, este pasacalle es una diana, una amable invitación al despertar alegre de una fiesta general y compartida. Ningún chiguito quedaría en la cama cuando pasara la Banda y, si no hubiera fuerza mayor, la seguiría como poseído. Es la magia de la música bien hecha con un propósito concreto; despertar al vecindario con la alegría contagiosa que echamos de menos cuando van faltando los motivos, y somos avaros con la poca que va quedando. Despertémonos una vez más.

Imagen: Catedral de Palencia
By Fmanzanal - commons.wikimedia.org





Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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Palencia Cañí


También en Camasobres le dictaron a Antonio el tema musical de este pasodoble. La canción original tiene la siguiente letra:

Aunque soy de la Pernía,
no soy del pueblo de Lores,
que soy de la bizarría
del pueblo de Camasobres.

O, también, esta otra, desdeñosa:

Me llamaste colorada
porque estoy descolorida.
Colorada es la manzana
y por dentro está podrida.

Tiene razón la moza, hay mucho colorete, en el carrillo y en la mente.

Es frecuente que en los cantares populares se recojan las rivalidades entre pueblos próximos; ganas de pecar de "pico", porque, a la hora de la verdad yo sé que los de Lores se casan en Camasobres y las de Redondo en Polentinos, a pesar de la copla:

De Redondo me las dan,
de Redondo no las quiero,
las quiero de Polentinos
aunque no tengan dinero.

La proximidad, precisamente la proximidad, tiene mucho que ver en este forcejeo. No hay problema entre la Pernía y el Cerrato con tanta tierra de por medio.

Pero no sé de donde sacaría don Antonio ese título. Palencia ¿Cañí? Cabe pensar que fuera un homenaje personal a los gaditanos asentados en la Puebla, como el Galo, o el Quilino, o a los transéuntes innominados que acampaban en Puentecillas o en las Huertas del Obispo, o a los censados como Manolo y la Juana que con sus incontables churumbeles -serie que empezó con la Palmira, hecha de barro, cocida al sol- montaron guardia al hambre, al calor y al frío en una cueva de la trinchera que recorrían el burro y las vagonetas que vaciaban el Cristo.

Imagen: José Luis Estalayo





Felipe Calvo, humanista palentino. 
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