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La vida es una novela

Froilán De Lózar
Publicista


A veces me detengo en las páginas de sucesos. Me detengo y vuelvo a sorprenderme. Y me desestabiliza tanta muerte. Hay trama por doquier. Tan elevada es la intriga en ocasiones que no hace falta inventar nada. Pero confieso que este vaivén que nos sacude a diario con historias tan crueles, me afecta como seguramente les afectará a ustedes. Un día, lo recordarán, en un programa de televisión se debatía en la congoja una familia que buscaba a su hija. Los padres de una muchacha joven, inocente, llena de vida, que cometió el error de salir a la calle en el momento en que pasaban por allí dos aprendices de especuladores. Después, la madeja de la novela se va enredando como la de la vida.

La intranquilidad causa fatiga. La obsesión de los protagonistas está fija en una bolsa repleta de dinero. El dinero es la salvación, la puerta, la llave, el camino dorado. El cerebro era un hombre como cualquiera de nosotros en una situación límite: un negocio que no va bien, acreedores que llaman de contínuo a la puerta; vivir la vida por encima de las posibilidades, que es lo que hacemos casi todos, atrapados por los bancos, la publicidad y el consumismo atroz que nos rodea. El cerebro de la operación en este caso era un hombre ansioso de dinero, programado para obtenerlo al precio que fuera. Y lo que en otras circunstancias le hubiera hecho recapacitar es ahora el móvil que le empuja a redondear la faena, inventándose la voz de la muchacha, pidiendo un cuantioso rescate, sabiendo de antemano que sólo podrá entregar un cadáver a cambio. Aquella escena que habría paralizado el corazón del más valiente, se toma como un acto de guerra, un acto casual que requiere violencia. La trama se complica cuando uno de los dos implicados considera necesario deshacerse de la persona secuestrada. Hay que borrar todas las huellas. Si hay que matar se mata, como se mata en las novelas. Si el dinero no fuera el móvil, si el secuestrador hubiera sido sólo uno, un individuo frío y solitario, aquella niña/mujer de pocos años, jamás hubiera aparecido, o hubiese aparecido la mujer, jamás un móvil, un indicio, una sospecha, algo que condujera al asesino.

En qué cabeza cabe que tu vecino, ese hombre con el que te cruzas a menudo por la calle, simpático, agradable, parece ser que buena gente, acaso con un negocio que no va bien del todo, pero uno como tú, de tu rango, ande metido en una historia de intriga y muerte, sea el culpable del llanto de unos padres. Cuando hace días se destapaba el caso de Maria Amgels Feliú, la farmacéutica de Olot, y hablaban los culpables, pensaba en las historias que se ponen en marcha ahora mismo en tantos rincones del Planeta. Como el escritor, a medida que avanza en la novela y los personajes le manifiestan un deseo, así un hombre cualquiera, mismamente el policía que patrulla para que la ciudad duerma más segura, se coloca el antifaz y se mete en la trama ignorando lo que vendrá después ni cómo terminará la historia.

A veces, un hombre, uno cualquiera, se mete en la piel del asesino y ya no sale nunca.

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